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Mauricio Rifo

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El problema del sujeto es el problema sobre su libertad

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“Libertad, ese sentimiento de la dignidad del hombre, debe ser despertado de nuevo en estos hombres. Solo esta libertad, que despareció del mundo con los griegos y cristianos desvaneciendola en la bruma del paraíso, puede volver a transformar la sociedad en una comunidad de hombres para el logro de sus más altos propósitos, un estado democrático. El pueblo, sin embargo, que no se siente a sí mismo como ser humano, crece atacado por sus amos, como una manada de esclavos o de caballos”

(Marx en correspondencia a Arnold Ruge, 1843)

 

Introducción

Una cosa es la preocupación teórica por el sujeto y otra es la histórica. Cabe agregar, para los suspicaces, ambas preocupaciones son de carácter político.

Si nos aproximamos teóricamente a este problema tenemos que establecer, como nos alerta Pierre Vilar, que “la teoría es entonces programa de estudio, hipótesis de trabajo. Lo que no es legítimo es creer que se ha dicho lo suficiente sobre un problema antes de haber confrontado la línea de reflexión elegida con un análisis profundo de las realidades, complejas en el espacio y cambiantes en el tiempo” (Vilar, 1999: 7).

Esta advertencia ha sido, generalmente, desoída y, por el contrario, se ha transformado en un impulso sustantivo de las reflexiones políticas y académicas sobre los sectores populares y su rol en la sociedad. De ello derivan una serie de axiomas que las izquierdas del siglo XX han exprimido hasta cierto nivel de irracionalidad como la democracia burguesa, el Estado como máquina de represión, mercados a-históricos, lucha de clases binaria, a-politicismo electoral, etc. Esto evidencia la necesidad de comprender que la reconstrucción teórica de un problema social es limitada y, por tanto, un programa de estudio sujeto a verificación cuya acción política no puede ser utilizada de forma mecánica en cualquier momento histórico.

Por este motivo, el presente texto tiene como objetivo posicionar que el estudio de la trayectoria de las clases populares responde a una situación histórica específica que determina a su vez las formas de autogobierno (individual) y de gobierno (colectivo) en sociedad. Por este motivo, pensar en el sujeto capaz de llevar a cabo una transformación social, en este caso del capitalismo, es pensar en la historia de las clases populares y sus luchas por la libertad.

Es en esta reconstrucción histórica que Roberts (2016) o Domènech (2004) posicionan el estudio de Karl Marx y del socialismo en general, respectivamente, como una tradición de pensamiento y de acción sobre la libertad, entendida en el marco de la independencia material del republicanismo histórico, como condición del autogobierno y el gobierno en sociedad.

Tal interpretación tiene consecuencias sustantivas acerca de lo que “teóricamente” se ha entendido por sujeto en las izquierdas del siglo XX, por ello es una necesaria “reconexión” con la historia popular de las luchas por la libertad y el rol del movimiento obrero y el socialismo en dichas luchas. Sin esta compresión es complejo poder reconstruir una izquierda que enfrente las dificultades del siglo XXI.

En este sentido, para la izquierda, el problema del sujeto es el problema sobre su libertad.

Libertad y propiedad

La filosofía política, y como consecuencia el movimiento político republicano, ha sido particularmente sensible al problema de la dominación (Bertomeu, Domenech, & De Francisco, 2004; Casassas, 2010; Cristi, 2011; Domènech, 2004; Laín, 2016; Pettit, 1999; Roberts, 2016). Para el republicanismo la dominación es perniciosa para el florecimiento de las capacidades humanas y, por consiguiente, una fuente de estrictas regulaciones. En este sentido, tanto para republicanismos oligárquicos o democráticos, la dominación está estrictamente vinculada a las condiciones que le dan origen, en este caso la tenencia o no de propiedad. Así, el vínculo entre propiedad y dominación es esencial para entender en qué condiciones una persona puede ser libre.

De esta forma, la libertad es la posibilidad material de no depender de nadie para vivir y, por consiguiente, la posibilidad de expresar y ejercer tu existencia sin dominaciones que limiten tu desarrollo.

En este sentido, las primeras culturas, por lo que sabemos, sustentaban, principalmente, sus fuentes de libertad en la tenencia de la tierra y en la esclavitud. No obstante, existía un grupo social extendido que “vivía de sus manos” a través de la participación social en la agricultura, el comercio, o la producción de mercancías. Este grupo social, en general, no fue considerado plenamente libre debido a que buena parte de su existencia dependía de una relación con un “otro” que determinaba sus posibilidades de acceder a recursos. Por este motivo, como ocurrió en la experiencia ática, este grupo social fue considerado como sujeto a una “esclavitud parcial” que tenía como consecuencia la confinación de sus intereses sociales a materias principalmente privadas. Producto de ello, y como cuerpo político principal, surge el partido democrático que agrupaba a los Thetes (pobres libres) a la cabeza de las reformas de Clistenes, Ephialtes, Pericles y de, la más radical, Aspasia, que buscó incorporar a la esfera política a aquellos que dependían de otros para vivir. Por ejemplo, de ahí el origen histórico del pago en “dinero” a los cargos públicos fomentado por Pericles (Domènech, 2004).

Es en esta reconstrucción histórica que Roberts o Domènech posicionan el estudio de Karl Marx y del socialismo en general, respectivamente, como una tradición de pensamiento y de acción sobre la libertad, entendida en el marco de la independencia material del republicanismo histórico, como condición del autogobierno y el gobierno en sociedad.

Tal situación, dotó de contenido político emancipatorio al conjunto del “demos” ático, debido a la necesidad de extender la propiedad de la tierra y diseñar modelos institucionales que permitieran la participación política del “demos”, o sea de los que “viven de sus manos” o también llamados pobres libres.

A diferencia del mundo griego del siglo V a.c., el pueblo romano devino en formas de dominación civil dentro del tejido institucional (Domènech, 2004). Tras el desenlace del conflicto social entre patricios y plebeyos, se produjo un paulatino vaciamiento del carácter democrático de las instituciones plebeyas, a través de figuras como el patronazgo y el clientelismo. Por ende, el dilema romano de las clases subalternas se volcó a la necesidad de una independencia civil dentro del entramado de instituciones de la república, ya que la dependencia económica impedía cualquier tipo de representación popular independiente del interés de los ricos. Por este motivo se da un conflicto por la legitimidad de las instituciones en un escenario interno de degradación paulatina de la representatividad de las mismas y una emancipación respecto del domus patriarcal, encabezadas por las rebeliones de los esclavos.

La caída del mundo romano, la expansión del dominio privado de la iglesia y el control civil de las monarquías nacientes traen consigo siglos de lucha campesina y burguesa por la independencia civil y la emancipación patriarcal. Al igual que en el mundo antiguo, las relaciones entre lo que ahora entendemos por sociedad civil y sociedad política se encontraban estrictamente enlazadas, por lo tanto, era posible para el movimiento subalterno buscar directamente la independencia civil y anti-patriarcal. En este contexto nace el poderoso movimiento campesino que formó lo que Marx posteriormente entendería como el movimiento histórico del comunismo. En esta dirección, las luchas sociales del período medieval van configurando dos alternativas políticas: (1) el desarrollo de polis estados independientes compuestas por productores libremente asociados o (2) congregaciones urbanas centralmente administradas que disputen el control eclesiástico de la tierra. De esta última alternativa nace el espacio público como una división entre la ley política y la ley civil – desarrollada por Montesquieu – y por ende el desarrollo específico de una alianza de clase que da origen al Estado moderno y la división del tercer Estado por medio de la expansión de los intereses del “burgués” capitalista.

Tal política emancipatoria, la distribución de la tierra y la lucha contra la monopolización de una administración centralizada oligárquica, fue la hoja de ruta de los diversos movimientos democratizadores pre absolutistas de la Europa continental. Sin embargo, la tragedia que significó la conquista y saqueo del continente americano trajo consigo una serie de procesos que sentaron las bases de las dinámicas acumuladoras y expropiatorias de lo que conocemos hoy como capitalismo (Gauthier, 2013).

De esta forma, el viejo “demos” (artesanos-campesinos-asalariados de servicio-asalariados de obra-mujeres-niños-esclavos) se ve profundamente amenazado y llevado a un punto límite de tragedia en donde la propiedad de la tierra, por la dinámica expropiatoria y la esclavitud a tiempo parcial del trabajado asalariado, por la acumulación, se vuelven en las determinantes de un nuevo mundo productivo (industria) y de intercambio (mercados capitalistas). La Revolución Francesa es precisamente el intento más radical por evitar la derrota popular y al mismo tiempo el momento político que condensa la tragedia que significará el capitalismo hasta nuestros días (Gauthier, 2013).

En este contexto de derrota y cambio emerge lo que podríamos denominar una continuación -por otras vías- de las viejas luchas por la libertad del “demos” pre absolutista: el socialismo[1].

El socialismo parte de dos premisas: (1) la tendencia de cambio de un “demos” antiguo heterogéneo a un moderno “demos” homogéneo de asalariados, principalmente industriales y (2) la sujeción estructural de un modo de producción -no solo de acumulación- sino que también extremadamente expropiatorio, que haría ingobernable la vida económica (Domènech, 2004).

Por lo tanto, las clases “industriosas asalariadas” o esclavos a tiempos parcial, para el socialismo, tendrían como objetivo reunificar el “demos” profundamente fragmentado por la presión homogeneizante y expropiatoria del modo de producir capitalista. De ahí la cuestión de la tradición marxista del siglo XX de la clase obrera o de lo que académicamente se ha denominado: “el sujeto”.

Cabe agregar que este programa unificador de la clase popular industrial asalariada es un impulso central en la posición de Karl Marx y Friedrich Engels dentro de la I internacional obrera, no así del resto de las corrientes socialistas de la época y menos del anarquismo. Son las diversas coyunturas políticas de la Europa continental las que van dando cuerpo a la posición de Marx y Engels hasta 1872, momento en el que ambos líderes promueven la construcción política de partidos obreros nacionales que levanten una lucha sindical junto a una participación y combate político autónomo, como clase, de acuerdo con cada situación institucional nacional.

Será esta posición en Marx y Engels la que provocará un desencuentro con las posiciones de anarquistas como Bakunin, que realizan su acción política en Monarquías constitucionales o absolutistas, junto a una presencia mayoritaria de campesinos. Lo mismo para los tradeunistas ingleses cuya estrategia política giraba en torno al ala izquierda del partido liberal y la obtención de reformas sociales como la ley de horas de trabajo o la tradición blanquista y proudhiana francesa que convivía con un artesanado que había resistido mayoritariamente a la proletarización. Solo en Alemania existían ya partidos como los aconsejados por Marx y Engels, la Unión General Alemana de Obreros y el Partido Obrero Socialdemócrata que darán origen al Partido Socialdemócrata de Alemania y será el origen del famoso texto de Marx: “La crítica al programa de Gotha” (Bunge & Gabetta, 2013).

Traspasando este proceso político giraba una propuesta política sobre libertad desde el incipiente movimiento socialista. Según esta propuesta, la distribución de la tierra, como condición de libertad, parecía ser una cuestión inapropiada históricamente debido a la tendencia homogénea de un demos manifestado en un conjunto de asalariados vinculados a la nueva forma de producir capitalista: la industria. Por este motivo la tradición socialista, en síntesis, con el republicanismo clásico, propone como nueva condición de libertad en el escenario productivo de la época, la socialización de los medios de producción disponibles como fuente de disputa al monopolio administrativo del pujante Estado expropiatorio y la promoción de mayores instancias de control del proceso productivo con el objetivo de dotar de condiciones a la libertad a un demos sometido a niveles de carestía masivos.

Como sabemos, la unificación del demos a través de las “clases populares industriosas” tuvo sus límites históricamente conocidos en la construcción de “un mundo paralelo” contra institucional que dotó de gran poder al movimiento obrero, pero que al mismo tiempo lo aisló de otros sectores populares y la unificación se transformó en una “sumisión” de los intereses populares diversos. Ejemplo de ello es la poderosa batería contra institucional de la socialdemocracia alemana hasta el estallido de la primera guerra mundial. En su trayectoria es particularmente distintiva esta suerte de “fortaleza obrera”, que de manera paulatina fue abandonando la unificación del demos por la comprensión de que el resto de las clases populares, de manera connatural, iban a contrapelo de la historia y por ende propendían a un papel político reaccionario. Este abandono llevo a que buena parte del poderoso desarrollo de la unidad empresarial continental de finales del siglo XIX tuviera como objetivo político, precisamente, sumar a sus intereses a un conjunto de sectores populares abandonados por el movimiento obrero a través de lo que hoy conocemos, de forma consolidada, como grandes medios de comunicación. De ahí que la disputa de Marx -en el programa de Gotha- contra la posición Lasalleana de que salvo el proletario [industrial] el resto de las clases populares formaban un conjunto reaccionario, se vuelve relevante (Hunt, 1974).

Tal vez, la principal herencia de estos complejos procesos políticos es que, tras un acelerado período de revoluciones y contrarrevoluciones durante la primera mitad del siglo XX, luego de la segunda guerra mundial la variopinta gama de posiciones en la izquierda se viera reducida, predominantemente, al ala derecha de la socialdemocracia y al ala derecha de la izquierda comunista, el estalinismo.

Esta situación descrita, no elimina, en ningún caso, el aporte de una larga lucha del movimiento obrero y popular en general por construir, con errores y aciertos, un acceso público a la libertad.

Democracia y libertad: el acceso público a la libertad

Históricamente, los movimientos populares han intentado alcanzar un acceso libre (público) a servicios; y libre (no monopolizado) a bienes de primera necesidad a través de una organización democrática, o sea “en sus propias manos”; desde el control soberano de la representación política (elegibles, responsables y deponibles) junto a la extensión de la propiedad como condición de libertad.

Así, durante el siglo XIX, en Chile los movimientos populares buscaron el apoyo por parte del Estado para la entrega de créditos a los pequeños productores y a los que no tenían propiedad, en un período donde la usura se transformó en práctica común y expoliadora del pueblo. También se demandó la protección de la industria artesana nacional, frente al ingreso de manufacturas traídas de Europa, las que eran de uso principal de las clases dominantes (Collier & Sater, 1998). De esta forma, la libertad afincada en la resistencia a los procesos de desposesión (proletarización-cercamiento de tierras) fue la bandera de lucha de buena parte del demos nacional durante el siglo XIX.

A finales de siglo, la emergencia del movimiento obrero gatilló una lucha contra el monopolio de la moneda y el consumo a través del sistema de fichas y pulperías en el norte de Chile, mientras levantaba sindicatos y mancomunales. Estas organizaciones buscaban defender los intereses de los trabajadores y organizaban medios propios para enfrentar los problemas sanitarios y de vejez y el acceso a educación, dada la inexistencia de instituciones públicas que permitiesen a los trabajadores/as tener un acceso digno, libre e igualitario a la “libertad” (Garcés, 2004).

Históricamente, los movimientos populares han intentado alcanzar un acceso libre (público) a servicios; y libre (no monopolizado) a bienes de primera necesidad a través de una organización democrática, o sea “en sus propias manos”; desde el control soberano de la representación política (elegibles, responsables y deponibles) junto a la extensión de la propiedad como condición de libertad.

Los trabajadores/as tenían, entonces, organizaciones autónomas y su fortalecimiento disruptivo con el orden social (las Sociedades de Socorros Mutuos habían funcionado por décadas sin implicar una amenaza al orden) fue acrecentando el temor de los sectores dominantes ante la posible emergencia de un movimiento revolucionario en Chile que agrupara a todas clases populares nacionales.

Las coyunturas siguientes, y las transformaciones económicas del país, fueron modificando el demos al igual que en buena parte del mundo. Esta modificación trajo consigo el fortalecimiento de un movimiento obrero que convivía, parcialmente, con el campesinado y con un diseño institucional antidemocrático hasta entrada la década del 50 que generó tensiones que no lograron resolverse ni con el triunfo electoral de la unidad popular sobre cuestiones como la propiedad, el rol de Estado, el rol de la economia desestatizada, el vinculo con diversos sectores populares, la unidad fraterna de la izquierda, etc (Gárate, 2012).

La gran tragedia que significó la derrota del movimiento obrero y popular chileno reconfiguró el diseño institucional del país y barrió con buena parte de la tradición de lucha por el acceso público a la libertad, legándonos una empresa re-patriarcalizada, una esfera pública altamente privatizada y una clase social asalariada extremadamente dominada por el crédito, la ausencia de derechos laborales y la fragmentación política.

Es en esta larga marcha y escenario actual, que el “sujeto” debe ser comprendido junto con el rol del movimiento obrero y del propio socialismo. Nuestra tarea es dar continuidad, por otras vías y con nuestro escenario, a la larga lucha por la libertad y sus condiciones de realización.

Por lo pronto, así como en buena parte del mundo, el rol del sindicalismo, y por ende del movimiento obrero nacional, fue paulatinamente bombardeado por la “innovadora” forma de promover un estancamiento salarial junto la promoción de consumo apoyado por la masificación del crédito que “arrebató” el rol que el sindicalismo había ocupado durante la mitad del siglo XX en Chile y en el mundo.

Hoy, las fuentes materiales de la libertad, debido a la persistencia de la asalarización del “demos”, siguen siendo una cuestión central a la hora de pensar en las posibilidades del autogobierno y del gobierno en sociedad. Es por este motivo que la pregunta por el sujeto es una pregunta históricamente situada e inevitablemente plural cuya centralidad gira en las condiciones necesarias para la libertad junto a la crítica más radical de aquellos diseños que promueven profundas lógicas de dominación.

Reflexiones finales

Cuando abordamos el problema del sujeto como una cuestión teórica corremos un serio riesgo al enfrentarnos a una realidad que no corresponde con la teoría junto, tal vez, con derivaciones políticas que poco y nada tienen que ver con lo que realmente sucede en nuestra realidad.

Por este motivo es central comprender que el problema del sujeto no es problema por su categorización estática, sino por ser una empresa científica en busca de la verdad cuya acción política es la realización de las condiciones contemporáneas de la fractura social para la plena realización de la libertad de todo el “demos” que, por lo pronto, debe ser la lucha contra el bloque rentista imperial mundial.

Por este motivo es central la reconstrucción de la historia de las luchas populares para así poder entender las condiciones históricas que le dieron sentido y condensaron conceptualmente una u otra forma política.

En este ejercicio, es posible constatar la presencia de una larga lucha por la libertad de las clases populares. Esta lucha no ha sido solo una serie de insurrecciones o revoluciones sino también una potente filosofía política anclada a diversas formas de expresión organizativas que han relevado permanente su potencia respecto a las condiciones de autogobierno individual de las sociedades junto a las formas colectivas de gobierno.

Esta filosofía política no se ha preguntado de manera abstracta por el sujeto, sino bajo una especifica forma de comprensión que da por esencial la pregunta científica y política de ¿cómo los sectores populares, en determinas épocas, ven subsumida su libertad por diversos poderes?

Por este motivo es central comprender que el problema del sujeto no es problema por su categorización estática, sino por ser una empresa científica en busca de la verdad cuya acción política es la realización de las condiciones contemporáneas de la fractura social para la plena realización de la libertad de todo el “demos” que, por lo pronto, debe ser la lucha contra el bloque rentista imperial mundial.

Bibliografía

Bertomeu, M. J., Domenech, A., & De Francisco, A. (2004). Republicanismo y democracia. Madrid/Buenos aires: Miño y Davila.

Bunge, M., & Gabett, C. (2013). ¿Tiene porvenir el socialismo? Buenos aires: Ceudeba.

Casassas, D. (2010). La ciudad en llamas: La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith. Barcelona: Montesinos.

Collier, S., & Sater, W. (1998). Historia de Chile. 1808-1994. Cambridge: Cambridge University Press.

Cristi, R. (2011). Autoridad, Libertad y Republicanismo. Revista de Filosofía, 9-28.

Domènech, A. (2004). El eclipse de la fraternidad. Una revisión repúblicana de la tradición socialista. Barcelona: Crítica.

Gárate, M. (2012). La revolución capitalista de Chile (1973-2003). Santiago de Chile: Universidad Alberto Hurtado.

Garcés, M. (2004). Los movimientos sociales populares durante el siglo XX: Balance y perspectivas. Política, 13-33.

Gauthier, F. (2013). De la economía moral a la economía política popular: la fructifera intuición de Edward P. Thompson. Sociología Histórica, 397-426.

Hunt, R. (1974). The political ideas of Marx and Engels. Vol. 1. London: Palgrave Macmillan.

Laín, B. (2016). Tesis para optar al grado de doctor en sociología: Democracia y propiedad en el republicanismo de Thomas Jefferson y Maximilien Robespierre. Barcelona: Universitat de Barcelona.

Pettit, P. (1999). Republicanismo: Una teoría sobre la libertad y el gobierno . Madrid: Paídos.

Roberts, W. C. (2016). Marx´s inferno: The polítical theory of capital. New Jersey: Princeton University Press.

Vilar, P. (1999). Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona: Crítica.

NOTAS

[1] http://www.rebelion.org/docs/147237.pdf

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