“Y no me digas nada a mí”. Los Prisioneros y la interpelación feminista

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En términos de industria cultural contemporánea, Chile entero puede leerse en las letras de Los Prisioneros, en los capítulos de Los Venegas y en las inclasificables creaciones televisivas de Plan Z.

Las letras de Jorge González, manantial de sabiduría popular. En cierto sentido, algunas de sus frases han llegado a formar parte del imaginario nacional, en sucesivas oleadas de esperanza y desesperanza, desde la imagen marginal y desempleada de “Pateando piedras” hasta el clamor neodesarrollista de “Muevan las industrias”, pasando por un movimiento estudiantil completo que, posterior al holocausto CAE, actualiza la potencia simbólica de “El baile de los que sobran”. Algunas canciones cifran sentimientos particularmente nacionales, que representan momentos esenciales de la vida espiritual chilena: “Nunca quedas mal con nadie”, “Mentalidad televisiva”, “¿Por qué no se van?”. Ni hablar de la joya clasista de “¿Por qué, por qué los ricos tienen derecho a pasarlo tan bien?” o el anarco-internacionalismo de “No necesitamos banderas”. Las canciones de Los Prisioneros no solo son ejemplos de una idiosincrasia, sino caminos que ha descubierto el drama nacional para desahogarse, conocerse a sí mismo y pinchar el globito de sus mitos.

Todo esto puede decirse sin matices con respecto a su etapa ochentera. Pero algo pasa con los 90s. Algo le pasa a Chile entre 1988 y 1991, y eso impacta en Los Prisioneros. Corazones es el fruto de ese acontecer. Aquí podría hacer una hipótesis grandilocuente y ridícula como que “Corazones es la máxima expresión de la transición a la democracia” o “El pop intimista de estos nuevos Prisioneros es su respuesta a la consolidación del neoliberalismo en los noventa”. Le dejo estos ejercicios fútiles a los arrogantes teóricos de lo obvio, típicamente militantes de izquierda que estudian o estudiaron en la Universidad Católica o de Chile.

Lo que pasa en Corazones (ese disco cuya portada siempre me pareció un enigma: ¿por qué la sangre mancha la camisa en el lado derecho?, ¿de qué tipo de corazón me están hablando?) es simplemente que se acaba la dictadura. Es así de obvio. Corazones dialoga con un nuevo período político. “Lo expresa” dirán los más siúticos. Pero también lanza, sin saberlo, una mirada hacia el futuro, hacia nuestro presente.

Hoy, junto con luchar por la socialización del trabajo reproductivo y comprender el feminismo a nivel estratégico y programático, una de las principales tareas feministas para los hombres es hacernos cargo de nosotros mismos en cuanto hombres.

Nadie podría negar que hoy el sentido común de la izquierda chilena es el reformismo, pero que su horizonte es el feminismo. Corazones no es ajeno a eso, razón por la que es uno de los favoritos de la banda sonora del feminismo universitario, junto con una espléndida cita al pop sintético de este mismo disco, Amiga, de Alex Andwandter. “Corazones Rojos”, la canción, sintetiza de manera simple el machismo a la chilena. Quiero hacer notar una frase de la que nunca he escuchado un comentario, que cierra sutilmente la canción, y que me resuena desde hace unos días al escuchar esta canción por infinita vez: “Y no me digas nada a mí”.

En la coyuntura actual del feminismo, esta línea que pasa desapercibida, nos habla directo a los hombres en nuestra perenne patudez machista: yo no tengo nada que ver con esto. Jorge González, insoportable pitoniso de la decadencia moral chilena que nunca termina de derrumbarse, nos ha dejado tarea, una vez más.

Hoy, junto con luchar por la socialización del trabajo reproductivo y comprender el feminismo a nivel estratégico y programático, una de las principales tareas feministas para los hombres es hacernos cargo de nosotros mismos en cuanto hombres. Es decir, en cuanto portadores de patriarcado, agentes de su persistencia. Más concretamente, la tarea es interpelarnos entre nosotros, un camino que nos señalan, benditos sean, Los Prisioneros. Traicionar el pacto de silencio y complicidad que cada vez aparece menos ante la presencia de mujeres, pero que reina sin obstáculos en los grupos de hombres: ¿cuándo fue la última vez que le paraste los carros al chiste machista de tu amigo, al comentario denigrante de tu colega, a la risita de tu papá cuando minimiza a tu mamá en el almuerzo del domingo?

Nos cuesta, aceptémoslo. Viene la marcha, dicen “movilización de mujeres” y hasta el marxista más dialéctico y el anarquista más antiautoritario se transforma en un bobalicón que solo puede pensar y decir “¿y yo no puedo ir?, ¿por qué yo no?”. ¡Cómo se nota el mandato transhistórico de ser el centro del mundo (“Nosotros inventamos, nosotros compramos / ganamos batallas y también marchamos”)!

“Corazones Rojos” nos lanza desde 1990 una mirada hiriente: rojo de femicidio más que de amor o comunismo, el Chile patriarcal es todavía demasiado poderoso.

Desde el comienzo, la canción va desplegando los lugares comunes del machismo. Surgen una tras otra las afirmaciones unilaterales de la prepotencia patriarcal en la que nadan gozosamente tantos izquierdistas desde antes de que Bakunin tuviera bigote. Pero cuando nos acercamos al final, “Corazones Rojos” comienza a dialogar de manera única con el presente. “Corazones rojos no me miren así” es la consigna avergonzada de una masculinidad arrinconada por el despliegue potente del feminismo en el espacio público. Junto a “y no me digas nada a mí” son las únicas frases de la canción que reconocen una interpelación. Aparece allí, solo allí, un otro femenino que impone por un segundo su reconocimiento. Aunque González no se libera de cierto esencialismo al concebir a las mujeres como corazones, reclusión metafórica de la privacidad y el sentimiento, el resto de la canción, y sobre todo estas últimas líneas, develan su verdadera función ideológica: interpelación feminista entre hombres, encarnando ella misma la tarea que indica.

“Corazones Rojos” nos lanza desde 1990 una mirada hiriente: rojo de femicidio más que de amor o comunismo, el Chile patriarcal es todavía demasiado poderoso. Pese a conquistas culturales contra la desfachatez misógina de la burguesía como que La Cuarta haya eliminado la Bomba 4 o que el episodio de la muñeca inflable haya recibido un repudio transversal, la necesidad de socavar su arraigo cotidiano es tarea pendiente. Y mientras la vanguardia de esta lucha está en el movimiento feminista, los hombres tenemos que dejarnos de excusas narcisistas y darnos un lugar en el combate contra el patriarcado.

Corazones rojos, mírenme así.

Militante de Solidaridad, miembro fundador del Centro Social y Librería Proyección y miembro del Comité Editorial de Revista Posiciones.

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