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Pablo Lillo

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Los cuadros intelectuales y el asedio del poder

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Cada cierto tiempo aparece en los medios alguna noticia o columna de opinión recordándonos que, en el plano intelectual, Chile también enfrenta una crisis que no sólo se expresa en un inversión miserable en investigación, sino también en una enclenque capacidad de innovación científica. En ciertas ocasiones, el sentido de su denominación pareciera restringirse a las ciencias duras, por lo que estimo pertinente destacar enfáticamente que no; que esta crisis científica se está viviendo también y con particular intensidad en el mundo de las ciencias sociales.

Por sus implicancias políticas (relativas a la distribución del poder) y económicas (relativas a la distribución de recursos), este problema debiera ocupar un lugar central en las discusiones estratégicas de la izquierda. Sin embargo, más allá de ciertas invectivas (casi siempre panfleteras) en contra del academicismo entendido como único significado posible de la actividad académica, es difícil dar con evidencia suficiente como para sugerir que esta polémica se está desarrollando con la densidad necesaria en los espacios en que su presencia es más urgente. En otras palabras, la renuncia a (re)pensar la intelectualidad y particularmente la academia en términos revolucionarios goza de una extensión que la vuelve una amenaza.

El propósito de este ensayo es, además de afirmar que recuperar terreno en el ámbito referido es posible e imprescindible, poner sobre la mesa algunos elementos básicos para contribuir a la concreción de dicho esfuerzo. Comenzaré refiriéndome a la razón principal que hace del intelecto un arma invaluable en la lucha por la liberación. Luego, desarrollaré algunos alcances de orden teórico-práctico para sentar las bases de lo que propondré finalmente como curso de acción. Cabe hacer la advertencia de que este texto no pretende (ni podría pretender) erguirse como un tratado exhaustivo de  los temas que en él están enunciados; representa más bien una humilde provocación que espero podamos profundizar y nutrir en el futuro próximo.

  1. La potencia política del intelecto

Hace días, el famosillo alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, volvió a hacer noticia asegurando no tener ninguna duda de que “el Frente Amplio está a la derecha del PC”.[1]  Argumentó el punto aludiendo a la composición del conglomerado, y continuó sacando cuentas históricas que confirmarían su apreciación. La lectura de la nota me retrotrajo a mis primeros años de militancia (más bien de activismo), cuando una parte importante de participar en el debate político-intelectual significaba determinar quiénes estaban más a la izquierda que el resto para saber quién era el reformista y quién, el revolucionario. “Qué recuerdos”.

Hoy, con apenas un poco más de camino andado, puedo resumir en dos aforismos mi pensamiento al respecto: (1) para ser revolucionario, lo primero que hay que tener es revolución[2]; y (2) al reformismo no se le derrota, se le supera[3]. Punto. Más que la idoneidad para llevar la etiqueta de una coordenada específica, lo que resulta pertinente discutir cuando nos hemos colocado frente al desafío de subvertir el orden capitalista, colonialista y patriarcal imperante, es, concretamente, de qué manera(s) llevamos a cabo dicha subversión.

En esta línea, se abre un debate mucho más fecundo en términos prácticos. Al formular la pregunta pensando en cómo propender hacia la resolución de la guerra de clases, devolvemos el protagonismo histórico al sujeto, supeditando a su acción la atribución de uno u otro predicado (de uno u otro etiquetado o discurso ideológico), y, al mismo tiempo, nos preparamos para sortear el error de concebir unívocamente la acción revolucionaria.

Me explico. En nuestro contexto, la polémica reforma o revolución suele encubrir la asociación por un lado entre reforma y cambio gradual, y, por otro, entre revolución y cambio brusco. De esta manera, basta con que alguien ponga peros a la idea de la toma del poder por asalto para acusarle de reformista, y, en cambio, mientras más rabiosamente abrace la idea mencionada, más se le reputará como un auténtico revolucionario. A este error me refiero.

La guerra de maniobras (o de ataque frontal) no es la única forma de enfrentar al enemigo. Es más: la correlación de fuerzas que existe en el campo de batalla en el que hoy nos encontramos hace que sea la menos idónea si es que de verdad aspiramos a la victoria. En vista de las circunstancias, deberíamos considerar, como aconsejó Antonio Gramsci (entre otros), una guerra de posiciones.[4] Este tipo de guerra se distingue de la primera en el terreno político, en que su foco es la disputa por la hegemonía, o sea, por la capacidad de mantener una situación en la que las clases subalternas consienten y colaboran en su propia dominación debido a la prevalencia cultural e intelectual de un sentido común que enmascara y naturaliza la situación de opresión a la que están sujetas.[5] He aquí la potencia política del intelecto: explicar lo que parecía ya explicado; particularmente en nuestro caso, hacer evidente la arbitrariedad sobre la que descansa el orden que justifica el privilegio de una minoría en desmedro de la mayoría como parte del camino hacia la constitución e institución de un nuevo orden social. Pero ¿cómo operacionalizar la hegemonía de manera tal que la disputa por la misma se pueda plantear en términos más concretos? 

  1. Hegemonía y capital simbólico

Pierre Bourdieu propuso entender la sociedad como un espacio caracterizado por la reciprocidad externa de los sujetos que lo componen y estructurado a partir de la distribución de ciertos recursos capaces de conferir fuerza y poder a quienes los poseen. A esos recursos los llamó capitales, y distinguió cuatro tipos básicos: económico, cultural, social y simbólico. Estos capitales no se conciben como una cosa en sí misma, sino más bien como el fruto de relaciones e interacciones cuyo alcance suele trascender a la voluntad de los agentes que las protagonizan -quienes se conciben a su vez como posiciones y oposiciones definidas relacionalmente dentro del espacio mencionado y no simplemente como individuos de carne y hueso.[6]

De los cuatro tipos de capital, el simbólico puede utilizarse para aproximarnos a una resolución del problema anotado al cerrar la sección anterior de este texto.[7] El capital simbólico es el producto de las relaciones sociales que cumplen con la función de legitimar un orden social dado, es decir, con la función de ocultar y disfrazar la arbitrariedad sobre la que descansa la distribución de los otros tipos de capital haciendo que ésta parezca justa, merecida e incluso producto de la naturaleza. En tanto capital, el capital simbólico es un recurso, y en tanto recurso, éste debe ser extraído desde alguna fuente. Por lo tanto, quien aspire a disputar la hegemonía, debe interrumpir el suministro o bien capturar esas fuentes de extracción de capital simbólico.

Un ejemplo de estas fuentes que resulta particularmente ilustrativo lo constituye el sistema educativo institucionalizado. Como la piedra filosofal en alquimia que prometía transformar el plomo en oro, la educación formal ha demostrado ser capaz de transformar ante los ojos de la sociedad el privilegio en mérito, justificando a través de sus dinámicas la ocupación de posiciones de poder por parte de la élite y su descendencia; normalizando, en otras palabras, la reproducción social. Así, creencias como que los colegios particulares ofrecen una educación de mucho mejor calidad que los liceos públicos hallan apoyo en los resultados del SIMCE y de la PSU unidos al olvido deliberado del hecho de que dichas pruebas estandarizadas son pensadas y creadas desde una racionalidad que se sintetiza a partir de condiciones materiales de vida[8] mucho más cercanas a aquellas vivenciadas por las clases dominantes (sobrerrepresentadas en los colegios particulares) que a las vivenciadas por las clases subalternas (sobrerrepresentadas en los liceos públicos) -sin mencionar la ausencia de crítica sobre la pertinencia del uso del concepto de calidad en este ámbito, cuestión que pretendo abordar en otro documento.

Lo mismo ocurre con las creencias asociadas al rendimiento en matemáticas que servirían para fundamentar el imperio de una supuesta racionalidad-masculina por sobre una, también supuesta, emocionalidad-femenina; con la asociación aparentemente espontánea entre determinadas ocupaciones y las expectativas de sueldo; incluso con la vinculación que se hace entre poseer un diploma en medicina, derecho, ingeniería civil o comercial y la idoneidad para ejercer cargos directivos tanto en el sector público como en el privado. Todo esto, que se presenta como de sentido común, subrayado por el discurso de la meritocracia, no son hechos determinados por la naturaleza humana; son axiomas ideológicos que en último término tributan a la reproducción del orden social actual legitimados y presentados como realidad autoevidente a través de procedimientos técnicos que son impuestos como neutrales.

  • Qué hacer

El trabajo de la intelectualidad, entonces, ha de ser éste: producir y diseminar instrumentos para defenderse de la dominación simbólica (para tomar-consciencia-sobre y acabar-en-los-hechos-con nuestras prácticas y creencias que nos hacen cómplices de la dominación a la que se nos ha sometido) dedicándose también a la investigación e invención de formas de acción y movilización política que contribuyan a dotar de sentido y contenido al proyecto revolucionario.[9] El sistema educativo es un ejemplo, pero como ésta existen otras fuentes desde donde se extrae y acumula la legitimidad de que goza este mundo hecho y rehecho a la medida de las élites. En suma, es a la crítica de dichas fuentes que debemos apuntar el intelecto.

Para lograr que este despliegue convenza más allá de los convencidos, debemos considerar algunos de los enunciados ya plasmados en este escrito. Así como hemos cometido el error de entender unívocamente la acción revolucionaria, hemos tendido a entender unívocamente el rol de la academia. Y si bien es cierto que gran parte de la misma se encuentra trabajando actualmente (con mayor o menor grado de consciencia) para intereses capitalistas, colonialistas y patriarcales, lo cierto es que se sigue perfilando como uno de los espacios que reúne las características requeridas para llevar a cabo lo descrito en el párrafo anterior.

No podemos continuar permitiéndonos el lujo de subestimar el alcance que los esfuerzos de un cuadro político situado en la academia pueden llegar a tener, sobre todo si esos esfuerzos están coordinados con otros cuadros del mismo y de otros tipos. Siempre y cuando tomemos los resguardos apropiados para no caer en el academicismo ni en el panfleteo, se puede hacer uso del mismo poder simbólico del que se beneficia el enemigo para instalar y legitimar una crítica exhaustiva al sistema. Algunos de los trabajos citados en este ensayo son un ejemplo de aquello, y, si se ha leído con atención, algunos de los temas aquí sugeridos podrían servir también de inspiración.

 

NOTAS

[1] https://www.elciudadano.cl/chile/daniel-jadue-dispara-frente-amplio-esta-la-derecha-del-pc/02/15/

[2] “[…] para ser revolucionario, lo primero que hay que tener es revolución. De nada sirve el esfuerzo aislado, el esfuerzo individual, la pureza de ideales, el afán de sacrificar toda una vida al más noble de los ideales, si ese esfuerzo se hace solo […]” – Che Guevara, en Discurso en el acto de inauguración del curso de adoctrinamiento organizado por el Ministerio de Salud Pública el 20 de agosto de 1960.

[3] “Jamás olviden, compañeros, que nuestros enemigos son la derecha y el imperialismo, y es a ellos a quienes deberemos derrotar; si para eso fuera preciso enfrentar al reformismo, lo haremos con fuerza, pero con lealtad, porque es imprescindible ganar a esos compañeros para la revolución. La revolución no podrá hacerla un grupo aislado por más coraje, voluntad y valentía que tenga. La revolución será producto de la fuerza generada por todos los que se opongan a la derecha, a los imperialistas, y al aparato del estado, y de ahí no podemos excluir a nadie; esos compañeros son imprescindibles para la revolución. Al reformismo no se le derrota, se le supera” – Bautista Van Schowen

[4] En relación a la anotación §136 del Cuaderno Nº6 de los Quaderni del Carcere de Antonio Gramsci.

[5] Ver el Capítulo I de la tesis doctoral de Iñigo Errejón titulada ‘La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en (2006-2009): Un análisis discursivo’.

[6] Ver P. Bourdieu, ‘What Makes a Social Class?’, Berkeley Journal of Sociology, vol. 32, 1987, pp. 1-17

[7] No soy el primero en sugerir una relación entre la dominación simbólica de Bourdieu y la hegemonía de Gramsci. Michael Burawoy en su trabajo titulado ‘Cultural Domination: Gramsci meets Bourdieu’ discute esta posibilidad, aunque, tras una lectura informada, se pueden advertir signos que denotan un entendimiento sesgado de ambos conceptos por parte del autor. También se puede mencionar el trabajo de Néstor García Canclini titulado ‘Gramsci con Bourdieu. Hegemonía, consumo y nuevas formas de organización popular’ en el que se ofrece una mirada más epistemológica sobre el mismo tópico. Con todo, permanece pendiente la elaboración de un trabajo más serio y profundo que permita esclarecer del todo el grado de correspondencia, complementariedad y diferencia que existe entre la conceptualización del sociólogo francés y la del estratega italiano.

[8] Lo que Bourdieu llamó habitus.

[9] Ver P. Bourdieu, ‘For a Scholarship with Commitment’, Profession, 2000, pp. 40-45

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