Juan Gaucin - 2020 - Detained Migrants

Cuando el pueblo dice no: la respuesta contra el ICE en Minneapolis y Los Ángeles

en Coyuntura por

Traducción de Pablo Abufom. Edición de Daniela Vargas.

Algo ha cambiado en Estados Unidos. La campaña del gobierno de Trump para imponer deportaciones masivas al servicio de su agenda etnonacionalista se ha topado con una resistencia masiva y decidida en las ciudades «azules» más grandes del país, desde Los Ángeles hasta Chicago y Minneapolis. Las tropas federales, la Guardia Nacional, los agentes de ICE (sigla en ingles del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) y de la Patrulla Fronteriza —e incluso los marines en Los Ángeles— se han visto obligados a retroceder ante la extraordinaria oposición organizada por ciudadanos de a pie. En los barrios, los lugares de trabajo, los hospitales, las escuelas y los paraderos del transporte público, los residentes se han enfrentado a la maquinaria federal de deportación y se han negado a dejarse intimidar. La indignación moral se ha transformado en movilización colectiva a una escala que no se veía en Estados Unidos desde hacía décadas. Y en varias ciudades, al menos temporalmente, ha obligado a una de las administraciones autoritarias más agresivas de la historia de Estados Unidos a retroceder. 

Ésta es la historia de cómo tomó forma ese movimiento, y lo que puede indicar sobre los límites del gobierno autoritario en Estados Unidos. También es un recordatorio de que, incluso ante un Estado de seguridad en expansión, el poder autoritario no es ilimitado cuando se enfrenta a comunidades organizadas, un movimiento sindical e instituciones democráticas.

Una ocupación, no una política

Para comprender lo que ha ocurrido en Minneapolis y Los Ángeles, hay que partir de lo que Trump ha provocado. No se trata de una aplicación de la ley de inmigración en el sentido convencional. Es una guerra política contra las ciudades y comunidades que son bastiones democráticos -a menudo lideradas por personas de color- y contra los lazos de solidaridad que las mantienen unidas.

Las fuerzas del ICE y de la Patrulla Fronteriza se han multiplicado, impulsadas por bonificaciones de 50.000 dólares por incorporarse, diseñadas para atraer a reclutas que luego son rápidamente entrenados y desplegados. Los agentes de la Patrulla Fronteriza enviados a Minneapolis —que no es una ciudad fronteriza— no están acostumbrados a tratar con personas que gozan de los derechos de la Primera Enmienda. Ambas fuerzas despliegan armas y tácticas militares, tratando a la población civil como objetivos enemigos.

Esto no es la actuación policial habitual, ni siquiera el patrón conocido de las redadas contra inmigrantes. Se trata de la militarización de la aplicación de la ley de inmigración y la transformación de las agencias federales en una fuerza de seguridad interior.

La enorme expansión del aparato de seguridad federal —precisamente en el momento en que Trump y Musk despidieron a cientos de miles de otros trabajadores federales— ha sido descrita como una forma de keynesianismo policial: un programa de empleo construido en torno a la represión. Hablando sin rodeos, es una vía de reclutamiento para los Proud Boys y otras formaciones de tipo miliciano de extrema derecha.

Sin embargo, incluso como programa de empleo, fracasa. A diferencia del rearme militar nazi -que vinculó a sectores significativos de la población alemana al proyecto de Hitler mediante empleo real y expectativas económicas al alza-, la expansión del estado de seguridad nacional a través del ICE no puede aportar estabilidad ni asequibilidad a la clase trabajadora. No crea una base amplia de beneficiarios. En cambio, genera miedo, ira y repulsa. Minneapolis ha puesto de manifiesto tanto los límites del poder coercitivo del ICE como los límites políticos del proyecto de deportación de Trump.

En Minneapolis, la administración Trump desplegó a más de 3.000 agentes del ICE y de la Patrulla Fronteriza —más del doble de las fuerzas policiales combinadas de las Ciudades Gemelas de Minneapolis y St. Paul— en lo que la administración denominó «Operación Oleada Metropolitana». Los agentes de ICE golpearon y lanzaron gases lacrimógenos contra los manifestantes, siguieron a autobuses escolares, lanzaron botes de gas lacrimógeno fuera de los hospitales y realizaron redadas en pequeños negocios. El 7 de enero de 2026, el agente de ICE Jonathan Ross disparó y mató a Renée Nicole Good, poeta y madre de tres hijos, mientras ella y su esposa observaban de forma pacífica y legal una redada en su barrio. «Teníamos silbatos», dijo después Rebecca, la esposa de Good. «Ellos tenían armas». Tres semanas más tarde, agentes federales ejecutaron al manifestante Alex Pretti en una esquina. El asesinato, captado desde múltiples ángulos, fue visto fotograma a fotograma por decenas de millones de espectadores horrorizados.

Más allá de los montones de nieve empapados de sangre, los aspectos más cotidianos de la vida bajo una ocupación son tan crudos como estos crímenes impactantes. El periodista sindical Luis Feliz León estuvo en terreno en Minneapolis los días previos y posteriores al 23 de enero, el Día de la Verdad y la Libertad. Esta es su descripción de lo que vio: «porches repletos de abrigos impregnados de gas lacrimógeno que se aireaban al viento invernal; gatos vagando por las calles olfateando el rastro residual de sus dueños secuestrados; niños de color compartiendo coche con vecinos blancos porque sus padres temían que les detuvieran; profesores recogiendo bolsas de ropa sucia a la llegada al colegio porque los padres de los niños no se atrevían a salir a lavarla». El trayecto a la escuela se había vuelto peligroso. Se cancelaron cumpleaños y quinceañeras. Toda una comunidad había quedado sitiada.

El fiscal general adjunto de la administración, Todd Blanche, se quejó en Fox News: «En una ciudad tenemos esta indignación y este polvorín a punto de estallar; esto no ocurre en ningún otro sitio». Lo dijo como un insulto. Minneapolis lo tomó como un motivo de orgullo.

Raíces profundas, fuego repentino

El levantamiento que se produjo a continuación no surgió de la nada. Este es uno de los argumentos centrales esgrimidos por los analistas laborales que han estudiado lo ocurrido —y es el argumento que debería importar más a los lectores que deseen extraer lecciones en lugar de limitarse a admirar el valor demostrado.

Minneapolis tiene una sedimentada historia de lucha arraigada, como dijo un activista, «en lo profundo del suelo helado de Minnesota». La huelga de los Teamsters de 1934, liderada por militantes trotskistas, es uno de los momentos fundacionales del sindicalismo industrial estadounidense, que combinaba la ayuda mutua, la acción de masas disciplinada y una política que iba más allá del estrecho contrato para desafiar el carácter de la propia ciudad. El levantamiento de 2020 en respuesta al asesinato policial de George Floyd —a solo unas manzanas de donde más tarde fue asesinada Renée Good— construyó redes completamente nuevas de solidaridad vecinal y confianza más allá de las barreras raciales. En 2022, la Federación de Educadores de Minneapolis se declaró en huelga no solo por los salarios, sino por la justicia racial. Las enfermeras se declararon en huelga. Los trabajadores de la salud se organizaron. Y durante más de una década, una coalición de organizaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes, sindicatos, comunidades religiosas y centros de trabajadores había estado construyendo lo que los organizadores denominaban conscientemente no una coalición, sino una «alineación»: algo más profundo, en lo que las organizaciones están cobijadas mutuamente «bajo el ala de las demás» y profundamente comprometidas con el fortalecimiento de las bases organizativas de cada una.

Emilia González Avalos, directora ejecutiva de Unidos, describe la trayectoria: de ser considerada un «grupo especializado» periférico a la coalición progresista, su organización pasó años consolidando su poder a través de la infraestructura electoral, el desarrollo de la base de apoyo y la aprobación de la agenda legislativa del «Milagro de Minnesota» —permisos de conducir para residentes indocumentados, bajas remuneradas por enfermedad, ampliación de la asistencia sanitaria y más- en 2023 . Para cuando el ICE llegó en masa, ya se habían sentado las bases para algo mucho más grande de lo que cualquier organización por sí sola podría haber logrado. La oleada del ICE fue la chispa. Décadas de organización habían aportado el combustible.

El Día de la Verdad y la Libertad

El 23 de enero de 2026, con temperaturas de -29 °C y una sensación térmica que bajaba hasta los -45 °C, entre 75.000 y 100.000 personas se congregaron en el centro de Minneapolis en pleno día laboral. Cerraron escuelas, instituciones culturales y más de mil pequeñas empresas. Más del 80 % de los miembros del Local 7250 del sindicato Communication Workers of America («Trabajadores de las Comunicaciones de Estados Unidos», CWA) faltaron al trabajo. Los conductores de Uber y Lyft —casi en su totalidad trabajadores inmigrantes de color— lloraron al enterarse de que cien miembros del clero habían sido detenidos en el aeropuerto de Minneapolis al exigir que Delta, Target, 3M y General Mills adoptaran una postura pública contra la ocupación federal de su ciudad. Una encuesta realizada posteriormente reveló que aproximadamente un millón de habitantes de Minnesota —una cuarta parte de la población del estado— habían participado de alguna forma ese día en una acción convocada con apenas dos semanas de antelación. La acción contó con la participación de ciudades y pueblos de todo el país.

¿Fue una huelga general? La pregunta es menos importante que lo que representó ese día. Rosa Luxemburgo, en su análisis de la huelga de masas rusa de 1905, argumentó que la huelga general no es un acontecimiento aislado, sino un proceso: un vaivén entre la lucha económica y la política, la erupción espontánea y la respuesta organizada, el valor individual y la conciencia colectiva. Lo que demostró Minneapolis fue precisamente esto: el momento en que una comunidad deja de ser un conjunto de individuos aislados y se convierte, aunque sea brevemente, en un actor colectivo consciente de sí mismo.

Kieran Knutson, presidente del Local 7250 de CWA y uno de los principales artífices de la respuesta sindical, es sincero tanto sobre los logros como sobre sus límites. Las grandes empresas continuaron operando. La acción del 23 de enero fue una huelga política de masas, no una huelga general en el sentido clásico. Pero había ocurrido algo cualitativamente nuevo. Los trabajadores que se manifestaron ante su jefe antes del día de la acción y exigieron el cierre de la empresa regresaron al día siguiente con nuevas demandas: que se prohibiera el acceso de ICE a las instalaciones de forma permanente. «Ese es el nivel de confianza que estamos viendo», afirmó el periodista Luis Feliz León. Una clase trabajadora llena de una nueva confianza en sí misma había tomado, por primera vez en mucho tiempo, una gran ciudad estadounidense.

Eric Blanc, cuya rigurosa evaluación del momento Minneapolis se encuentra entre las mejores que se han producido, identifica tres ingredientes necesarios para una auténtica huelga general: impulso, organización y un liderazgo militante y dispuesto a asumir riesgos. Minneapolis contaba con los tres en una medida inusual. Pero la reflexión aleccionadora de Blanc es que el talón de Aquiles del movimiento reside en el sector privado, donde la afiliación sindical apenas alcanza el 6 % a nivel nacional y donde los trabajadores de empresas como Target, Amazon y Home Depot —cuyos empleadores son cómplices directos de ICE— tienen la mayor influencia estructural y la menor protección organizativa.

Una de las innovaciones tácticas más importantes en Minneapolis fue lo que González Avalos denomina la «entrada de observadores constitucionales». Unidos formó a 30.000 habitantes de Minnesota para observar y documentar legalmente las redadas del ICE. La acción parecía modesta, incluso pasiva: gente filmando, presenciando los hechos. Pero encontrarse cara a cara con siete agentes federales armados que arrestaban a un padre que llevaba a sus hijos al colegio cambió a las personas. «Transforma a la gente», afirmó González Avalos con sencillez. Esos 30.000 observadores se convirtieron en la base desde la que podía crecer una organización más profunda —reclutados no por ideología, sino por la experiencia de presenciar la crueldad y decidir que no mirarían hacia otro lado.

Los Ángeles: El modelo

Antes de Minneapolis, estuvo Los Ángeles —y la historia de Los Ángeles tiene un significado especial para mí, como alguien que vive y trabaja allí.

Trump odia Los Ángeles: una ciudad con mayoría de población negra y latina que vota masivamente a los demócratas, con casi un 35 % de inmigrantes, una ciudad con fuertes sindicatos y, con orgullo, una ciudad santuario. Entre junio y julio de 2025, el gobierno federal envió 4.800 efectivos de la Guardia Nacional y 700 marines a la ciudad, explícitamente para aplastar la resistencia, dar un escarmiento y fomentar la violencia. Lo que obtuvo a cambio fue el modelo de su derrota.

La resistencia se intensificó cuando las tropas entraron en la ciudad. El gobernador, el alcalde, los dos senadores del estado en el Congreso federal, la mayoría cualificada de la legislatura de California y los supervisores del condado se unieron en oposición, dando a la resistencia cobertura política y legitimidad generalizada. Pero la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, declaró que iba a «liberar a Los Ángeles de su alcalde y gobernador socialistas», aparentemente sin saber que no tenía autoridad para destituir a funcionarios electos de sus cargos.

El punto de inflexión se produjo el 6 de junio, cuando el presidente de SEIU de California, David Huerta, fue golpeado y detenido mientras documentaba una redada del ICE en el centro de la ciudad. Desde su cama de hospital, Huerta definió lo que estaba ocurriendo no como un incidente, sino como un movimiento: «Se trata de cómo nosotros, en tanto comunidad, nos mantenemos unidos y resistimos la injusticia que está ocurriendo». La Federación Sindical del Condado de Los Ángeles —una de las mayores del país— se movilizó de inmediato. Los sindicatos organizaron manifestaciones y acciones en defensa de los inmigrantes por toda la ciudad. 

Lo que surgió fue un amplio frente antifascista: sindicatos y centros de trabajadores, entre ellos el Centro de Trabajadores Filipinos, la Alianza de Trabajadores Inmigrantes Coreanos y CHIRLA, la Coalición por los Derechos Humanos de los Inmigrantes de Los Ángeles; comunidades religiosas, como la Diócesis Católica y la Iglesia Metodista Unida Holman, la iglesia negra más grande de la ciudad; organizaciones legales, como la ACLU y MALDEF; artistas y músicos; y —lo que es crucial— la comunidad empresarial. Tanto la Cámara de Comercio de Los Ángeles como el Consejo Empresarial alzaron la voz, no por solidaridad, sino porque las redadas estaban devastando la economía de la ciudad. Las empresas de construcción, los restaurantes, los hoteles, los talleres de lavado de coches y las fábricas de confección perdieron ingresos, ya que los trabajadores inmigrantes se quedaban en casa y los clientes inmigrantes se mantenían alejados.

Un juez federal dictaminó que el despliegue de tropas violaba la Ley Posse Comitatus, que prohíbe el uso del ejército para la aplicación de la ley en el ámbito nacional.

Trump acabó retirando sus fuerzas, alegando de forma inverosímil que había «salvado a la ciudad de arder en llamas». El sonido que siguió fue, como señaló el activista Bill Gallegos, el de millones de angelinos riéndose de lo absurdo de esa afirmación. Un frente amplio, disciplinado y multisectorial había forzado la retirada.

La lección de Los Ángeles no es idéntica a la de Minneapolis: la infraestructura organizativa, la cultura política y los acontecimientos desencadenantes son diferentes. Pero la lógica fundamental es la misma: construir sobre la propia base organizativa; unir a todos los que puedan unirse; mantener una demanda clara y coherente; y no regalarles la violencia que ansían.

De qué se trata todo esto, y en qué podría convertirse

Entre Los Ángeles y Minneapolis estuvo Chicago, donde el ICE fue brutal, pero la resistencia igualmente feroz. La contribución de Chicago al arsenal de la lucha popular fue práctica y elegante: la distribución masiva de silbatos para que las comunidades pudieran alertar a los vecinos en el momento en que ICE apareciera en sus calles. Las brigadas de silbatos se extendieron a Minneapolis y más allá, convirtiéndose en una herramienta casi universal de la resistencia, una pequeña pero perfecta ilustración de cómo la gente se apropió de formas de autoorganización y defensa, transmitiendo de una a otra la experiencia adquirida por cada ciudad.

Luis Feliz León invoca el concepto de la huelga de masas de Rosa Luxemburgo para describir lo que estaba sucediendo: no un único evento programado, sino un proceso de radicalización mutua entre la indignación y la organización, entre la acción espontánea de la gente común y el andamiaje institucional que le da dirección y durabilidad. La huelga general, escribió Luxemburgo, es el «latido vivo de la revolución»: no puede decretarse, solo prepararse y aprovecharse.

Este proceso está en marcha en Estados Unidos de formas que habrían sido casi inimaginables hace cinco años. La infraestructura organizativa —años de construcción de coaliciones, desarrollo de liderazgo, asambleas de trabajadores, redes de ayuda mutua, formación de observadores constitucionales— ya estaba ahí. La chispa de la violencia del ICE la encendió. Y en el fuego se creó algo nuevo: una confianza en sí misma de la clase trabajadora y un nuevo sentido de posibilidad colectiva que no desaparece cuando la crisis inmediata se apaga.

La historia continúa. Trump ha dado marcha atrás en algunas de las tácticas más agresivas, queresultaron tremendamente impopulares, dañaron sus índices de aprobación y enfurecieron incluso a los republicanos, furiosos porque el enfoque de Trump y Miller ha dañado su tema político estrella: la demonización de los inmigrantes. Durante décadas, la «inmigración ilegal» se utilizó como arma para avivar el miedo, mientras que su verdadera función económica —crear una mano de obra inmigrante superexplotada y sin derechos, con el fin de bajar los salarios— pasó desapercibida. Ahora la violencia es visible, las víctimas despiertan simpatía y la política es corrosiva. 

El ICE se ha replegado, pero continúa su misión de deportación con una fuerza más selectiva. La resistencia ha respondido con nueva energía. Las manifestaciones de «No Kings» («No queremos reyes») se han vuelto masivas; en Los Ángeles, los miembros de la comunidad patrullan los estacionamientos de Home Depot en busca de sus vecinos trabajadores, porque «el silencio es violencia».

Una diseñadora gráfica de un barrio de Los Ángeles describió lo que están experimentando muchos manifestantes novatos: «Me parece que es como una droga de iniciación, porque incluso personas que nunca han hecho nada activista en su vida acaban participando en una protesta, animadas por la comunidad, el propósito y el amor a la democracia». Otro activista lo expresó de forma sencilla: «Minneapolis es el modelo. Cuando dos personas inocentes fueron asesinadas mientras protestaban contra las redadas del ICE, la comunidad se unió y se levantó en protesta, obligando a las fuerzas de Trump a retirarse. Minneapolis se defendió con humanidad, y ese es el futuro que queremos construir».

Hoy, Kieran Knutson está convocando Asambleas de Trabajadores en Minneapolis: nuevos órganos democráticos que reúnen a trabajadores sindicalizados y no sindicalizados, grupos vecinales y organizaciones comunitarias para tomar decisiones colectivas sobre los próximos pasos. No se trata de comités permanentes del movimiento sindical existente. Son algo nuevo: formas de autoorganización directamente democráticas destinadas a conservar el poder generado por el momento de la huelga de masas, en lugar de cederlo a quienes tienen intereses y agendas diferentes, incluidos los funcionarios demócratas que condenaron públicamente a ICE mientras cooperaban con ellos en privado.

El horizonte inmediato es el primero de Mayo de 2026, una jornada nacional de «No trabajar, no ir a la escuela, no comprar». El horizonte más lejano es una temporada de huelgas que se está organizando para 2028, a medida que los sindicatos sincronizan los vencimientos de los contratos colectivos para maximizar su influencia en los sectores de la manufactura, la logística, la educación y las tiendas de abarrotes.

Ninguna de estas fechas es una garantía. Pero lo que ya es una realidad es esto: decenas de miles de estadounidenses de a pie han mirado a los ojos a los agentes federales, han hecho sonar sus silbatos, se han mantenido firmes y se han negado a marcharse.

Como escribió Boris Kagarlitsky desde el interior de una colonia penitenciaria rusa, en un contexto muy diferente, pero con un espíritu que resuena aquí: «No somos víctimas. Somos luchadores».

El movimiento en Minneapolis, Chicago y Los Ángeles nos está diciendo algo que los movimientos de izquierda de todo el mundo necesitan escuchar. La resistencia por sí sola no basta, pero es donde comienza todo lo demás. Cuando la gente se organiza, se mantiene firme y se niega a dejarse arrastrar a la violencia que provoca el Estado, incluso un presidente empeñado en la represión puede ser hecho retroceder.

Y en el proceso, la gente se transforma. Surgen nuevos líderes. Se arraigan nuevas formas de organización. Se hacen imaginables nuevos horizontes. 

Eso es lo que hace una huelga de masas. No solo consigue que se acepten las reivindicaciones. Transforma a las personas que la llevan a cabo.

Autor/a
Suzi Weissman

Profesora de Política, es autora del libro "Victor Serge: A Political Biography"(Verso, 2013), comentarista política y presentadora de radio con una larga experiencia. Es anfitriona del programaBeneath the Surfaceen KPFK/Pacifica Radio y el podcastJacobin Radio.

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