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Javier Zúñiga

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Sobre la contención del malestar Algunas notas históricas para comprender la coyuntura en Chile

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1.- La historia debe ayudarnos a responder por qué vivimos así, reconocer huellas de un pasado activo, un pasado-presente, y entregar claves que orienten la acción. De esta manera, si hoy nos preguntamos por las condiciones políticas para impulsar en el país una iniciativa que provea de derechos y seguridad social a millones de trabajadores y trabajadoras, al mismo tiempo debemos dar cuenta de ciertas tendencias históricas que han habilitado su privación previa. Toda historia es una política y viceversa. Así, podemos aseverar que una apuesta por reivindicar derechos sociales debe sostenerse, efectivamente, afirmando lo propuesto, pero también desmontando los procesos históricos y políticos que permiten que la privación de derechos sociales se reproduzca. En este plano, la actividad reivindicativa no es de mitigación, sino que encamina una ruptura con las condiciones históricas que no permiten su desarrollo.

2.- Desde nuestro punto de vista, es posible comprender la historia reciente del país mediante un signo interpretativo: los sucesivos mecanismos para descomponer la capacidad decisional de la clase trabajadora. O en una sola palabra: contención.  Podemos plantearlo también de otra forma: la tendencia dominante en la actividad política capitalista –desde tiempos del golpe de Estado al presente– ha sido la construcción de dispositivos de contención de las organizaciones, proyectos y movilizaciones de la clase trabajadora. Nuestra tesis es que cuando los grupos que han ejercido la dirección política de la sociedad no pueden reproducir su poder sin excluir las reivindicaciones de la clase trabajadora, tuvieron (y tienen) que recurrir a estrategias de contención de la conflictividad que de allí emana.

3.- El golpe de Estado de 1973 cambia radicalmente la correlación de fuerzas. Su objetivo principal e inmediato era descomponer un sujeto político-social que tenía una perspectiva socialista.  Sujeto que a partir, pero también más allá del gobierno de la Unidad Popular, había tomado control de la Gran Minería del cobre, nacionalizado gran parte de la banca, impulsado una reforma agraria, constituido un Área de Propiedad Social, etc. Centralizó el capital  en importantes sectores de la economía y destinó esa capacidad a mejorar la situación de miles de trabajadores(as). Sin duda, si a estas medidas se les objeta el alcance logrado, el no ir lo suficientemente lejos, o su carácter, el estar pensadas para mantener alianzas pluriclasistas, ello no desacredita necesariamente la dirección emprendida por el sujeto que impulsó dichos cambios. Una voluntad colectiva socialista y democrática de la clase trabajadora. El golpe quiebra momentáneamente ese sujeto y propina a la clase trabajadora una profunda derrota político-militar de proyecciones estratégicas.

4.- Militares, técnicos y políticos de profesión se preguntaron al día siguiente del golpe si: ¿restauraban los patrones de acumulación y organización de la producción social que caracterizaron el modelo de sustitución de importaciones (ISI)? ¿O se planteaban la tarea de refundar sobre nuevas bases las pautas que direccionaran la vida del país? Los primeros años (1973-1977) fueron de debate, y duro, al interior del régimen dictatorial. No es cierto que existía un pre-diseño único, una especie de orientación dictada por “El Ladrillo” que fuera implementada luego por los militares. En cambio podemos afirmar que el hecho de que las posibilidades decantaran más hacia la refundación que a la restauración estuvieron dadas por al menos tres elementos: i) las fricciones, debates y concesiones recíprocas al interior del régimen, por ejemplo, las pugnas entre nacionalistas, militares neoliberales, militares desarrollistas, gremialistas moderados, tecnócratas, etc. ii) las distintas modalidades que se dio respuesta a la pregunta por las formas de regular las interacciones entre las y los trabajadores y los empresarios y, por otro lado, a los vínculos de la economía nacional con el metabolismo del mercado mundial iii) pero, fundamentalmente, el camino refundacional se movilizó sobre la necesidad de desarticulación y contención de la fuerza organizada de la clase trabajadora, en primer lugar, a través de la represión, pero, en segundo lugar, por medio de la construcción de un andamiaje global que impidiera incluso los escenarios para su resurgimiento futuro.

5.- En relación a la necesidad de contener y desarticular a la clase trabajadora es que, a partir de 1977, se aceleró la ofensiva institucionalizadora de la dictadura y también las políticas de modernización capitalista. Entre 1977 y 1983 se comienzan a perfilar los principales cambios a nivel institucional y económico-político: desestructuración de la DINA, redacción de la Constitución Política, impulso del plan laboral, implementación de las AFP, ISAPRE y privatización de la educación, administración regional pero centralizada del Estado en función de la actividad primario-exportadora, confección de los códigos de aguas, minero y laboral, entrada en vigencia de la Ley  Orgánica de Concesiones Mineras y fortalecimiento del DL-600, nueva ley de sociedades anónimas, etc.

En definitiva, se planteó el escenario que inscribiría las posibilidades y posiciones de los diferentes actores políticos: fijados los itinerarios y condiciones para la transición se debatió si aceptarlos o no. Lo cierto es que la mayoría de los protagonistas políticos los aceptaron. La política de transición fue apoyada desde EEUU y el Vaticano (Opus Dei, Cardenal Sodano y visita del Papa mediante), porque en el mundo las conmociones sandinistas, iraníes, portuguesas, etc., volvían factible una salida radicalizada de las dictaduras. Más aún, desde 1983 las Jornadas de Protesta Nacional, motivadas no sólo por el rechazo a la dictadura, sino también por la precarización a la que estaba sometida clase trabajadora producto de la crisis del 82, habilitaron la difusión de apuestas populares e insurreccionales de ruptura no sólo con la dictadura, sino también con el andamiaje económico construido por ella (principalmente ciertos costados de la Política de Rebelión Popular de Masas del PC). En virtud de aquello, y para evitar todo riesgo, tanto los norteamericanos como la Iglesia Católica le entregaron su respaldo a la Alianza Democrática conducida por la DC y en menor medida por la renovación socialista, una proto-Concertación, para que encabezara y canalizara el proceso de apertura democrática manteniendo, no obstante, la arquitectura refundacional operada en dictadura. A ellos se les sumó una derecha “blanda” dispuesta a modificar el régimen político y a la vez acceder a mayores cuotas de poder retirados los militares (UDI, RN). Por consiguiente, el dispositivo pseudo-democrático transicional se configuraba como estrategia de contención que excluía a la clase trabajadora de la vida política y al mismo tiempo cristalizaba en instituciones la correlación de fuerzas a favor del bloque de organizaciones político-empresariales que comandaron la salida de dictadura.

6.- Gana el “No” en el plebiscito de 1988. Comienza la post-dictadura y los gobiernos de la Concertación y el primero de Sebastián Piñera. Podría plantearse que se inicia un proceso político cuya continuidad se percibe hasta hoy. Esto si se considera que aquí se establece la fisonomía de lo que sería el bloque de fuerzas políticas y empresariales que dotarán de dirección al país: por un lado, el eje DC-PS y la alianza UDI-RN como gestores de la política de acuerdos en la “medida de lo posible”; por el otro, aunque junto a ellos, los grandes gremios empresariales agrupados en CPC, SOFOFA, SNA, etc., se mostraban a sí mismos como promotores de desarrollo y modernización, impulsando políticas públicas a través de centros de pensamiento como CEP o “Libertad y Desarrollo”. Emergía, aunque lo hacía ya desde mediados de los 80, el tridente de los super-ricos encabezados por las familias Matte, Luksic y Angelini.

Pero también se consolidaba la agenda económica esbozada desde dictadura. El peso del sector financiero bancario y no bancario se comenzaba sentir. Este último daba paso a la intensificación, por razones generacionales y demográficas, de la cantidad de personas que cotizaban en AFP y estas a su vez comenzaban a contar títulos de propiedad en empresas tales como SQM, Gener, Falabella, entre otras. Se promovieron privatizaciones, las más significativas fueron las operadas en torno a recursos estratégicos como el agua y la energía. Se multiplicaron los centros comerciales y la apertura al capital dedicado a la importación de bienes de consumo tipo “retail”. Se aceleró la política de diversificación productiva de nivel primario: forestales, salmoneras, monocultivos, centrales energéticas, pero por sobre todo, la entrada a destajo de mineras transnacionales extractoras de cobre. Todo ello apenas fue perfilado en dictadura. El carácter rentista de la economía, y por tanto, el de la orientación de la organización del trabajo social en Chile, subordinó al conjunto de la vida social. Forjó una modalidad de crecimiento dependiente de las ganancias que brotan de la renta de la tierra, particularmente del cobre a través de CODELCO, las cuales también se destinaron a gasto fiscal. De esta manera, podemos sostener que, en general, lo que ha caracterizado este largo ciclo político es la legitimación política de los grupos dirigentes mediante resultados económicos (crecimiento, redistribución, planes sociales, bonos, etc.). Pero, en particular, nuestra primera tesis es que durante este periodo los grupos dirigentes contuvieron a la clase trabajadora por medio del reparto de cierta porción de la renta de la tierra, principalmente proveniente del cobre, que fue destinada a planes de asistencia social. Se trató de ese “crecer con igualdad” como programa transversal. La segunda tesis al respecto es que desde mediados de la primera década del siglo XXI se vive un paulatino proceso de desacople de los grupos de trabajadores(as), antes beneficiados de los excedentes de la renta e imposibilitados de percibirlos producto de la caída de los precios de las materias primas, respecto de los grupos político-empresariales dirigentes. Aquellos que se empleaban como base social de facto del bloque en el poder dejaban de serlo. Empezaba el tiempo de la desafección. Por último, como tercera tesis, es que se abría la posibilidad de un nuevo ciclo político, condicionado por la tendencia estructural que desnudaba las dificultades que tienen los capitales que acumulan en Chile de emplear y garantizar la reproducción social de la clase trabajadora. Cerrada o restringida la asistencia social facilitada por la renta del cobre, sectores de la clase trabajadora aparecieron como lo que son: población sobrante, aquella que el capital ni siquiera puede sostener para que viva. Allí se enmarca el conflicto por pensiones, salud, educación, etc.

7.-  Sin embargo, esta situación fue codificada por el segundo gobierno de Bachelet. La Nueva Mayoría. Su apuesta de contención fue el intento de cooptar las reivindicaciones que comenzaba a articular la clase trabajadora y, fundamentalmente, sus capas medias. Una propuesta de integración, de suaves reformas y promesas que gestionaran el malestar. La invocación a una supuesta alma “antineoliberal” incluyó en el gobierno hasta el PC. Pero la reforma laboral, tributaria, de acceso a la educación, la agenda energética, el aborto en tres causales, reformas constitucionales, etc., comparten un rasgo: representan una cesión que, en algunos casos, como en materia energética, dejan a la clase trabajadora más a merced de los grupos empresariales que antes. Y en esa trayectoria, durante 2016, estalla en su dimensión político-social el conflicto por pensiones. Él rehabilita la posibilidad de un nuevo ciclo político y desnuda la incapacidad de la NM para bloquear el paso a una subjetividad al menos “antineoliberal” y, a partir de ahí, la constitución de un sujeto político que anhele cambios. De hecho, una explicación de la irrupción del Frente Amplio se puede hacer considerando este factor. Aunque, en rigor, esto no funciona así de mecánico (volveremos sobre esto).

8.- Las dinámicas que han asumido los capitales que operan en Chile, sus recursos para acumular riqueza, etc., se le presentan a la clase trabajadora como despojo, malestar, precariedad e inseguridad social. Privación de derechos sociales es para los empresarios posibilidad de ganancia. Despojo de seguridad social para las y los trabajadores es para las empresas posibilidad de riqueza. No se trata de “consecuencias” del desarrollo del capitalismo en Chile, sino que son, concretamente, su condición de posibilidad. Así, desde las múltiples conflictividades sociales asociadas a la dialéctica acumulación/despojo surge la posibilidad de articular resistencias, visibilizar reivindicaciones, propuestas, valores y alternativas en función de proyectar la constitución de sujetos en perspectiva de ruptura con las premisas históricas que ocasionan permanentemente la privación. Es decir, es una dialéctica que abre la oportunidad para un ciclo político en el cual la clase trabajadora se plantee restablecer su capacidad decisional y salvaguardar sus intereses colectivos.

9.- Y en esa clave, aunque con diferencias de alcance e incluso proyectuales, se sitúan las corrientes al interior del FA, así como también una izquierda de signo abiertamente anticapitalista. No obstante, el malestar no solo se subjetiva por izquierda. Eso lo supo leer bien Sebastián Piñera y su gente durante  su campaña y este segundo gobierno. También José Antonio Kast y sus allegados, quienes comienzan a ampliar su base social. Pero simultáneamente se suman a este coro otros grupos que por derecha pretenden ir a esa disputa. Lo que nos interesa destacar es lo siguiente: ¿Cómo van a contener estos conflictos desde el gobierno y evitar así la emergencia y organización de una fuerza que pueda aportar a una ruptura política con el orden construido los últimos 40 años? Como respuesta aventuramos una hipótesis, advirtiendo su carácter provisorio: primero, Piñera viene a contener y desarticular la posibilidad de apertura de un ciclo político en donde el malestar social sea la puerta de entrada a escenarios de ruptura. Segundo, esto lo hará en función de sustentar apoyos tanto de la clase obrera más precarizada, ideológicamente más conservadora y/o aspiracional, en desmedro de las políticas hacia los “sectores medios” (base de apoyo de la NM y hoy disputados por el FA). De ahí el papel fundamental del Ministerio de Desarrollo Social como de los grupos capitalistas cuya base productiva se encuentra en Chile y están agrupados en los grandes gremios. Alfredo Moreno, ayer presidente de la CPC, hoy es uno de sus principales ministros y se acompaña de personeros ligados a CEP, Libertad y Desarrollo y nuevos centros de pensamiento, como “Fundación para el Progreso”, confirman el arribo empresarial y una amalgama entre lo nuevo y lo viejo de la derecha. Por último, todo esto se podría estar encaminando hacia lo que Antonio Gramsci entendía como una fuerza o partido orgánico: aquel que logra sintetizar la voluntad política y la capacidad histórica de cumplir los intereses de clases y grupos sociales que aspiran a dirigir los destinos sociales. El proyecto que encabeza Piñera puede estar tomando ese rumbo estratégico. Encaminado no sólo a ganar las siguientes elecciones sino a utilizar el malestar social como palanca para impulsar un nuevo bloque histórico de fuerzas sociales direccionadas por un partido orgánico que tenga la capacidad de cerrar el ciclo político en ciernes y abrir otro, con otras dinámicas. No es descabellado pensarlo, considerando los casos europeos y americanos, particularmente Francia (Macron) y Argentina (Macri).

Hipótesis tácticas para discutir nuestra situación

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Las siguientes notas representan un bosquejo, hipótesis preliminares orientadas a enfocar una discusión: cuestiones de táctica y sus posibles perfiles. Al mismo tiempo, expresan una discusión interna en La Savia, que sigue abierta y en polémica, por tanto, necesariamente en movimiento. No son afirmaciones definitivas. Sin embargo, es una decisión colectiva el hacer públicos algunos planteamientos, ponerlos a disposición para quienes quieran discutir e integrarlos en sus análisis. Enumero, simplificados, los principales argumentos.

1- Es vital comprender que hoy asistimos a un doble proceso político. El primero: el debilitamiento del ‘pacto transicional’ como dinámica que ha reactualizado y abierto la posibilidad de disputa por la hegemonía, es decir, por aquellos grupos que efectivamente encarnan la dirección política de la sociedad. Un debilitamiento que no sólo fisura la cohesión que aglutina a los grandes grupos económicos y fuerzas políticas desde los acuerdos que tomaron por el fin de la Dictadura en los ochenta, sino que también distancia  cada vez más a estas fuerzas de quienes alguna vez fueron sus bases sociales de apoyo y legitimación. Pero no se trata en realidad de torpeza o pura mala voluntad de su parte: es el carácter que asume en Chile la acumulación de capital. El peso de la renta de los recursos naturales y la exportación, la influencia del capital financiero, las formas precarias de organización del trabajo, etc. Estas no son consecuencias simplemente, sino condiciones indispensables de acumulación, por tanto, un marco permanente desde el cual se desenvuelve la política en el país, un consenso asumido tácita y en algunos casos explícitamente: que ninguna de esas condiciones cambie, es preferible lidiar constantemente con sus consecuencias.

2.- Sin embargo, un segundo proceso se refuerza con el primero: la aparición de un ‘espacio antineoliberal’, enmarcado y producido por la tendencia general a la realineación de fuerzas en disputa por la dirección política de la sociedad. Emergen en ella, como productos de las condiciones de acumulación de capital en Chile e indisociables entre sí, conflictos asociados a la precariedad laboral, a la ausencia de seguridad social (previsión, salud, educación), deterioro ambiental, recrudecimiento de la violencia de género, etc., los cuales, con más o menos agudización, tienden a aparecer permanentemente en la agenda política. Algunos de ellos posibilitan el surgimiento de movimientos político-sociales de envergadura, permitiendo con ello el perfilamiento de un sujeto de transformación, su emergencia, aunque no [necesariamente] su organización. Este es, a mi juicio, uno de los puntos cruciales de la situación: ¿cómo organizar estas fuerzas, cómo ‘ocupar’ el ‘espacio antineoliberal’ y constituirse al menos en una fuerza capaz de disputar la dirección política de la sociedad? ¿Cómo pasar de una subjetividad de descontento aún germinal a la orientación de esa rabia en un sentido que afirme la necesidad de otra sociedad?

3.- Si admitimos que hoy se forma una nueva izquierda, tributaria de los dos procesos antes descritos, podemos decir que esta se configura en relación a una disyuntiva de proyección estratégica: ¿se recompone una alternativa de socialdemocracia, fundamentalmente integrada al régimen político (aunque pueda a la vez impugnarlo) o se contribuye a la emergencia y organización de un ‘bloque histórico’ de fuerzas con capacidad de ruptura política (anticapitalista)? Si bien es cierto no se trata de clasificaciones puras, permiten establecer dos criterios estratégicos que organizan la actividad política. Ambas se localizan en el ‘espacio antineoliberal’, pero lo proyectan de modos distintos. ¿Por qué estar en el movimiento No+AFP? ¿Qué significa estar, para unos y otros? ¿Cuál es el papel y orientación de los conflictos por educación? ¿Cómo caracterizar la situación de la lucha ambiental? ¿Cómo y dónde identificar los factores sociales que reproducen de manera permanente la violencia de género? En definitiva, les cruza la respuesta a cómo determinar el vínculo de la acción política con los procesos históricos en que nos ubicamos: ¿se trata de convencer a la ‘sociedad civil’, construir allí hegemonía para abrir procesos de democratización en el Estado? ¿Reconocer al capital como fuerza organizadora de la vida social y apostar por tanto a una política de ‘expropiación y control’ de esa fuerza por parte de la clase trabajadora? ¿Cómo se organiza un sujeto y, sobre todo, para qué y por medio de qué impulsa su práctica política? ¿Cómo se incide en la agenda política y con qué propósitos de corto y largo plazo? ¿Se impugna sólo para destrabar ‘enclaves autoritarios’, ‘desenmascarar’ o también para superar las lógicas intra-institucionales e intra-elitarias? Si se apuesta a organizar la emergencia de un sujeto en perspectiva anticapitalista, ¿puede también valerse de la creación de sus propias instituciones para acrecentar su capacidad decisional? ¿Es excluyente de la ocupación de funciones en el Estado, más allá de la lucha por reivindicaciones? Preguntas a debate, pero urgentes de volver a situar para esclarecer su contenido estratégico.

4.- Ha caracterizado a la izquierda de intención revolucionaria una política desplegada por sector de la conflictividad social, ‘multisectorial’. Fue una especie de virtud que encarnó cierta potencia, en tanto que las fuerzas de izquierda tradicional ya no pueden (o no pudieron) ofrecer respuestas programáticas, estratégicas y organizativas mediante un modelo global, como sí lo era, por ejemplo, en tiempos de la política previa a 1973. En gran medida, porque estas fuerzas asumieron desde mediados de los ochenta hasta hoy el programa histórico organizado en Dictadura. Pero, a pesar de ello, la política de izquierdas requiere hoy formas generales de organizar su acción. El manifiesto agotamiento de los referentes sectoriales en donde participa la izquierda es expresión de ello. Es inefectiva una política parcelada para una realidad que es unitaria, se requieren por ellos respuestas globales. Hoy los polos de agrupamiento político –FA, centro-izquierda, centro-derecha, derecha radical, etc.- están lejos de organizar su actividad única y centralmente por sector. Eso es lo que está cambiando en relación a años atrás. Un solo referente político se pronuncia sobre diferentes conflictos de la sociedad, no cada conflicto de la sociedad se pronuncia desde referentes distintos. Este pareciera ser el carácter que asumirá la política los próximos años. Su importancia principal es que así es como construirán su política de comunicación de masas: habrá una disputa por respuestas globales, aunque, para matizar, en clave de ‘visiones de sociedad’ y no como ‘alternativas de sociedad’. Las fuerzas de ruptura anticapitalista deben asumir esta segunda tarea, por lo mismo, reconocer que la política organizada sólo multisectorialmente tiene cabida en relación a grupos que no tienen la capacidad ni la intención de actuar globalmente. Expresa por tanto una falencia que no podemos seguir reproduciendo. La realidad conflictiva es parte de un solo movimiento, no tiene mérito alguno volver a ‘juntar’ lo que es separado sólo en las cabezas de la izquierda. Política unitaria y global, encarnada por un ‘bloque histórico’ de fuerzas de ruptura anticapitalista.

5.- No obstante, las posibilidades de este ‘bloque histórico’ son aún bajas. Hablamos todavía de un ‘germen’. No es un exceso sostener que, en términos políticos, a lo que debiesen apuntar las fuerzas de intención revolucionaria es a ‘ocupar’ un lugar dentro de la dinámica de realineación de fuerzas políticas. El medio: la movilización a través de un programa mínimo surgido desde el ‘espacio antineoliberal’, que sirva al mismo tiempo como forma de integrar más sectores que actualmente tienen modalidades desiguales de participación política hacia políticas revolucionarias (rupturas) y, simultáneamente, incida en el conjunto de actores políticos haciendo pesar los intereses del pueblo trabajador, es decir, haga efectiva la capacidad de decidir sobre asuntos sociales de relevancia. Romper con la marginalidad e inercias heredadas. Ser una nueva izquierda. Transformar nuestra política.

6.- Proponemos tres ejes para desarrollar una táctica de izquierda anticapitalista:

6.1  Maduración de las organizaciones del pueblo. El elemento central es la construcción de una fuerza con capacidad política pero fundamentalmente enraizada en la sociedad, basificada en todos los niveles de la sociedad civil. Construir organización donde no la haya, fortalecer y proyectar donde ya exista. Integrar más sectores del pueblo trabajador a la actividad política, ampliar la base social en conflicto y pasar de un descontento larvado con los efectos del neoliberalismo hacia la visión de que ya no es posible seguir viviendo así y se necesita, por tanto, otra forma de vivir en sociedad. Los dos puntos centrales que nos permitirán avanzar en esta dirección son: i) movilización a partir de reivindicaciones y orientar el despliegue con la voluntad de hacerlas efectivas. Hay que luchar para ganar, aunque sean conquistas parciales y en el marco de la sociedad capitalista. Lo importante de esta perspectiva es que integrará sectores a la política y tenderá a disolver la distancia que se produce entre esta y la actividad reivindicativa de la clase trabajadora ii) hay que hacer efectiva esta voluntad, realizarla. Lo que estará en disputa en esta dinámica, será el contenido, la proyección (si abre paso a otras reivindicaciones o incluso a un cuestionamiento de fondo de la estructura social que impide la realización de la demanda) y el defender la conquista parcial. Ninguna institución estatal garantiza por sí misma que las ganadas que obtengamos prevalezcan o se efectúen en el sentido que deseamos, para eso la fuerza del pueblo trabajador debe hacerse efectiva como medio de presión y radicalidad. Porque no sirve llamar a movilizar al pueblo trabajador por motivos abstractos, que se vean lejanos o incluso irrealizables. Si no hay voluntad siquiera de integrarse a la lucha política para defender sus condiciones de vida, difícilmente se esté disponible para otras iniciativas, que generalmente nos deja a la mayoría de los grupos de izquierda revolucionaria como simples grupos sobreideologizados.

Hemos planteado en otro lugar el entramado político-social que proponemos para tejer redes y organizaciones del pueblo. Su propia institución política. Propusimos un entramado compuesto por:

  1. Organizaciones sociales de base: su objetivo es propiciar el encuentro, coordinación para tareas puntuales, sistematizar experiencias, organizar y movilizar una localidad, pelear, etc.
  2. Frentes Sectoriales: se refiere a “sector” en tanto a que da cuenta de las áreas en conflicto debido al desarrollo capitalista, operando como un criterio ordenador de la disputa y orientando hacia una visión unitaria de la clase trabajadora, pues son “sectores” de un mismo sujeto político, no distintos sujetos que luego deben unirse. Cumplen cuatro funciones diferenciadas. Uno, contribuyen a la convergencia de las fuerzas de cambio en torno a un quehacer concreto surgido del conflicto. Permite organizar desde ahí. Dos, interpela a actores específicos, dando un rostro a quienes sostienen la explotación, y moviliza en función de ello. Tres, se orienta por elementos programáticos embrionarios que permiten impulsar entre las masas elementos anticapitalistas que sean respuesta a las situaciones de precariedad. Cuatro, moviliza, activa, llaman a la ampliación de la base social en conflicto.
  3. Organizaciones políticas: es una intermediación, una continuidad entre el partido y la clase, se dirige a las masas. Se orienta al desarrollo de la lucha de masas y la profundización programática, es decir, es un instrumento de orientación y dirección política que se diferencia de las otras dos formas de organización en que debe poseer cohesión político-ideológica y, por lo tanto, asumir una táctica y un programa que defina principales objetivos.

Pero este diseño, que a pesar de sus deficiencias y potencialidades, pensamos que hay que seguir desarrollando, es indispensable para la tarea de construcción de una fuerza social surgida desde los espacios de base hacia la lucha política general. Tampoco pensamos que sea posible ni deseable en este contexto la idea de construir El Partido. No es posible pues por más voluntad que se tenga al respecto, carecemos de la capacidad suficiente para unir los distintos destacamentos revolucionarios, e incluso si esto fuera posible, estos no tienen un enraizamiento significativo entre la vida social del pueblo trabajador y estaría lejos de que se volviera su partido. Tampoco creo que sea deseable, en tanto que necesitamos pluralidad de planteamientos, organizaciones, referencias, tendencias. La carga estalinista que acompaña la noción de partido en singular muchas veces termina por condenar la diferencia y encubrir el dogmatismo autoritario más rancio al interior de las organizaciones. Sin embargo, se necesita efectividad política, acción conjunta desde las organizaciones de izquierda. Para ello proponemos como elemento táctico la confección de un referente político de masas.

Su objetivo es aportar a converger un embrión de bloque histórico con elementos programáticos mínimos, componentes tácticos compartidos y sobre todo combatir el sectarismo y dogmatismo con el que algunos sectores de izquierda reproducen su desvinculación estructural respecto a las masas trabajadoras.

6.2 El fundamento del referente es avanzar en una política unitaria que, como planteamos anteriormente, sugiera al resto de la sociedad un proyecto de sociedad, proponga respuestas globales sobre los diversos aspectos conflictivos que se presentan en sociedad y lo haga desde el punto de vista del pueblo trabajador. Para ello debe impulsar una comunicación política de masas, que dispute y oriente el sentido común de las masas trabajadoras, como parte de ellas, no como un ente ‘exterior’, sino produciendo una cultura común, resaltando una experiencia de clase compartida que busque la identificación en nuestras diferencias. Hablar con sencillez sobre las tareas que se avecinan, sobre cómo un problema puntual del pueblo trabajador se conecta con otras clases sociales, con el capital, las relaciones mercantiles, etc. ¿Por qué los mensajes hiper-radicales no hacen sentido, no movilizan a las masas? ¿Es simplemente porque no entienden o ‘viven engañadas’, como paternalistamente se dice, o es porque esos mensajes hiper-radicalizados en verdad ya no encarnan ninguna potencia revolucionaria y sólo reproducen su condición marginal respecto de la política? Tendremos al menos cuatro años a la derecha hablándole al país, y otros grupos que también lo harán con énfasis. Si no salimos a contrarrestar eso con una política de comunicación de masas es muy poco probable que espontáneamente surja la idea de actualidad de la revolución, sobre su necesidad y las tareas para organizar una fuerza anticapitalista. Un referente político de masas es un espacio compartido, un polo anticapitalista que no pretende abarcar a toda la izquierda revolucionaria ni resolver el problema de su unidad. Aparece como respuesta al debilitamiento y fragmentación de la política multisectorial. Su objetivo es aportar a converger un embrión de bloque histórico con elementos programáticos mínimos, componentes tácticos compartidos y sobre todo combatir el sectarismo y dogmatismo con el que algunos sectores de izquierda reproducen su desvinculación estructural respecto a las masas trabajadoras. Un referente común flexible y que al mismo tiempo que se dirija a interceder entre las principales fuerzas políticas del país y se oriente a actuar entre las bases sociales. Allí tenemos mucha experiencia. Este polo anticapitalista tiene mayores posibilidades de constituirse desde fuera del FA que dentro (como nos han sugerido), dado que a pesar de que el FA ha acogido demandas sociales, mayoritaria y hegemónicamente sus vínculos orgánicos no están en las organizaciones que impulsan esas luchas. Por más que digan lo contrario, lo que han buscado hacer es aterrizar un ‘pacto electoral’, no desplegar una fuerza articulada del pueblo trabajador ni impulsar su actividad política independiente. Mantienen en el centro la lógica despolitizante de delegación-representación y utilizan sus bases sociales como mecanismo de legitimación en el marco de la política elitaria. Hay grupos y tendencias que están en contra de ello, pero no son quienes conducen. Tampoco hay una alternativa para las izquierdas radicales, lo que hace inviable pensar más allá del FA. No puede ser que a las fuerzas de izquierda se nos aparezca siempre más viable acercarnos al polo que busca ‘izquierdizar’ el centro político que construir una fuerza popular, independiente y anticapitalista.

6.3 Línea de apertura y movilización electoral [en municipales]. No pensamos que las elecciones mermen la emergencia de procesos revolucionarios. Mientras no ocupen un papel central (electoralismo) ni nieguen que la única fuerza capaz de impulsar una política radical sea la clase trabajadora. Muchas veces la izquierda entra en el círculo sin salida práctica al decir “no nos oponemos por principio a las elecciones, pero no hay condiciones”, sin siquiera plantearse qué condiciones son esas, operando como una negación de facto a esa posibilidad. Una política de apertura electoral no es abrirse en cualquier caso y a cualquier costo, sólo debiera ser impulsada allí donde pudiera acrecentar nuestras fuerzas (al menos en las municipales), asumiendo los riesgos que implica y lidiando contra toda tendencia a descuidar el trabajo de bases y de lucha. Hay algunos puntos en los que una política de apertura y movilización electoral pueden contribuir a fortalecer las perspectivas anticapitalistas del pueblo trabajador y desarrollar una alternativa que pueda al menos pensar disputar la hegemonía social, la dirección política del país en el mediano plazo:

  1. Difusión de elementos programáticos en el marco del despliegue de las candidaturas.
  2. Integración y trabajo conjunto de organizaciones en función de un elemento táctico compartido y con objetivos específicos.
  3. Preparación de una plataforma de políticas y programas de desarrollo local [acercarnos a pensar y desplegar una política de gestión local con recursos del Estado, que son en realidad productos del trabajo social que tenemos que recuperar].
  4. Ampliación del radio de acción política, contribuir a superar el aislamiento, usar la excusa de las elecciones para tejer redes político-sociales en las comunas.
  5. Si se llega a obtener un puesto, sería factible combinar elementos de institucionalidad estatal con las organizaciones creadas por el pueblo trabajador y poner las primeras en función de las segundas.
  6. Las elecciones estarán puestas en función de una política anticapitalista, aprovechando como motor subjetivo el llamado ‘espacio antineoliberal’ y como soporte organizativo los conflictos y las respuestas programáticas que estos posibilitan.
  7. Permiten acumular fuerzas, sobre todo desde un diseño que va desde las organizaciones de base, los frentes sectoriales, las orgánicas políticas y teniendo como otro momento más las elecciones y la proyección que dan tanto obtener buenos resultados como conseguir un cargo.
  8. No hay que desconocer lo útil que podría ser la utilización de recursos provenientes de la elección y al mismo tiempo el pie que dan algunas herramientas institucionales para emplearse como medio auxiliar de las luchas sociales.
  9. Servir al mismo tiempo para develar el carácter, límites y posibilidades que dan las instituciones estatales. El emplear recursos e instituciones del Estado no tiene nada que ver con legitimarlo, sino con utilizar una parte del mismo en beneficio de la clase trabajadora y sus luchas. La perspectiva táctica y programática es otro Estado, un nuevo Estado, la supresión del actual y, estratégica y proyectualmente, la extinción de las formas sociales que permiten el surgimiento del Estado mismo y con ello, sustituyen la posibilidad de auto-organización de la clase trabajadora.
  10. Plantearse el acercamiento, construcción y disputa con sectores del FA. Es un error de consideración tratar a este conglomerado como un bloque homogéneo, compacto, más todavía subestimarlo o reducirlo. Hay tendencias, corrientes, descontentos. La política es flexible e imposible determinar su clausura de antemano. En ese sentido, ¿por qué no pensar la posibilidad de acercar a sectores del FA hacia una política bien demarcada, con modestia y sentido de las tareas del periodo? ¿Por qué no pensar en instalar problemáticas, temas, construir una agenda que incluso llegue a tensar a otras fuerzas políticas? Lo que es seguro es que el sectarismo, el dogmatismo y la ilusión de ‘purismo’ mantiene a la izquierda radical en una posición de irrelevancia y sin capacidad de responder seriamente a la situación actual.

7.- Estos son entonces algunos elementos para discutir. Pero discutir realmente, con incomodidad y humildad frente a la envergadura de nuestras tareas. No puede ser que en el escenario que se comienza a configurar post-elecciones algunos grupos de izquierda radical sigan considerando que nada ha cambiado o, lo que es lo mismo, en sus consideraciones tácticas sigan llamando a hacer lo mismo que estábamos haciendo, pero ‘ahora sí’. Como si todo estuviera bien. Como si nuestro error en realidad fuera de implementación y no de lectura, de disposición táctica y estratégica. Discutir, esclarecer, transformar. Hacer lo necesario para salir de la marginalidad y tener incidencia en el concierto de correlaciones de fuerzas actuales. Apostar a mostrar la vigencia de ideas anticapitalistas. Movilizar a la clase trabajadora en función de ellos, aprovechando el germinal descontento ‘antineoliberal’ que exista como vehículo. Las y los socialistas debemos reconocer que no somos una fuerza actualmente ni el socialismo es una alternativa vigente. No para auto-flagelarse o proponer medidas desesperadas, voluntaristas e izquierdistas, sino para asumir con radicalidad las tareas que tenemos encima. Proyectarlas, actuar con paciencia, agruparnos, y definir con precisión las mediaciones concretas con las que llegaremos a los objetivos que proclamamos según corresponda a cada situación.

 

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