Raoul Dufy, Los bañistas, 1908

Sobre la contención del malestar Algunas notas históricas para comprender la coyuntura en Chile

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1.- La historia debe ayudarnos a responder por qué vivimos así, reconocer huellas de un pasado activo, un pasado-presente, y entregar claves que orienten la acción. De esta manera, si hoy nos preguntamos por las condiciones políticas para impulsar en el país una iniciativa que provea de derechos y seguridad social a millones de trabajadores y trabajadoras, al mismo tiempo debemos dar cuenta de ciertas tendencias históricas que han habilitado su privación previa. Toda historia es una política y viceversa. Así, podemos aseverar que una apuesta por reivindicar derechos sociales debe sostenerse, efectivamente, afirmando lo propuesto, pero también desmontando los procesos históricos y políticos que permiten que la privación de derechos sociales se reproduzca. En este plano, la actividad reivindicativa no es de mitigación, sino que encamina una ruptura con las condiciones históricas que no permiten su desarrollo.

2.- Desde nuestro punto de vista, es posible comprender la historia reciente del país mediante un signo interpretativo: los sucesivos mecanismos para descomponer la capacidad decisional de la clase trabajadora. O en una sola palabra: contención.  Podemos plantearlo también de otra forma: la tendencia dominante en la actividad política capitalista –desde tiempos del golpe de Estado al presente– ha sido la construcción de dispositivos de contención de las organizaciones, proyectos y movilizaciones de la clase trabajadora. Nuestra tesis es que cuando los grupos que han ejercido la dirección política de la sociedad no pueden reproducir su poder sin excluir las reivindicaciones de la clase trabajadora, tuvieron (y tienen) que recurrir a estrategias de contención de la conflictividad que de allí emana.

3.- El golpe de Estado de 1973 cambia radicalmente la correlación de fuerzas. Su objetivo principal e inmediato era descomponer un sujeto político-social que tenía una perspectiva socialista.  Sujeto que a partir, pero también más allá del gobierno de la Unidad Popular, había tomado control de la Gran Minería del cobre, nacionalizado gran parte de la banca, impulsado una reforma agraria, constituido un Área de Propiedad Social, etc. Centralizó el capital  en importantes sectores de la economía y destinó esa capacidad a mejorar la situación de miles de trabajadores(as). Sin duda, si a estas medidas se les objeta el alcance logrado, el no ir lo suficientemente lejos, o su carácter, el estar pensadas para mantener alianzas pluriclasistas, ello no desacredita necesariamente la dirección emprendida por el sujeto que impulsó dichos cambios. Una voluntad colectiva socialista y democrática de la clase trabajadora. El golpe quiebra momentáneamente ese sujeto y propina a la clase trabajadora una profunda derrota político-militar de proyecciones estratégicas.

4.- Militares, técnicos y políticos de profesión se preguntaron al día siguiente del golpe si: ¿restauraban los patrones de acumulación y organización de la producción social que caracterizaron el modelo de sustitución de importaciones (ISI)? ¿O se planteaban la tarea de refundar sobre nuevas bases las pautas que direccionaran la vida del país? Los primeros años (1973-1977) fueron de debate, y duro, al interior del régimen dictatorial. No es cierto que existía un pre-diseño único, una especie de orientación dictada por “El Ladrillo” que fuera implementada luego por los militares. En cambio podemos afirmar que el hecho de que las posibilidades decantaran más hacia la refundación que a la restauración estuvieron dadas por al menos tres elementos: i) las fricciones, debates y concesiones recíprocas al interior del régimen, por ejemplo, las pugnas entre nacionalistas, militares neoliberales, militares desarrollistas, gremialistas moderados, tecnócratas, etc. ii) las distintas modalidades que se dio respuesta a la pregunta por las formas de regular las interacciones entre las y los trabajadores y los empresarios y, por otro lado, a los vínculos de la economía nacional con el metabolismo del mercado mundial iii) pero, fundamentalmente, el camino refundacional se movilizó sobre la necesidad de desarticulación y contención de la fuerza organizada de la clase trabajadora, en primer lugar, a través de la represión, pero, en segundo lugar, por medio de la construcción de un andamiaje global que impidiera incluso los escenarios para su resurgimiento futuro.

5.- En relación a la necesidad de contener y desarticular a la clase trabajadora es que, a partir de 1977, se aceleró la ofensiva institucionalizadora de la dictadura y también las políticas de modernización capitalista. Entre 1977 y 1983 se comienzan a perfilar los principales cambios a nivel institucional y económico-político: desestructuración de la DINA, redacción de la Constitución Política, impulso del plan laboral, implementación de las AFP, ISAPRE y privatización de la educación, administración regional pero centralizada del Estado en función de la actividad primario-exportadora, confección de los códigos de aguas, minero y laboral, entrada en vigencia de la Ley  Orgánica de Concesiones Mineras y fortalecimiento del DL-600, nueva ley de sociedades anónimas, etc.

En definitiva, se planteó el escenario que inscribiría las posibilidades y posiciones de los diferentes actores políticos: fijados los itinerarios y condiciones para la transición se debatió si aceptarlos o no. Lo cierto es que la mayoría de los protagonistas políticos los aceptaron. La política de transición fue apoyada desde EEUU y el Vaticano (Opus Dei, Cardenal Sodano y visita del Papa mediante), porque en el mundo las conmociones sandinistas, iraníes, portuguesas, etc., volvían factible una salida radicalizada de las dictaduras. Más aún, desde 1983 las Jornadas de Protesta Nacional, motivadas no sólo por el rechazo a la dictadura, sino también por la precarización a la que estaba sometida clase trabajadora producto de la crisis del 82, habilitaron la difusión de apuestas populares e insurreccionales de ruptura no sólo con la dictadura, sino también con el andamiaje económico construido por ella (principalmente ciertos costados de la Política de Rebelión Popular de Masas del PC). En virtud de aquello, y para evitar todo riesgo, tanto los norteamericanos como la Iglesia Católica le entregaron su respaldo a la Alianza Democrática conducida por la DC y en menor medida por la renovación socialista, una proto-Concertación, para que encabezara y canalizara el proceso de apertura democrática manteniendo, no obstante, la arquitectura refundacional operada en dictadura. A ellos se les sumó una derecha “blanda” dispuesta a modificar el régimen político y a la vez acceder a mayores cuotas de poder retirados los militares (UDI, RN). Por consiguiente, el dispositivo pseudo-democrático transicional se configuraba como estrategia de contención que excluía a la clase trabajadora de la vida política y al mismo tiempo cristalizaba en instituciones la correlación de fuerzas a favor del bloque de organizaciones político-empresariales que comandaron la salida de dictadura.

6.- Gana el “No” en el plebiscito de 1988. Comienza la post-dictadura y los gobiernos de la Concertación y el primero de Sebastián Piñera. Podría plantearse que se inicia un proceso político cuya continuidad se percibe hasta hoy. Esto si se considera que aquí se establece la fisonomía de lo que sería el bloque de fuerzas políticas y empresariales que dotarán de dirección al país: por un lado, el eje DC-PS y la alianza UDI-RN como gestores de la política de acuerdos en la “medida de lo posible”; por el otro, aunque junto a ellos, los grandes gremios empresariales agrupados en CPC, SOFOFA, SNA, etc., se mostraban a sí mismos como promotores de desarrollo y modernización, impulsando políticas públicas a través de centros de pensamiento como CEP o “Libertad y Desarrollo”. Emergía, aunque lo hacía ya desde mediados de los 80, el tridente de los super-ricos encabezados por las familias Matte, Luksic y Angelini.

Pero también se consolidaba la agenda económica esbozada desde dictadura. El peso del sector financiero bancario y no bancario se comenzaba sentir. Este último daba paso a la intensificación, por razones generacionales y demográficas, de la cantidad de personas que cotizaban en AFP y estas a su vez comenzaban a contar títulos de propiedad en empresas tales como SQM, Gener, Falabella, entre otras. Se promovieron privatizaciones, las más significativas fueron las operadas en torno a recursos estratégicos como el agua y la energía. Se multiplicaron los centros comerciales y la apertura al capital dedicado a la importación de bienes de consumo tipo “retail”. Se aceleró la política de diversificación productiva de nivel primario: forestales, salmoneras, monocultivos, centrales energéticas, pero por sobre todo, la entrada a destajo de mineras transnacionales extractoras de cobre. Todo ello apenas fue perfilado en dictadura. El carácter rentista de la economía, y por tanto, el de la orientación de la organización del trabajo social en Chile, subordinó al conjunto de la vida social. Forjó una modalidad de crecimiento dependiente de las ganancias que brotan de la renta de la tierra, particularmente del cobre a través de CODELCO, las cuales también se destinaron a gasto fiscal. De esta manera, podemos sostener que, en general, lo que ha caracterizado este largo ciclo político es la legitimación política de los grupos dirigentes mediante resultados económicos (crecimiento, redistribución, planes sociales, bonos, etc.). Pero, en particular, nuestra primera tesis es que durante este periodo los grupos dirigentes contuvieron a la clase trabajadora por medio del reparto de cierta porción de la renta de la tierra, principalmente proveniente del cobre, que fue destinada a planes de asistencia social. Se trató de ese “crecer con igualdad” como programa transversal. La segunda tesis al respecto es que desde mediados de la primera década del siglo XXI se vive un paulatino proceso de desacople de los grupos de trabajadores(as), antes beneficiados de los excedentes de la renta e imposibilitados de percibirlos producto de la caída de los precios de las materias primas, respecto de los grupos político-empresariales dirigentes. Aquellos que se empleaban como base social de facto del bloque en el poder dejaban de serlo. Empezaba el tiempo de la desafección. Por último, como tercera tesis, es que se abría la posibilidad de un nuevo ciclo político, condicionado por la tendencia estructural que desnudaba las dificultades que tienen los capitales que acumulan en Chile de emplear y garantizar la reproducción social de la clase trabajadora. Cerrada o restringida la asistencia social facilitada por la renta del cobre, sectores de la clase trabajadora aparecieron como lo que son: población sobrante, aquella que el capital ni siquiera puede sostener para que viva. Allí se enmarca el conflicto por pensiones, salud, educación, etc.

7.-  Sin embargo, esta situación fue codificada por el segundo gobierno de Bachelet. La Nueva Mayoría. Su apuesta de contención fue el intento de cooptar las reivindicaciones que comenzaba a articular la clase trabajadora y, fundamentalmente, sus capas medias. Una propuesta de integración, de suaves reformas y promesas que gestionaran el malestar. La invocación a una supuesta alma “antineoliberal” incluyó en el gobierno hasta el PC. Pero la reforma laboral, tributaria, de acceso a la educación, la agenda energética, el aborto en tres causales, reformas constitucionales, etc., comparten un rasgo: representan una cesión que, en algunos casos, como en materia energética, dejan a la clase trabajadora más a merced de los grupos empresariales que antes. Y en esa trayectoria, durante 2016, estalla en su dimensión político-social el conflicto por pensiones. Él rehabilita la posibilidad de un nuevo ciclo político y desnuda la incapacidad de la NM para bloquear el paso a una subjetividad al menos “antineoliberal” y, a partir de ahí, la constitución de un sujeto político que anhele cambios. De hecho, una explicación de la irrupción del Frente Amplio se puede hacer considerando este factor. Aunque, en rigor, esto no funciona así de mecánico (volveremos sobre esto).

8.- Las dinámicas que han asumido los capitales que operan en Chile, sus recursos para acumular riqueza, etc., se le presentan a la clase trabajadora como despojo, malestar, precariedad e inseguridad social. Privación de derechos sociales es para los empresarios posibilidad de ganancia. Despojo de seguridad social para las y los trabajadores es para las empresas posibilidad de riqueza. No se trata de “consecuencias” del desarrollo del capitalismo en Chile, sino que son, concretamente, su condición de posibilidad. Así, desde las múltiples conflictividades sociales asociadas a la dialéctica acumulación/despojo surge la posibilidad de articular resistencias, visibilizar reivindicaciones, propuestas, valores y alternativas en función de proyectar la constitución de sujetos en perspectiva de ruptura con las premisas históricas que ocasionan permanentemente la privación. Es decir, es una dialéctica que abre la oportunidad para un ciclo político en el cual la clase trabajadora se plantee restablecer su capacidad decisional y salvaguardar sus intereses colectivos.

9.- Y en esa clave, aunque con diferencias de alcance e incluso proyectuales, se sitúan las corrientes al interior del FA, así como también una izquierda de signo abiertamente anticapitalista. No obstante, el malestar no solo se subjetiva por izquierda. Eso lo supo leer bien Sebastián Piñera y su gente durante  su campaña y este segundo gobierno. También José Antonio Kast y sus allegados, quienes comienzan a ampliar su base social. Pero simultáneamente se suman a este coro otros grupos que por derecha pretenden ir a esa disputa. Lo que nos interesa destacar es lo siguiente: ¿Cómo van a contener estos conflictos desde el gobierno y evitar así la emergencia y organización de una fuerza que pueda aportar a una ruptura política con el orden construido los últimos 40 años? Como respuesta aventuramos una hipótesis, advirtiendo su carácter provisorio: primero, Piñera viene a contener y desarticular la posibilidad de apertura de un ciclo político en donde el malestar social sea la puerta de entrada a escenarios de ruptura. Segundo, esto lo hará en función de sustentar apoyos tanto de la clase obrera más precarizada, ideológicamente más conservadora y/o aspiracional, en desmedro de las políticas hacia los “sectores medios” (base de apoyo de la NM y hoy disputados por el FA). De ahí el papel fundamental del Ministerio de Desarrollo Social como de los grupos capitalistas cuya base productiva se encuentra en Chile y están agrupados en los grandes gremios. Alfredo Moreno, ayer presidente de la CPC, hoy es uno de sus principales ministros y se acompaña de personeros ligados a CEP, Libertad y Desarrollo y nuevos centros de pensamiento, como “Fundación para el Progreso”, confirman el arribo empresarial y una amalgama entre lo nuevo y lo viejo de la derecha. Por último, todo esto se podría estar encaminando hacia lo que Antonio Gramsci entendía como una fuerza o partido orgánico: aquel que logra sintetizar la voluntad política y la capacidad histórica de cumplir los intereses de clases y grupos sociales que aspiran a dirigir los destinos sociales. El proyecto que encabeza Piñera puede estar tomando ese rumbo estratégico. Encaminado no sólo a ganar las siguientes elecciones sino a utilizar el malestar social como palanca para impulsar un nuevo bloque histórico de fuerzas sociales direccionadas por un partido orgánico que tenga la capacidad de cerrar el ciclo político en ciernes y abrir otro, con otras dinámicas. No es descabellado pensarlo, considerando los casos europeos y americanos, particularmente Francia (Macron) y Argentina (Macri).

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