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Gabriel Rivas

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Conciencia revolucionaria y capital, un acercamiento desde la obra de Marx

en Teoría por

“No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aún el proletariado íntegro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la organización de la sociedad burguesa actual”.

Marx, La sagrada familia, 1844.

Sobre los orígenes de la conciencia revolucionaria de la clase obrera

El origen de la conciencia de la clase obrera (revolucionaria o socialista) es un tema recurrente entre la militancia de izquierda. Más todavía cuando la acción política, en lo inmediato, parece tener como objetivo mediar su desarrollo. Esto implica que todo militante parte, lo quiera o no, de alguna noción (más o menos desarrollada) de este problema y organiza su acción política de esta manera. Lejos de ser un tema “teórico”, abstractamente filosófico o abstraído de “la práctica”, el problema de qué es la conciencia (revolucionaria) de la clase obrera y dónde radica su origen parece cruzar todo nuestro quehacer político. Por lo mismo, es objeto de largos e intensos debates. En vistas de contribuir a dicho proceso de reconocimiento, se parte revisando de manera muy acotada dos ideas más o menos comunes entre la militancia de cómo entender este desarrollo, personificados en Bakunin y Lenin. Elegidos por expresar tradiciones que se conciben como diferentes o más o menos contrapuestas. Luego, tomando como punto de partida los trabajos de Marx, fundamentalmente, avanzaremos por una vía alternativa a esta cuestión.

Para Bakunin, la conciencia de clase socialista aparece como el fruto de la experiencia de la lucha de los obreros. Por el lugar que ocupa en la sociedad[1], la clase obrera es “instintivamente” socialista. Subordinado y mantenido en la ignorancia por la opresión del capital[2], el desarrollo de su conciencia está ligado a su conciencia práctica. Ignorante de la teoría, su emancipación no puede tener otro punto de partida que no sea el producto de su lucha inmediata.

Para Bakunin, “…el mundo obrero permanece todavía ignorante de una teoría que le falta aún completamente. Así no le queda más que una sola vía, la de su emancipación por la práctica. ¿Cuál puede y debe ser esta práctica? No hay más que una. Es la de la lucha solidaria de los obreros contra los patrones y su carácter fundamental: la organización y la federación de los sindicatos de resistencia”[3]. Puesto de este modo, el desarrollo de su conciencia socialista emerge de la lucha inmediata que establecen los obreros con los capitalistas, en el desarrollo del vínculo solidario que demanda enfrentarse a este.

“El obrero así comprometido en la lucha terminará forzosamente por comprender el antagonismo irreconciliable que existe entre esos secuaces de la reacción y sus más queridos intereses humanos y, llegado a ese punto, no dejará de reconocerse y de ubicarse cabalmente como un socialista revolucionario”.

En síntesis, para Bakunin la clase obrera es objetivamente socialista y sólo por medio de su actividad práctica sus ideas alcanzan su conciencia socialista, portada de manera instintiva, dado su lugar de oprimido que vive del trabajo.

Por otro lado, Lenin, en ¿Qué hacer?[4] se coloca aparentemente en un lugar opuesto a la tradición libertaria. En su famoso libro, señala que la conciencia socialista le viene al proletariado desde fuera de su lucha económica o inmediata con el capitalista. El socialismo o la conciencia revolucionaria no es producto espontáneo de la lucha. Si bien se trata de un producto del desarrollo del modo de producción, en tanto ciencia (o socialismo científico) desarrollada por Marx, sólo puede apropiarse como producto del estudio y el desarrollo intelectual. La conciencia socialista, por tanto, no puede estar portada inmediatamente por los obreros. Oprimidos por el capital, a la masa de los obreros les resultaría difícil el desarrollo de esta conciencia de manera independiente a la socialdemocracia rusa. De ahí que, producto de “la intelectualidad burguesa”, la conciencia socialdemócrata (revolucionaria) le viene al proletariado desde fuera[5].

Portada en un grupo, este debe buscar expandirse e influenciar a la clase obrera con sus planteos, por lo que la lucha política no puede estar disociada de lo que Lenin llama “lucha ideológica”. Es ideología burguesa contra ideología proletaria. Mientras que los planteamientos socialdemócratas no estén a la mano de la clase obrera, esta sólo podrá dotarse de herramientas burguesas en el desarrollo de su lucha. Es decir, bajo su forma inmediata, el vínculo antagónico entre clases no puede ser más que lucha tradeunionista (o sindical). No avanza de lo inmediato porque no conoce las causas de su propia miseria. Por lo tanto, su lucha espontánea (o inmediata) no puede destruir las causas de su opresión o dominación. A modo de síntesis, Lenin dirá que el tradeunionismo es el sometimiento de la clase obrera a la burguesía. A diferencia de esta forma inmediata, la lucha de la Socialdemocracia será la lucha por elevar la conciencia espontánea de la clase obrera a la de “su programa”. Es decir, llevar su conciencia inmediata hasta la forma objetivada de su conciencia revolucionaria, es decir, el programa (científicamente elaborado) que organiza su acción. La tarea de la socialdemocracia sería unir estas dos cosas: la conciencia de la clase obrera y el programa. Esto queda bien sintetizado en la expresión de Lenin que decía de la socialdemocracia revolucionaria eran jacobinos, pero muy unidos a las masas.

Mientras que en Bakunin la acción aparece como un desplazamiento de la conciencia inmediata de la clase obrera a su instinto, mediante la acción práctica, en Lenin aparenta ser el movimiento inverso, elevándose por medio de la acción de los revolucionarios a la altura del programa, a su vez producto de la actividad científica puesta como actividad teórica. Mientras que en uno la acción política aparece como el librar a las masas de los obstáculos para avanzar en la lucha práctica sobre su propio instinto, en el otro aparece como un intento de jalonar a las masas a su propia conciencia objetivada. Sin embargo, por más opuestos que aparezcan estos planteos, en ambos casos se parte de una clara diferencia entre factores objetivos y subjetivos. El problema de la conciencia de clase (y la política) aparece como algo diferente respecto de “la economía”, sujeta a determinaciones propias[6]. Tanto en uno como en otro autor, el problema de la conciencia de clase aparece como una determinación que se desarrolla vinculada o puesta en relación a la determinación objetiva (o económica), pero no parece tenerla por contenido. Por más intrincada, compleja, relativamente autónoma o “dialéctica” que sea la relación, su determinación no deja de ser exterior (en mayor o menor grado). En algunos momentos pesará más un aspecto que el otro, pero nunca se tratará de una unidad. El problema de la conciencia se desarrolla separado de su contenido material. Visto desde una perspectiva crítica, de inmediato surge la pregunta sobre la relación entre economía y política, entre conciencia y objetividad. Pero, ¿se trata de dos cuestiones separadas con pesos relativos diferentes a la hora de actuar políticamente? ¿Qué es la conciencia respecto del proceso de producción social y qué determina su forma? ¿De dónde le vienen las potencias a tal atributo para transformar de manera revolucionaria el mundo? Más allá de cómo se resuelve esta escisión, es decir, más allá de cómo la clase obrera vuelve consciente su propio ser social, para Lenin y Bakunin, esta aparece como subsumida sólo formalmente al capital[7]. Por un lado, aparece el capital, por el otro, el trabajo. El primero explota y domina al segundo. Para ambos revolucionarios, la relación que establecen los obreros con su ser social objetivado como capital es puramente exterior, el antagonismo entre uno y otro es absoluto. Es más, antes que enfrentada al capital, la clase obrera aparece enfrentada a quienes lo personifican: la burguesía (y/o a la burocracia). El límite de estos planteos es que obvian que la clase obrera adquiere su especificidad revolucionaria en tanto es subsumida realmente al capital[8]. Por lo tanto, es sólo desarrollando las implicancias que tiene dicha subordinación del trabajo al capital que puede emerger el carácter específicamente revolucionario de la clase obrera. Sólo así la conciencia revolucionaria que esta porta puede ser comprendida como el fruto de una necesidad histórica, como producto necesario de desarrollo concreto de la organización de la vida material.

El problema del carácter revolucionario de la clase obrera –y por lo tanto de nuestra propia conciencia– no es el problema del desarrollo de un abstracto “factor subjetivo”, sino de aquello que determina a la conciencia –y a nosotros mismos– de una forma específica. Dar cuenta del carácter revolucionario de la clase obrera –y con ello de nuestra acción– pasa, entonces, por conocer aquello que la determina como tal. En otras palabras, sólo al avanzar en el conocimiento de nuestro ser social es posible dar cuenta de la necesidad contenida en nuestra propia acción que tiene a la conciencia como forma específica de realizarse. Tal como lo pone Marx,

“El modo de producción de la vida material determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del ser humano la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”[9].

En síntesis, es sólo desplegando las determinaciones del ser social de la clase obrera es que llegamos a explicar (aunque sea de forma muy genérica) su conciencia revolucionaria. Para avanzar sobre lo anterior, tomaré como punto de partida los desarrollos de Marx en El Capital y los Grundrisse, junto los sugerentes planteos de Juan Iñigo Carrera al respecto, así como desarrollos que forman parte de un proceso de conocimiento original del mismo. Vale agregar que el siguiente desarrollo expresa un intento por sintetizar un proceso de conocimiento individual que, desde una perspectiva social, no es más que un proceso de reconocimiento. Ello no quita que este texto pueda incentivar el desarrollo crítico de otros y otras sobre su propia acción política.

Sobre el sujeto de la vida social

El ser humano, en tanto especie, se nos presenta como un ser vivo que debe apropiarse del medio con vistas a su reproducción. Por lo tanto, al igual que todo ser vivo, es sujeto de su propia acción, por lo que debe conocer sus potencialidades como forma de apropiación de la potencialidad del medio. A diferencia de las demás especies, el ser humano, como ser genérico, realiza esta determinación propia de la vida de una forma específica: consciente y voluntariamente. Dicho de manera sintética, el ser humano, como ser genérico, se diferencia de los demás animales por su capacidad de transformar –por medio de su consciencia y voluntad– el medio en uno para sí[10]. Esto, como dijimos, establece una diferencia cualitativa entre el ser humano y los demás animales. Mientras los animales mutan su cuerpo para adaptarse al medio para apropiárselo, el ser humano lo vuelve un medio para sí. Es decir, no se apodera inmediatamente de los medios de vida, sino que crea medios para producir sus medios de vida. Si bien en un principio esto no lo distingue de otras especies que no consumen directamente los medios de vida tomando de la naturaleza, el desarrollo cuantitativo de esta capacidad toma la forma de un desarrollo cualitativo cuando esta conciencia que conoce se vuelve consciente de ello. Dicho de otra manera, se vuelve consciente de su propio proceso de conocimiento.

Esta capacidad genérica propia del ser humano para organizar su proceso de reproducción aparece portada por el conjunto de individuos que participan del trabajo social. Es decir, el atributo genérico aparece como la capacidad individual de cada uno de estos, determinados como órganos del trabajo social, para regir su propio proceso de trabajo de manera consciente y voluntaria. De la misma forma, establecen determinadas relaciones de producción como órganos diversos del proceso. Por un largo periodo, la organización de la vida humana se realizaba por medio de vínculos de dependencia personal[11]. El capital, en cambio, como modo de producción específico, parte disolviendo estos vínculos de dependencia, transformando a aquellos que participan del trabajo social en independientes entre sí[12]. Por lo tanto, al mismo tiempo que los productores rigen libremente su proceso de trabajo, están incapacitados de poder intervenir directamente en el trabajo de los demás productores. Privados del control del trabajo social y de vínculos directos entre sí, la unidad del proceso de producción y consumo se establece por medios indirectos. Es a través de los productos del trabajo humano que toman la forma del valor que se realizada la unidad del metabolismo social[13]. En otras palabras, la unidad entre producción y consumo sociales se realiza de manera indirecta. Su relación social no está portada directamente en ellos en tanto personas, sino que aparece portada en las cosas que producen[14]. El carácter social del trabajo, entonces, se afirma como el atributo de estos no valores de uso –para el mismo productor– de ser intercambiado como valores. Es decir, el carácter social de su trabajo se le aparece como el valor de cambio de su producto. En su forma desarrollada, esta forma de relación social general aparecerá portada en el representante general del conjunto de mercancías: el dinero. A diferencia de otros modos de producción, el poder social del individuo, su nexo con la sociedad, lo lleva consigo en el bolsillo, bajo la forma de una cosa[15]. Como señala Marx, el carácter social de su actividad, la forma social del producto y la participación en la producción se presentan, entonces, como ajenos[16]. Para reproducir su vida, los productores libres no sólo deben producir valores de uso sociales, sino que deben producir su relación social, es decir, deben producir valor. Bajo su forma sustantivada, se trata de producir dinero. De esta manera, la producción y reproducción de la vida social bajo la forma de capital queda subordinada a la producción de valor. El mecanismo que organiza el conjunto del trabajo social opera a espaldas de los productores, colocando a su conciencia y voluntad libre como una forma de la conciencia enajenada.

De esta manera, la producción social no tiene por objetivo la producción de valor de uso para la vida humana, sino que esta se vuelve un medio para la producción de valor[17]. Más específicamente, en la medida que la relación social general busca expandir su capacidad para reproducirse como tal relación, los productores de mercancía deberán buscar producir plusvalor. El capital, cuyo movimiento está determinado por su pura expansión cuantitativa, queda establecido como el sujeto inmediato del proceso de la producción social[18]. La conciencia y voluntad libre del productor de mercancías aparece determinada como voluntad y conciencia enajenada en el capital. Sin embargo, si nos detenemos aquí parece ser que la conciencia y la voluntad no juegan ningún rol en este proceso, pero el movimiento está lejos de acabar ahí.

El desarrollo de las formas políticas y la lucha de clases

Como resulta casi evidente, las mercancías no pueden ir solas al mercado. Sometidos al carácter social de su producto[19], los productores privados deben actuar como personificaciones de estos. Como partícipes del trabajo social, su conciencia y voluntad libre cuentan sólo en tanto personificaciones de su mercancía, como existencia de su conciencia enajenada. Vinculados en la circulación, los productores se reconocen como individuos libres e independientes. Su vínculo indirecto como órganos del trabajo social tomo ahora una nueva forma. En tanto compradores y vendedores, respectivamente, establecen un vínculo antagónico de carácter jurídico, cuya forma más simple es el contrato entre voluntades libres[20]. En el caso del obrero y del capitalista, uno como vendedor de fuerza de trabajo y el otro como su comprador con dinero (que hace de capital), el vínculo antagónico como productores privados e independientes toma la forma jurídica de contrato de trabajo[21].

Este vínculo antagónico no sólo ocurre entre vendedores y compradores, entre obreros y capitalistas, sino que también al interior de cada polo de la relación, entre los compradores de fuerza de trabajo y entre los vendedores. En la sociedad capitalista, todo vínculo entre poseedores de mercancías toma un carácter antagónico. En base a la ley del intercambio mercantil, a derechos iguales, prima la fuerza[22]. Negociando individualmente, el obrero aparece en desventaja al capitalista. Empujado por la necesidad de valorizar su capital, el capitalista buscará extraer el máximo de plusvalor del obrero, obligado a venderse; y el obrero aislado –en competencia con sus pares– lo hará por debajo de su valor. Esto mismo, en primer lugar, afecta la reproducción normal del portador de esa fuerza de trabajo. Pero, en segundo lugar, si esto se generaliza, coloca en riesgo la reproducción del capital social total, al hacer peligrar su fuente de valorización[23]. Desde la perspectiva de la relación social general, el vínculo antagónico debe mudar en su opuesto: un vínculo solidario, que los constituye en tanto clase. Frente al carácter generalizado del vínculo antagónico, este vínculo solidario de igual manera se generaliza, sobrepasando las unidades de capital. Lo mismo corre para los capitalistas. Constituidos como dos polos contrapuestos, el vínculo antagónico entre compradores y vendedores toma la forma de lucha de clases. En su inmediatez, la lucha de clases es condición para la venta normal de la fuerza de trabajo por su valor. Es decir, es una forma necesaria del proceso de producción de la vida social tanto como lo son la mercancía y el dinero. Es el vínculo necesario de carácter directo –consciente y voluntario– entre poseedores de mercancías bajo el cual se realiza la unidad del proceso de vida social. Dicho de otra manera, la lucha de clases no es algo ajeno u opuesto al capital, sino una forma necesaria –consciente y voluntaria– que toma la organización del proceso de trabajo social general, como su forma social general directa. No hay modo de producción capitalista posible si no es bajo la forma de lucha de clases. Esto quiere decir que no hay vínculo personal directo general (político) que no esté determinado como forma de una relación social indirecta (económica)[24]. Este aspecto será retomado más adelante[25].

Sin embargo, tampoco es posible detenerse en ese punto. El mismo carácter antagónico del vínculo, que toma la forma de huelgas y lock outs, necesita desarrollarse de tal manera que permita la continuidad del proceso de acumulación, por lo que la relación social general, que se ha fragmentado en dos polos contrapuestos, deba resolver su contradicción. Determinado como un aspecto que no pueden portar exclusivamente uno de los polos de la relación, debe estar objetivado bajo una forma independiente a ambos, al mismo tiempo que obreros y capitalista se reconocen en ella compartiendo un atributo común (determinado por la sangre o el suelo). La relación social general debe dotarse de un representante político independiente para realizarse como tal. El capital social total toma la forma de Estado y el vínculo político entre clases aparece afirmado en su contrario, como un vínculo de solidaridad general, como ciudadanía. El Estado aparece entonces como la forma política que toma el desarrollo del proceso de acumulación en su unidad. Es decir, aparece como estando por sobre los intereses particulares de los diversos capitales y de la clase obrera. Pero en tanto forma política del capital social, no puede ser otra cosa que el explotador general de la clase obrera en general.

En síntesis, partiendo de los aspectos más genéricos de la vida humana llegamos a que el sujeto de la producción social es el capital: forman enajenada del ser genérico humano en determinado momento de su desarrollo. Por tratarse de un modo de producción donde la producción social se realiza de manera privada, su unida toma la forma de un vínculo antagónico entre productores/portadores de mercancía. Enfrentadas en el mercado, la clase de los obreros y los capitalistas aparecen ahora como atributos de la relación social general y su acción libre como las formas de ese desarrollo, y esta, a su vez, se les aparece como exterior bajo la forma del representante político general de la misma: el Estado. Sin embargo, así puesto, la potencia revolucionaria de la clase obrera no parece brotar de este antagonismo. Es decir, “la conciencia sindical” no nos permite avanzar sobre el carácter revolucionario que está portado en la acción política de la clase obrera, sino que, en lo inmediato, aparece como una forma necesaria de su reproducción. Su acción solidaria consciente aparece como la forma de realizar una necesidad inconsciente. En su lucha antagónica contra los capitalistas se afirman como órganos de la relación social general, es decir, como capital.

Hasta ahora, el desarrollo da la apariencia de que la clase obrera queda sometida sin potencia alguna. Lenin parece tener la razón. Sin embargo, en tanto atributo del capital[26], su potencia revolucionaria no puede brotar de otro lugar que no sea del desarrollo del mismo. De ahí que se vuelva necesario seguir avanzando y observar –en términos generales– qué le hace a la clase obrera el desarrollo del capital y cómo éste determina su carácter revolucionario.

Plusvalor relativo y subjetividad revolucionaria

Como dijimos, la reproducción del capital como sujeto de la producción social se reafirma cada vez bajo la producción ampliada de sí mismo, bajo la forma de valor que produce más valor. Tomando como punto de partida el intercambio entre obreros y capitalista, el secreto de la valorización radica en que el capitalista encuentra en el mercado esta mercancía que, al ser consumida junto a las demás, tiene la capacidad de producir más valor del que cuesta, además de transferir el valor de los medios de producción que consume en el proceso. El obrero, poseedor de un no valor de uso para sí, recibe un salario a cambio. Forma transmutada en dinero del valor de la fuerza de trabajo, este (su valor) está determinado por el valor de las mercancías necesarias para su reproducción normal. Es decir, con todos los atributos y capacidades necesarias para valorizar el capital que la consume[27]. La diferencia entre el tiempo de trabajo necesario para la reposición del valor de la fuerza de trabajo y el excedente constituye el plusvalor que se embolsa el capitalista bajo la forma de ganancia, la que vuelve a lanzar a la circulación, ampliando la capacidad del capital para valorizarse. Una primera forma de aumentar esta magnitud es por medio de incrementar plusvalor absoluto (propio de la subsunción formal del trabajo al capital), ya sea alargando la jornada de trabajo o bien intensificándola. Esta forma posee el límite natural del desgaste acelerado de la fuerza de trabajo y amenaza la fuente misma del plusvalor. Esto toma forma como la resistencia del obrero. Como vendedor, ejercerá su legítimo derecho al uso normal de la misma, en contraposición al capitalista que, como comprador, intentará sacar el máximo a su compra. Esta pura subsunción formal del obrero supone el inicio de la socialización del trabajo privado, quedando sometido un productor de mercancías a otro en un proceso de trabajo dirigido por quien compra la fuerza de trabajo. Pero también, este límite a la valorización del capital, que choca contra la necesidad de obtener plusvalor, permite que el capital se supere revolucionando la materialidad misma del trabajo, aumentando la productividad en las ramas de bienes de consumo obrero, reduciendo el trabajo socialmente necesario para reproducir a la clase obrera y, por lo tanto, aumentando el plusvalor relativo[28]. Más allá de este efecto inmediato, esta constante revolución del proceso que subsume efectivamente al trabajo como un atributo del capital, transforma la subjetividad productiva del obrero[29]. Llegados a este punto, conviene detenerse.

La transformación de la subjetividad productiva de la clase obrera –y con ello de la clase obrera misma– aparece desarrollado por Marx en la sección cuarta del tomo I de El Capital. Desde la cooperación, esta forma básica de la producción capitalista[30], la subjetividad productiva experimenta un cambio revolucionario, siendo el primer paso en el desarrollo del obrero colectivo al subordinar las potencias del productor libre al mando único del capitalista. Según Marx, el solo hecho de utilizar un gran número de trabajadores bajo una misma dirección, ya no como un acontecimiento esporádico, sino sistemático y organizado, implica una revolución en las condiciones objetivas de producción, lo que impacta en la subjetividad tanto de obreros como de capitalistas, determinados como tales. Bajo el régimen de cooperación, el obrero está subordinado al capitalista, pero controla de forma íntegra el proceso individual de trabajo. A diferencia de otros modos de producción, el capital es el primero en transformar las potencias productivas de los individuos libres –pero aislados– en potencias del trabajo social organizado de manera consciente, teniendo a su base la disolución de los vínculos de dependencia personal. Sin embargo, la cooperación simple coloca una primera traba a la imposición de la disciplina. Bajo un mismo techo, los obreros desarrollan un vínculo solidario que regula el gasto normal de fuerza de trabajo, lo que se contrapone al mando del capitalista. Los obreros obtienen la potencia de confrontar al capitalista del control –propiciado por su subjetividad productiva– que ejercen sobre la producción. El mismo capital está obligado, entonces, a superar esta barrera temporal bajo la forma de la manufactura, revolucionando nuevamente la forma en que se organiza la producción directa.

Con el desarrollo de la manufactura ahora es posible fragmentar esta capacidad individual del obrero que se presentaba íntegra en el proceso de cooperación. El conjunto de atributos parciales aparece ahora como atributo de un obrero colectivo. Cada grupo de obreros especializados no es sino un órgano del proceso de trabajo general. A diferencia de la modalidad anterior, el trabajador representa sólo una parte del cuerpo total que trabaja subordinado al capitalista, perdiendo así toda capacidad de controlar el proceso de trabajo del cual participa, pero mantiene el control subjetivo del proceso parcial del cual es parte. Bajo esta forma, ya empieza a aparecer lo específico de su forma más desarrollada: el maquinismo. A diferencia de la cooperación simple, la manufactura implica un mayor grado de degradación y dependencia de la fuerza de trabajo al capital. El capital contrata a los obreros como partes de un mecanismo que no controlan, un cuerpo colectivo jerarquizado entre los mismos obreros y controlado por el capital, el cual impulsa las fuerzas productivas apropiadas por este.

Sin embargo, el desarrollo de la manufactura impacta en la subjetividad del obrero de una forma mucho más profunda que la simple cooperación. Es más, la dependencia de esta al capital se incrementa, ya que el ejercicio de su capacidad vital no es posible si no es bajo un proceso colectivo, el cual aparece como una propiedad del capital, por lo que desaparece –para el obrero–la posibilidad de desarrollar un trabajo independiente. Se ha superado la integridad individual del proceso de trabajo.

Sin embargo, bajo esta forma se presenta una nueva barrera al desarrollo del modo de producción. El conjunto del proceso sigue dependiendo de la pericia manual del obrero que maneja la herramienta. Esto está a la base del desarrollo de su vínculo solidario que se enfrenta al capital a modo de regular la venta normal de su fuerza de trabajo. Bajo esta forma, si bien se mutilan las potencias productivas del obrero individual, se incrementa la fuerza de su acción política. Sin embargo, hasta acá, ni la cooperación simple ni la manufactura ponen en condiciones a la clase obrera de superar el modo de producción capitalista, es más, en ambas formas, la subjetividad productiva del obrero sigue siendo un límite al desarrollo de las fuerzas productivas.

Sólo con la maquinaria y el desarrollo de la gran industria es que el capital supera todas las trabas que la subjetividad del obrero puede imponerle al capital. Mientras que tanto en la cooperación y la manufactura el punto de partida era la transformación de la subjetividad productiva como tal, que deriva en un cambio en las condiciones materiales, ahora, con la maquinaria, es el cambio en las condiciones materiales del trabajo lo que deriva en un cambio de la subjetividad productiva del obrero. Dicho de otra forma, mientras que la manufactura especializa la subjetividad del obrero bajo la pericia manual del instrumento de trabajo, que somete al instrumento de trabajo como extensión de su cuerpo orgánico, con la maquinaria los atributos productivos del obrero aparecen como atributos de la máquina, quedando este subordinado a aquella. De esta manera, la enajenación de las potencias del trabajo humano como potencias del capital alcanzan la expresión más desarrollada que le cabe respecto del trabajo productivo. La industria maquinizada se eleva entonces del sistema de manufactura, su base necesaria, pero ya inadecuada, presentándose una diferencia esencial,

“En la manufactura los obreros, aislados o en grupos, ejecutan con su instrumento artesanal cada uno de los procesos parciales especiales. Si bien el obrero ha quedado incorporado al proceso, también es cierto que previamente el proceso ha tenido que adaptarse al obrero. En la producción fundada en la maquinaria queda suprimido este principio subjetivo de la división del trabajo”[31].

Es así que los obreros quedan enfrentados a un gran autómata, a la contraposición enajenada de sus propias capacidades genéricas. Los obreros quedan vaciados de subjetividad productiva, aún más sometido al dominio del capital y acrecentando la productividad del trabajo. Pero, por otro lado, este nuevo autómata representa un salto en el desarrollo de las fuerzas productivas y en el control científico de la producción por parte del mismo obrero colectivo, el cual existe en su forma enajenada como capacidad del capital. Mediante su uso y desarrollo de los medios de producción que someten las fuerzas naturales a las necesidades del capital, ampliando la capacidad productiva del trabajo social total, es que

“En cuanto maquinaria, el medio de trabajo cobra un modo material de existencia que implica el remplazo de la fuerza humana por las fuerzas naturales, y de la rutina de origen empírico por la aplicación consciente de las ciencias naturales. En la manufactura, la organización del proceso social de trabajo es puramente subjetiva, combinación de obreros parciales, en el sistema de las máquinas, la gran industria posee un organismo de producción totalmente objetivo al cual el obrero encuentra como condición de producción material, preexistente a él y acabada. En la cooperación simple, e incluso en la que se ha vuelto específica debido a la división del trabajo, el desplazamiento del trabajador aislado por el obrero socializado sigue siendo más o menos casual. La maquinaria […] sólo funciona en manos del trabajo directamente socializado o colectivo. El carácter cooperativo del proceso de trabajo, pues, se convierte ahora en una necesidad técnica dictada por la naturaleza misma del medio de trabajo[32]

De esta forma, el obrero deviene un apéndice de la máquina, mientras la máquina, el sistema de maquinarias, aparece como el sujeto materializado de la producción, con una organicidad propia, determinada por su capacidad de organización del proceso de trabajo. Capacidad que emerge del conocimiento de los procesos naturales sobre los que la máquina opera, de manera objetiva. Por otro lado, esto implica el desarrollo de la ciencia como la forma concreta necesaria que toma la organización del proceso de trabajo del obrero colectivo de la gran industria. Pero, más importante aún, el sistema de maquinaria sólo opera como trabajo directamente social o colectivo.

Esta revolución constante del proceso de trabajo trae aparejada una diferenciación subjetiva al interior de la clase obrera, la cual es producida y reproducida de acuerdo a las necesidades del capital que emergen de su propio desarrollo. De ahí la importancia del maquinismo, que transforma el mismo proceso de trabajo. El desarrollo de las fuerzas productivas desplaza la aplicación directa de la fuerza y sustituye dicho proceso por la objetivación de las fuerzas naturales bajo la forma de la maquinaria, que es quien se enfrenta directamente al objeto de trabajo sobre el cual se opera, mediando al productor directo. De esta forma, lo esencial del trabajo vivo deja de estar en el proceso manual, sino que se desplaza al intelectual. Esto, a su vez, no puede desarrollarse sino es bajo la forma de un vínculo contradictorio al interior de la clase obrera.

El incremento de la capacidad productiva del trabajo para producir plusvalía relativa, entonces, transforma al obrero colectivo, quien aparece como una potencia del capital. Esta transformación implica la pérdida de subjetividad productiva, restringidos a un pequeño momento del proceso de trabajo. Pero así también, el desarrollo del plusvalor relativo supone la concentración cada vez mayor de capital, creciendo así la escala de las porciones de trabajo social llevado a cabo de forma privada e independiente que demanda control colectivo del proceso. Este desarrollo implica, incluso, superar el rol que cumplía la subjetividad del capitalista individual en el proceso de trabajo que, en la cooperación simple como en la manufactura, aparecía como organizador del mismo. Es decir, es el mismo desarrollo del capital que pone al capitalista como un parásito social. La superación de esta excrecencia social no puede tomar otra forma que no sea la del vínculo directo de carácter general antagónico: la lucha de clases. Dicho de otra forma, el mismo desarrollo del capital bajo la forma de una conciencia a cargo del proceso de trabajo social realizado de manera privada, no puede resolver si no es por medio del enfrentamiento de la clase obrera con los capitalistas. El capital se vuelve una traba para el capital mismo. Los expropiadores son expropiados.

Si bien en un primer momento el desarrollo de la gran industria daba la impresión de que no puede surgir de esta otra cosa que la degradación total de la clase obrera, en un segundo momento aparece el desarrollo de lo inverso. Por un lado, el aumento de las fuerzas productivas implica que una menor porción de fuerza de trabajo pondrá en movimiento una cantidad de capital constante mayor (fijo y circulante). Esto tiene a la base el control científico de la producción, lo que implica producir un tipo de obrero capacitado para la tarea, es decir, que sea portador de la capacidad subjetiva para realizar estas actividades de organización de la producción. Pero al mismo tiempo que objetiva los saberes y habilidades del obrero degrada a otra porción de la clase obrera a una capacidad media, simple, de trabajo disponible. Al mismo tiempo, esta misma objetivación amenaza al obrero encargado de tareas intelectuales. Finalmente, el aumento de las fuerzas productivas del trabajo se hace a costa de expulsar a una parte importante de los obreros, dando paso al desarrollo de una población obrera sobrante o superpoblación relativa[33].

El desarrollo de estas modalidades técnicas bajo las cuales se transforma el trabajo humano, pasando de la cooperación simple a la manufactura y luego a la gran industria no se agota en esta degradación de la subjetividad productiva, sino que tiene a la base el desarrollo de una contradicción: la socialización creciente del trabajo. El mismo capital chocará con la forma privada bajo la cual realiza el trabajo social. El capital, en su necesidad de valorizar el valor, al revolucionar la materialidad del trabajo, transforma de manera creciente las potencialidades del trabajo libre del productor de mercancías en un atributo del obrero colectivo. Organizado en unidades que buscan, de manera creciente, abarcar la totalidad de la producción social, revoluciona a su vez al ser humano como ser genérico bajo la forma de revolucionar al obrero y al capitalista. Pero, al mismo tiempo, este desarrollo no puede tomar otra forma que no sea la de su relación directa general: la lucha de clases. Lo que en un primer momento aparecía como la forma en que la clase obrera realiza el valor de su fuerza de trabajo, ahora es la forma concreta en que esta avanza en el control del trabajo social bajo su forma aún enajenada. En otras palabras, inseparable el desarrollo de la conciencia científica como forma de regirse el proceso social de trabajo de la clase que la porta, no puede tomar sino la forma de lucha de clases.

La clase obrera como sujeto revolucionario[34]

Hasta acá, el aumento en la escala que supone la socialización del trabajo privado como forma del plusvalor relativo necesita de una conciencia científica para su organización. El capital, entonces, transforma por completo el proceso de organización de la producción en vistas de obtener plusvalor, desplazando al capitalista individual, desarrollando un órgano colectivo –compuesto por obreros portadores de una subjetividad productiva específica–  a cargo de la explotación de los obreros.  La clase obrera es puesta por el capital a cargo de su propia explotación. Del mismo modo que ocurre con el productor independiente de mercancías, la conciencia y voluntad del obrero colectivo son la forma concreta de su conciencia enajenada en el capital.

De esta manera, el mismo desarrollo del capital va desplazando cada vez más al capitalista como organizador de la producción. A medida que coloca crecientemente este rol en manos de la clase obrera, el capitalista va quedando marginado como un mero parásito social, perdiendo su derecho histórico a existir. Pero, por otro lado, la contradicción entre vendedor y comprador de fuerza de trabajo penetra en el mismo obrero colectivo, expandiendo la relación antagónica al interior de la clase obrera en su conjunto.

Este proceso de socialización de la producción tiene su forma más acabada en los procesos de centralización del capital. La integración de varios capitales en uno solo libera al mismo del consumo parasitario del capitalista, transformando de manera íntegra a la plusvalía en fuente de acumulación. Es en la afirmación misma del capital como sujeto de la producción social que la clase capitalista ve mermada su razón histórica de existir. El capital encuentra en sí mismo el límite a su desarrollo y crea las condiciones para superar esta barrera, determinando así a la clase obrera como la personificación del proceso de centralización de capital, enfrentada al capital individual y con ello al conjunto de capitalistas. El vínculo antagónico entre compradores y vendedores, entre obreros y capitalista, que se desarrolla bajo la forma de lucha de clases aparece como portador de una nueva determinación. En tanto la acción política de la clase obrera es una forma de realizar el valor de la fuerza de trabajo, su acción aparece desdoblada ya sea como mera acción sindical o, enfrentada al capital social, como acción política. Pero, como forma concreta de la centralización del capital, su acción toma, necesariamente, la forma de acción política estatal. La necesidad del capital de avanzar sobre la clase capitalista, entonces, sólo puede tomar forma como una revolución social organizada por la clase obrera bajo la forma de poder estatal. Pero dicha revolución no acaba con el capital como relación social general. Convertida en propiedad directamente social, el capital así concentrado se le presenta a la clase obrera bajo una forma jurídica propia, es decir, toma la forma de propiedad estatal. Sin mediación del capitalista, la clase obrera se enfrenta a su propia potencia social que pone en marcha el trabajo social con la finalidad de producir más de esa capacidad, como algo que le es ajeno y la domina.

Con la centralización del conjunto de la producción en el Estado, la separación del obrero respecto de los medios de producción se ha desarrollado en pleno. Esto ya no aparece mediado por el capitalista, sino que aparece directamente bajo la propiedad de la clase obrera. Llegado a este punto, es necesario avanzar sobre la necesidad contenida en el mismo proceso de producción y reproducción de la relación social general que demanda la superación del modo de producción capitalista como tal.

Tal como señalamos, la centralización de capital demanda el desarrollo de una conciencia científica capaz de avanzar sobre las apariencias que limitan el control consciente de la producción. Esto implica desarrollar una conciencia capaz de avanzar sobre sus propias determinaciones como forma enajenada de sí. En sí mismo, esto se presenta en lo inmediato como la negación del capital como forma enajenada que se le enfrenta a la conciencia como una potencia ajena. La misma enajenación se constituye como una traba absoluta a la socialización directa del trabajo doblemente libre, por lo tanto, a la forma propiamente capitalista de desarrollar las fuerzas productivas. De la misma reproducción inmediata del capital brota una conciencia que se sabe enajenada, es decir, conoce su propia necesidad más allá de las apariencias. La misma necesidad irrefrenable del capital por la producción de plusvalor relativo se cierra como su superación a partir del desarrollo de su propia materialidad bajo la forma de una conciencia que pasa de estar enajenada a ser una liberada de toda enajenación.

Esto no puede desarrollarse si no es por medio de la acción política de la misma clase obrera que avanza sobre su propia relación social enajenada, ampliando el control consciente de la misma. Más concretamente, se trata de una revolución social que acaba con el capital mismo y, con ello, con la clase obrera como su atributo enajenado. El obrero individual se reconoce ahora, de inmediato, como órgano del trabajo social. De pasar de ser libre pero sometido al producto de su trabajo, se pasa al dominio pleno de las potencias sociales de su trabajo individual. La libre individualidad ha pasado a ser la relación social general. La división entre el trabajo manual y el intelectual queda superada. El desarrollo del trabajo social es de inmediato el desarrollo del trabajo individual y a la inversa. Con la superación del modo de producción capitalista se da paso a la verdadera historia humana[35]. El trabajador ha pasado a ser un individuo libremente asociado, quedando él mismo determinado como sujeto concreto del proceso de metabolismo social organizado por medio del conocimiento, ejercido por él, de su propia determinación como tal sujeto concreto. Dicho de otra manera, el modo de producción capitalista agota su necesidad histórica de existir (la de transformar las potencias del trabajo libre individual en una potencia directamente social del trabajo organizado de manera consciente por el obrero colectivo). El tercer estadio de la historia humana descrito por Marx[36].

Comentarios finales

En términos generales, no hemos tenido que salir del desarrollo propio de la organización del trabajo social bajo su forma capitalista para dar con las potencias revolucionarias de la clase obrera. Por lo tanto, no ha sido necesario postular, desde fuera, una relación antagónica entre la clase obrera y el capital. Sino que es la misma relación social general que, subsumiendo las potencias del trabajo libre a la valorización, crea la necesidad de superarse a sí misma como modo de producción, colocando a la acción política de la clase obrera como forma necesaria de ese proceso. Tal como lo pone Marx al final del Tomo I de El Capital,

“No bien ese proceso de transformación [modo de producción] ha descompuesto suficientemente, en profundidad y en extensión, la vieja sociedad; no bien los trabajadores se han convertido en proletarios y sus condiciones de trabajo en capital; no bien el modo de producción capitalista puede andar ya sin andaderas, asumen una nueva forma la socialización ulterior del trabajo y la transformación ulterior de la tierra y de otros medios de producción en medios de producción socialmente explotados, y por ende en medios de producción colectivos, y asume también una nueva forma, por consiguiente, la expropiación ulterior de los propietarios privados. El que debe ahora ser expropiado no es ya el trabajador que labora por su propia cuenta, sino el capitalista que explota a muchos trabajadores.”[37].

Con todos sus límites, creemos poder sostener que el potencial revolucionario de la clase obrera no está portado, entonces, en una abstracta conciencia que obtiene por medio de la lucha independiente o a través de una vanguardia iluminada. Por lo que tampoco se puede especular que la conciencia revolucionaria brote de la acumulación de una abstracta experiencia cristalizada en organizaciones en instituciones diversas o, como lo pone Mandel, en “periódicos” o “grupos de educación” que cristalizan y elevan la conciencia de la clase obrera[38]. Tal como lo hemos desarrollado, esta conciencia emerge del mismo modo de producción al momento en que el capital subsume el trabajo a su necesidad incesante de valorizarse. Empujada a superar toda apariencia que le impone trabas a la valorización, a la clase obrera no le queda otra que avanzar sobre sus propias determinaciones, actuando de manera libre porque se sabe como enajenada [39].

Sin embargo, el carácter general de este desarrollo no se presenta de manera inmediata, sino que está mediado por la forma diferenciada en que se reproduce como unidad mundial, es decir, por la forma nacional de desarrollarse. Queda ver, entonces, las formas que toma el desarrollo concreto, bajo sus diversos modos nacionales, de esta síntesis del proceso histórico general de la sociedad burguesa vista como un todo. Por lo tanto, queda avanzar sobre el contenido que hoy se desarrolla bajo la forma de la acción política de la clase obrera en Chile. Dicho de otra manera, avanzar en el conocimiento de las determinaciones de la actual lucha política de la clase obrera como forma concreta de reproducción de la especificidad del capital se constituye en el punto de partida ineludible para toda acción política que se diga consciente.

 

NOTAS

[1] En el mismo texto, Bakunin dice; “Todo pueblo, tomado en su conjunto, [es socialista] y todo trabajador perteneciente al pueblo es un socialista en virtud de la posición que ocupa en la sociedad”. Íbid.

[2] En La ciencia y la urgencia de la labor revolucionaria, Bakunin dice: “No cabe duda de que una de las causas principales [de la pasividad o paciencia de la mases] se encuentra en la ignorancia del pueblo. Debido a esa ignorancia, no puede concebirse a sí misma como una masa todopoderosa unida entre sí por lazos de solidaridad”. En https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/04/25/la-ciencia-y-la-urgencia-de-la-labor-revolucionaria/

 

[3] Bakunin, Miguel, La política de la Internacional, en https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/01/02/la-politica-de-la-internacional/

[4] Lenin, Vladimir Ilich, ¿Qué Hacer? (Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, 2010).

[5] Tal como señala: “Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían la intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas. Hacia la época de que tratamos, es decir, a mediados de los años 90, esta doctrina no sólo era ya el programa, cristalizado por completo, del grupo Emancipación del Trabajo, sino que incluso se había ganado a la mayoría de la juventud revolucionaria de Rusia” Lenin, Vladimir Ilich, Op. Cit.

 

[6] En varios autores esto se desarrolla a tal punto que se ven obligados a desarrollar una “ciencia marxista de la política” (Gramsci, A, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno (Nueva Visión, (1984) o bien, contribuir a la “ciencia marxista del factor subjetivo” (Mandel, La teoría leninista de la organización, 1970).

[7] La subsunción formal del trabajo al capital implica que el trabajador libre e independiente establece un vínculo que lo pone en una relación subordinada al capitalista en el proceso de producción. Ahora, capitalista y trabajador son personificaciones de “los factores” puestos a producir. Uno como capital, el otro como el trabajo, “simple factor del capital que se autovaloriza”, dirá Marx. Sin embargo, esto no implica una transformación del proceso de trabajo mismo, “no se ha efectuado a priori una mudanza esencial en la forma y manera real del proceso de trabajo, del proceso real de producción”. Dicho de otra manera, el capital parte subordinando a su valorización formas de producir pre existentes, “anterior a esta subsunción suya en el capital y configurado sobre la base de diversos procesos de producción anteriores y de otras condiciones de producción. Esto quiere decir que el capital se valoriza sin modificar la condición material que está a la base de su valorización, sino que la expolia y, de manera más o menos paulatina, la transforma. Pero esto último ya corresponde al desarrollo característico del modo de producción capitalista. A diferencia de la subsunción formal, la subsunción real del trabajo al capital es forma específicamente capitalista de producir plusvalor. Al quedar efectivamente subsumido el trabajo al capital, se “efectúa una revolución total (que se prosigue y repite continuamente) en el modo de producción mismo, en la productividad del trabajo y en la relación entre capitalista y el obrero”. El desarrollo del capital como modo de producción “origina una forma modificada de la producción material”. Si bien la subsunción formal del trabajo al capital ya está determinada por la valorización, es sólo con su subsunción real que el capital modifica el modo de producción mismo. Impulsado por la necesidad de valorización, transforma materialmente el trabajo y desarrolla así sus potencialidades históricas como modo de producción. Como se sostiene a continuación, es este desarrollo, finalmente, el que le da potencial revolucionario a la clase obrera. Marx, Karl, El capital: libro 1-capítulo VI inédito, (Siglo Veintiuno, 1974), 54-77.

[8] Op.Cit. p.59-61

[9] Marx, Karl. Contribución a la crítica de la economía política (Siglo xxi, 1980), 5. La cita está levemente modificada de acuerdo a la traducción en inglés. Traducimos  “bestimmt” por determinación, guiándonos por la traducción en inglés (Ver, https://www.marxists.org/archive/marx/works/1859/critique-pol-economy/preface.htm).

[10] Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 1, (México, Siglo xxi Editores, 2005), Capítulo V.

[11] Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política: “Grundrisse” 1857-1858, Vol. 1. (Siglo XXI, 1989). 84-93

[12] Ibid. Como señala, “tanto las condiciones patriarcales como las antiguas (y también feudales) se disgregan con el desarrollo del comercio, del lujo, del dinero, del valor de cambio, en la misma medida en que a la par va creciendo la sociedad moderna”, Op. Cit. 75

[13] Uno de los descubrimientos de Marx es el doble carácter del trabajo humano. Como señala en El Capital, “Todo trabajo es, por un lado, gasto de fuerza humana de trabajo en un sentido fisiológico, y es en esta condición de trabajo humano igual, o de trabajo abstractamente humano, como constituye el valor de la mercancía. Todo trabajo, por otra parte, es gasto de fuerza humana de trabajo en una forma particular y orientada a un fin, y en esta condición de trabajo útil concreto produce valores de uso”, Op Cit. 57. Es el trabajo abstractamente humano el que, al ser realizado de manera privada e independiente, toma la forma de valor. Es decir, desde una perspectiva cualitativa, el trabajo humano abstracto aparece como el atributo de los trabajos privados de ser intercambiables. Desde una perspectiva cuantitativa, representan una determinada cantidad de trabajo intercambiable por una cantidad igual. Hay una parte importante de la tradición marxista que vuelve a esta condición genérica descubierta por Marx como una forma específica del modo de producción capitalista, como pueden ser, Rubin, Issak Illich, Ensayos sobre la teoría marxista del valor (México, Pasado y Presente, 1974); Kurz, R, El colapso de la modernización, (Buenos Aires, Editorial Marat, 2016); Scholz, R, El patriarcado productor de mercancías. Tesis sobre capitalismo y relaciones de género (Constelaciones. Revista de Teoría Crítica, 5, 2016) 44-60; Postone, Moishe, Tiempo, trabajo y dominación social: una reinterpretación de la teoría crítica de Marx. (Barcelona, Marcial Pons, 2006). Para una crítica a estos desarrollos, ver Iñigo Carrera, Juan, El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, (Buenos Aires, Imago Mundi, 2013) 321-360; Conocer el capital hoy. Usar críticamente El Capital, (Buenos Aires, Imago Mundi, 2007).

[14] Ibid.

[15] “Cada individuo posee el poder social bajo la forma de una cosa. Arránquese a la cosa este poder social y habrá que otorgárselo a las personas sobre las personas”, Op. Cit. p. 85

[16] Ibid.

[17] Tal como lo pone Marx “…no son las necesidades existentes las que determinan la escala de la producción, sino que por el contrario es la escala de la producción —siempre creciente e impuesta a su vez por el mismo modo de producción— la que determina la masa del producto. Su objetivo [es] que cada producto, etc., contenga el máximo posible de trabajo impago, y ello solo se alcanza merced a la producción por la producción misma. Esto se presenta por un lado como ley, por cuanto el capitalista que produce en pequeña escala incorporaría en el producto un cuanto de trabajo mayor que el socialmente necesario. Se presenta pues como una aplicación adecuada de la ley del valor, que no se desarrolla plenamente si no es sobre la base del modo de producción capitalista. Pero aparece por otra parte como impulso del capitalista individual, que para violar esa ley o para utilizarla astutamente en su beneficio procura rebajar el valor individual de su mercancía por debajo de su valor socialmente determinado”. Marx, Karl, El capital: libro 1-capítulo VI inédito, (Siglo Veintiuno, 1974), 76.

[18] Como señala Marx, “el valor se convierte aquí [bajo la forma de su fórmula general] en el sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. El movimiento en el que agrega plusvalor es, en efecto, su propio movimiento, y su valorización, por tanto, autovalorización. Ha obtenido la cualidad oculta de agregar valor porque es valor. Pare crías vivientes, o, cuando menos, pone huevos de oro.” Y en seguida señala “Como sujeto dominante de tal proceso, en el cual ora adopta la forma dineraria o la forma mercantil, ora se despoja de ellas pero conservándose y extendiéndose en esos cambios, el valor necesita ante todo una forma autónoma, en la cual se compruebe su identidad consigo mismo. Y esa forma sólo la posee en el dinero. Es por eso que éste constituye el punto de partida y el punto final de todo proceso de valorización.”. El Capital, tomo I, vol. 1, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 188. O como dice más literariamente, “[a]l transformar el dinero en mercancías que sirven como materias formadoras de un nuevo producto o como factores del proceso laboral, al incorporar fuerza viva de trabajo a la objetividad muerta de los mismos, el capitalista transforma valor, trabajo pretérito, objetivado, muerto, en capital, en valor que se valoriza a sí mismo, en un monstruo animado que comienza a «trabajar» cual si tuviera dentro del cuerpo el amor” Op. Cit. 236.

 

[19] “Los individuos están subordinados a la producción social, que pesa sobre ellos como una fatalidad: pero la producción social no está subordinada a los individuos y controlada por ellos como un patrimonio común”.  Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política: “Grundrisse” 1857-1858, Vol. 1. (Siglo XXI, 1989), 86

[20] Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 1, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 103-104.

[21] Op. Cit. 203-214. Dicho de otra forma, es la relación “económica” la que toma una forma jurídica. No la determina exteriormente, sino para que la misma “relación económica” se realice como tal, esta debe tomar una forma nueva que aparece como su negación, pero que brota de la anterior. Dicho de otra manera, la relación económica se realiza bajo la forma de su negación, la relación indirecta toma la forma de su inverso, una relación directa. Sin embargo, en tanto son formas concretas determinadas, cuyo contenido es una relación indirecta, su vínculo personal es uno entre personificación (de los productos de su trabajo, de su mercancía), no de personas en abstracto (de su determinación económica).

[22] Op. Cit. 283

[23] Marx pone esta acción del capital social sobre los capitalista y terratenientes individuales de la siguiente manera: “Si el “Règlement organique” de los principados danubianos es una expresión positiva de la hambruna de plustrabajo, legalizada por cada uno de sus artículos, las Factory Acts [leyes fabriles] inglesas son expresiones negativas de esa misma hambruna. Dichas leyes refrenan el acuciante deseo que el capital experimenta de desangrar sin tasa ni medida la fuerza de trabajo, y lo hacen mediante la limitación coactiva de la jornada laboral por parte del estado, y precisamente por parte de un estado al que dominan el capitalista y el terrateniente. Prescindiendo de un movimiento obrero que día a día se vuelve más amenazante y poderoso, la limitación de la jornada laboral fue dictada por la misma necesidad que obliga a arrojar guano en los campos ingleses. La misma rapacidad ciega que en un caso agota la tierra, en el otro había hecho presa en las raíces de la fuerza vital de la nación” Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 2, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 287.

[24] Sobre esta cuestión en particular ver Iñigo Carrera, El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, (Buenos Aires, Imago Mundi, 2013), Cap. 3.

[25] Sobres esta cuestión se puede consultar Starosta y Caligaris, Trabajo, valor y capital. De la crítica marxiana de la economía política al capitalismo contemporáneo (Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2017) Capítulo 5.

[26] Algo que en Lenin aparece negado al ser la conciencia socialista o revolucionaria un producto de la reflexión teórica separada del desarrollo de la conciencia de la clase obrera misma. Esto tiene a su base la aparente relación exterior, propia de la circulación, de la lucha de clases como contenido del conjuntos. Al ser la lucha de clases la organizadora del proceso social (y no una de sus formas concretas)

[27] Op. Cit., 203-214

[28] Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 2, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 379-390.

[29] “La producción del plusvalor relativo, pues, supone un modo de producción específicamente capitalista, que con sus métodos, medios y condiciones sólo surge y se desenvuelve, de manera espontánea, sobre el fundamento de la subsunción formal del trabajo en el capital. En lugar de la subsunción formal, hace su entrada en escena la subsunción real del trabajo en el capital”, Op. Cit. 618

[30] De acuerdo a lo que señalamos sobre lo específico de la subsunción formal, la cooperación supone el vínculo asalariado, por lo tanto, ya parece operar una transformación en las formas de producción preexistentes.

 

[31] Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 2, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 462

[32] Op. Cit. 471. Cursiva nuestra.

[33] Iñigo Carrera, Juan, El capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia, (Buenos Aires, Imago Mundi, 2013) 20-21

 

[34] Estos desarrollos tienen a la base los planteos de Juan Iñigo Carrera, Guido Starosta y Gastón Caligaris, ya citados.

[35] Marx, Karl. Contribución a la crítica de la economía política. Siglo xxi, 1980.

[36] “Las relaciones de dependencia personal (al comienzo sobre una base del todo natural) son las primeras formas sociales, en las que la productividad humana se desarrolla solamente en un ámbito restringido y en lugares aislados. La independencia personal fundada en la dependencia respecto a las cosas es la segunda forma importante en la que llega a constituirse un sistema de metabolismo social general, un sistema de relaciones universales, de necesidades universales y de capacidades universales. La libre individualidad, fundada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de su productividad colectiva, social, como patrimonio social, constituye el tercer estadio. El segundo crea las condiciones del tercero.” Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política: “Grundrisse” 1857-1858, Vol. 1. (México, Siglo xxi Editores, 1989), 85

[37] Marx, Karl, El Capital, tomo I, vol. 3, (México, Siglo xxi Editores, 2005), 952-953.

[38] El desarrollo general nos pone frente a las demás maneras de entender la conciencia de la clase obrera -y el potencial revolucionario de esta- de una forma exterior. Entendemos, con Hegel, que “la refutación deberá ser, pues, en rigor, el desarrollo del mismo principio refutado, complementando sus deficiencias, pues de otro modo la refutación se equivocará acerca de sí misma y tendrá en cuenta solamente su acción negativa, sin cobrar conciencia del progreso que ella representa y de su resultado, atendiendo también al aspecto positivo” Hegel, G. W. F, Fenomenología del espíritu, (México, Fondo de cultura económica, 1993) 19. Dicho de otra manera, queda pendiente avanzar sobre el contenido expresado bajo las formas criticadas, dando no sólo cuenta de la necesidad de la crítica, sino de lo criticado mismo, su lado “positivo”.

[39] Tal como lo pone Engels, “La libertad no consiste en una soñada independencia respecto de las leyes naturales, sino en el reconocimiento de esas leyes y en la posibilidad, así dada, de hacerlas obrar según un plan para determinados fines. Esto vale tanto respecto de las leyes de la naturaleza externa cuanto respecto de aquellas que regulan el ser somático y espiritual del hombre mismo: dos clases de leyes que podemos separar a lo sumo en la representación, no en la realidad. La libertad de la voluntad no significa, pues, más que la capacidad de poder decidir con conocimiento de causa. Cuanto más libre es el juicio de un ser humano respecto de un determinado punto problemático, con tanta mayor necesidad estará determinado el contenido de ese juicio; mientras que la inseguridad debida a la ignorancia y que elige con aparente arbitrio entre posibilidades de decisión diversas y contradictorias prueba con ello su propia libertad, su situación de dominada por el objeto al que precisamente tendría que dominar. La libertad consiste, pues, en el dominio sobre nosotros mismos y sobre la naturaleza exterior, basado en el conocimiento de las necesidades naturales; por eso es necesariamente un producto de la evolución histórica. Los primeros hombres que destacaron de la animalidad eran en todo lo esencial tan poco libres como los animales mismos; pero cada progreso en la cultura fue un paso hacia la libertad” Engels, F, El Anti-Dühring o la revolución de la ciencia de Eugenio Dühring: introducción al estudio del socialismo (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/anti-duhring/index.htm) 104.

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