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Margarita Peña

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Tendencia Socialista Revolucionaria: Elecciones 2017, entre pequeñeces y amenazas

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Toda coyuntura electoral expresa –aunque limitadamente-, las tendencias, comportamientos y perspectivas de las clases fundamentales de la sociedad. Si se observa la actual coyuntura desde el punto de vista de la conducta del proletariado, de las capas explotadas y oprimidas de la sociedad, se puede constatar que la actitud política actual es la apatía, la desconfianza y el descrédito hacia la actividad política institucional.

Transcurridos 27 años de democracia post dictatorial, la conducta política del proletariado ha conocido grandes trasformaciones. En un primer momento, amplias capas animadas por la necesidad de poner fin a la dictadura y con la ilusión de recuperar en democracia sus derechos, recibieron con entusiasmo la oportunidad de elegir a gobernantes y parlamentarios. En las dos primeras elecciones presidenciales resultaron elegidos, con un porcentaje significativo de votos populares, los democratacristianos Aylwin y Frei, ambos en primera vuelta electoral.[1]

A la ilusión que provocó la “recuperación de la democracia” siguió la preocupación y el desencanto de las masas. Los duros hechos confirmaron que el cambio operado en la esfera política formal-institucional no trajo consigo el fin del modelo neoliberal y que, al contrario, éste fue profundizado por un gobierno tras otro. En los lugares de trabajo -al amparo de la legislación laboral inmodificada- el despotismo empresarial continuó intacto. Las condiciones materiales y sociales de existencia no se modificaron en favor de las grandes mayorías.

En este escenario, el proletariado hizo su experiencia política en la post dictadura totalmente desarmado. Sin partidos políticos propios, sin un programa que lo oriente y discipline en la lucha por la transformación de la sociedad, con organizaciones sindicales debilitadas en lo orgánico e ideológico. En estas condiciones, terminada la dictadura, su opción electoral fue el apoyo a candidaturas burguesas que encarnaban -ante sus ojos- el programa del rechazo a la dictadura. Este apoyo no podía ser incondicional y permanente en el tiempo.

Abstención electoral

Desde el año 2000 hasta el presente se ha desarrollado una tendencia que crece. La abstención electoral. Esta tendencia se profundizó en el año 2012 con el sistema de inscripción automática y voto voluntario.[2]

Desde la izquierda leímos en un primer momento a esta tendencia con cierto optimismo, como pérdida de ilusión en la democracia burguesa, rechazo al neoliberalismo y como expresión de una debilitada legitimidad de los gobernantes. Factores reales, que unidos a la irrupción y ascenso del movimiento estudiantil, estallidos regionales, paros nacionales portuarios, fueron interpretados como un escenario propicio para el desarrollo de una politización de masas hacia la izquierda. Sin embargo, dicha politización no es el fruto espontáneo de la no participación electoral o de la desconfianza en la política burguesa. El vacío político por sí mismo no presiona hacia la izquierda el pensamiento de las masas.

A la inexistencia de una opción política de izquierda anticapitalista, dotada de estrategia – programa y con capacidad de enraizarse en amplios sectores sociales, le siguió la corrupción creciente de las elites políticas; factores que vinieron a profundizar la desafección popular hacia “la política” en general.

Todo indica que, en estas elecciones, se mantendrá o crecerá porcentualmente la abstención. El ausentismo popular y la descomposición de la Nueva Mayoría darán el triunfo al empresario Sebastián Piñera, quien con apenas el 18% de los votos -considerando el padrón electoral total- se consagrará presidente. La no participación electoral, lejos de abrir un espacio de izquierdización, abre el campo a nuestros enemigos de clase, e incluso ha permitido la emergencia de discursos ultra reaccionarios sin contrapesos serios. Esta última tendencia, de instalarse, resulta alarmante.

Se debe considerar que la abstención electoral no se reparte pareja entre las clases. Al contrario, la burguesía, sus aliados y las capas superiores de la pequeño-burguesía votan disciplinadamente por quienes prometen mantener el sistema capitalista, el modelo neoliberal, la desigualdad social y económica que les favorece.  En estas condiciones, la abstención electoral no representa significado positivo alguno y, al contrario, se alza como un obstáculo al desarrollo de una politización de masas desde y hacia la izquierda.

Elecciones presidenciales y parlamentarias 2017, ¿un nuevo escenario?

Se trata de un nuevo escenario si se considera el sistema electoral. Estas son las primeras elecciones parlamentarias sin sistema binominal, de acuerdo al cual competían listas y no candidatos.[3]

Sin embargo, en el sistema que se estrena en las parlamentarias de este año continuarán compitiendo listas y no candidatos. Las diferencias con el sistema anterior consisten en mayor número de parlamentarios regionales y mujeres, los diputados pasan de 120 a 155 y los senadores de 38 a 50. Es decir, los trabajadores tendremos que financiar un parlamento más caro que el actual y el mismo no será políticamente diferente. Al contrario, es probable que la derecha aumente su representación parlamentaria porque van unidos compitiendo con un adversario fragmentado en dos listas.

¿Nuevas fuerzas políticas?  

Por primera vez compite el Frente Amplio, coalición de reciente data impulsada por Revolución Democrática y el Movimiento Autonomista, el primero de ellos con fuertes lazos con la Nueva Mayoría. Su mayor logro es la participación en primarias, pero de este proceso derivan sus actuales debilidades. La opción más de izquierda -opción Mayol- fue derrotada por Beatriz Sánchez, dueña de un discurso moderado que lleva al conglomerado a la no diferenciación con los sectores políticos tradicionales.

Lo que lo caracteriza es su ambigüedad política – “Frente Amplio no es de izquierda ni de derecha”– falta de claridad programática y su fracaso en el intento de seducir a las mayorías que no votan. La promesa de “un nuevo estilo de hacer política” resultó desmentida por el veto inicial a la candidatura parlamentaria de Mayol. Resulta previsible que logren representación parlamentaria mayor a la que originalmente tenían sus partidos constituyentes junto a un pobre desempeño en la presidencial.

Otra tendencia política que participa por primera vez en el campo electoral es el PTR[4], constituido como partido regional en Antofagasta. Se trata de una candidatura testimonial que busca presentarse como alternativa “anticapitalista y de izquierda”. El PTR busca diferenciarse del Frente Amplio, pero ambos se identifican en su condena al proceso bolivariano, arriando impúdicamente las banderas antiimperialistas.

La otra novedad es la aparición de un sector ligado a la derecha que busca elegir una bancada evangélica que impulsaría políticas contra el aborto, el matrimonio igualitario y las identidades de género. Los resultados están por verse y nada autoriza a pensar que pueda verificarse un trasvasije automático del caudal religioso al caudal político. El pensamiento político de quienes profesan esta religión es heterogéneo e incluso algunos se oponen a la politización de sus iglesias. Lo que más preocupa en este aspecto es la influencia ideológica reaccionaria que ejercen estas iglesias en el seno del mundo popular estén o no en el parlamento. Los sectores de izquierda anticapitalista no hemos asumido estrategia alguna para contrarrestar su influencia.

Por la derecha emergió la candidatura de José Antonio Kast quien arrancó aplausos de la burguesía nacional defendiendo el lema ultraconservador de “creo en dios, la patria, la familia, la libertad, la propiedad privada, la competencia y el estado de derecho”.[5] Obtendrá apoyo minoritario pero significativo. Burgueses y alta oficialidad militar lo apoyan y puede representar una opción de recambio a la dirección política de derecha, respondiendo al interés de sectores burgueses que observan con preocupación el proceso de lumpenización que sacude a la vieja guardia de personeros UDI y RN.

¿Después de las elecciones, qué?

La elección presidencial no se definirá en noviembre. En el periodo de tiempo que media entre la primera y la segunda vuelta se configurarán los pactos que protagonizarán la vida política institucional durante los próximos cuatro años. En ella no tendrá cabida alguna la izquierda anticapitalista.

Chile habrá dado un paso más a la derecha engrosando la nómina de países latinoamericanos en los que la ofensiva empresarial consolida posiciones de poder para profundizar la explotación, el neoliberalismo, la mercantilización de los derechos, de la vida y de los territorios.  El triunfo de Macri en las legislativas de octubre, el gobierno de Temer en Brasil y el -muy probable- de Piñera en Chile constituyen una buena noticia para el capital trasnacional y el imperialismo.

El desafío de la izquierda en Chile es comenzar a existir haciéndose carne en las masas. Necesitamos construir una alternativa política nítida y firme, que sea anticapitalista, antiimperialista, feminista y ecologista. Por supuesto no basta con el enunciado. No basta con los programas. No basta con las elecciones. Tenemos que levantar un programa en perspectiva transicional que asuma las contradicciones actuales, en la forma e intensidades en que hoy estas contradicciones se manifiestan.

Para construirnos no podemos desatender cuánto se ha transformado el mundo de los trabajadores y cuánto continuará transformándose su condición material y su conciencia. Recrear un sólido lazo entre “clase y partido”, entre el ser y la conciencia, requiere de una voluntad política y de una mirada estratégica que no dé la espalda a la realidad, sino que por el contrario, la mire de frente por cruda que ella sea.

De esta contienda electoral la burguesía saldrá fortalecida, por un tiempo. La oposición al próximo gobierno -la NM, el PC, el FA-  hará su juego. Una cosa será el discurso y otra muy distinta su actuación. Gobierno y oposición pactarán ante una relación de fuerzas nueva que ponga en riesgo la estabilidad de su sistema.

Sólo desde sectores de la izquierda anticapitalista, firmemente anclados en sectores oprimidos y explotados puede generarse un polo de real oposición al gobierno, al capitalismo, al estado y su sistema.

Por Margarita Peña, Militante de la Tendencia Socialista Revolucionaria

 

[1] Patricio Aylwin Azocar obtuvo 3.850.571 votos, equivalentes al 55,17%. Eduardo Frei Ruiz Tagle obtuvo 4.044.112 votos equivalente al 57%. Fuente: Servel.

[2] Los datos son decidores. En las elecciones municipales del año 1992 participó el 79,4% de la población en edad de votar. En las municipales de 2016 participó el 35, 8%. En la presidencial del año 1989 participó el 86,9% de la población en edad de votar y en la presidencial del año 2013 participó el 43,3% (segunda vuelta). Fuente “Participación Electoral: Chile en perspectiva comparada 1990-2016” de Programa Naciones Unidas para el Desarrollo.

[3] El sistema binominal de elecciones se aplicaba exclusivamente a las elecciones parlamentarias. La gran virtud de este sistema para la burguesía es que otorga estabilidad política porque obliga a formar dos grandes coaliciones que compiten para obtener escaños, de manera que si un partido va fuera de lista no obtiene representación. Así el Partido Comunista siempre compitió, pero obtuvo parlamentarios recién el año 2010 cuando pactó con la Concertación.

[4] Partido de Trabajadores Revolucionarios

[5] Juan Antonio Kast en ENADE el 19 de octubre de 2017.

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