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Alondra Carrillo

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Clase y vida cotidiana: sobre las potencias políticas del feminismo en Chile

en Coyuntura por

Este texto corresponde a una presentación realizada en el marco de los 47 años desde la nacionalización del cobre en Chile, en un foro llamado “A recuperar nuestros bienes comunes y seguridad social”.

 

Esta exposición intentará mostrar cómo algunas de las formas actuales de acción de la clase trabajadora, particularmente el feminismo como forma de su acción política, resitúan los modos de preguntarnos acerca de su capacidad deliberativa, los campos de su acción e iniciativa y los caminos que habilita una política que pone en el centro de la discusión la forma que asume nuestra vida cotidiana en la actualidad. En relación a ese propósito, intentaremos esbozar los contornos y recorridos de una de las expresiones organizadas del proceso general de movilización nacional feminista que constituye la Coordinadora Feminista 8M. Para llegar a plantear los puntos referidos, comenzaremos socializando la perspectiva que desde dicha Coordinadora hemos podido desarrollar este último tiempo, en que las movilizaciones feministas han abierto nuevas posibilidades, desde su vitalidad y el desborde de las formas tradicionales de actividad de nuestra clase.

El contexto en que emerge la Coordinadora 8 de Marzo y el surgimiento de la consigna contra la precarización de la vida Salir del rol de víctimas para ser oposición activa

Año 2018, asume el gobierno de Sebastián Piñera. Las mujeres feministas, convocadas a pensar un nuevo 8 de marzo, discutimos con respecto al diagnóstico y arribamos a algunas premisas: primero que todo, al reconocimiento de que estamos expuestas de manera permanente a una violencia estructural de las cuales los feminicidios son la expresión más brutal, en un continuo que marca nuestras vidas que están atravesadas, en su diversidad, por esa violencia. En segundo lugar, que la situación en que nos encontramos las mujeres de la clase trabajadora en nuestro país es inseparable de las políticas que nos han convertido en un sector que debe ser atendido focalizadamente, con respuestas fragmentadas, limitadas y que nos relegan a un rol de madres dueñas de hogar que con los años no ha cambiado. En tercer lugar, que a diferencia de esas formas abstractas en que desde el Estado se ha atendido a nuestra realidad, son nuestras vidas las que se ven sometida al apremio de la plata que no alcanza, de una salud y educación precaria y que nos endeuda, de una maternidad que se nos impone como una obligación y en la que nuestro tiempo se reparte entre los malabares para parar la olla y el trabajo en la casa, en una doble jornada extenuante que nos coarta y limita nuestra capacidad de organización.

Ante el arribo del gobierno de Sebastián Piñera y la llegada de Isabel Plá y con ello la UDI al Ministerio de la Mujer, nos planteamos que debíamos levantar una oposición activa que nos permitiera enfrentar sus políticas de administración de la miseria, antiderechos y antimujeres, saliendo del rol de víctimas al que se nos relegó durante estos años y que limitó nuestra capacidad de rebelarnos integralmente contra esta vida. Nos propusimos convocar a una jornada nacional de protesta para ese 8 de marzo, con la intención de inaugurar el año con un gesto político de unidad y transversalidad, enfrentando al gobierno con un feminismo para las mayorías.

La nuestra no se trata, como podría haberlo sido, de una mera reivindicación de la igualdad de género. No es esa una de nuestras premisas. ¿Por qué no? Antes de poder responder a eso, es preciso hacer una breve aclaración: localizar la racionalidad en la emergencia de la consigna, situar las claves que permiten pensar su especificidad, son todos esfuerzos reconstructivos, un ir haciendo memoria que es también hilvanar retazos de cosas, fragmentos de diálogos que no son necesariamente transparentes por sí mismos. Sin embargo podemos, con ese ‘tejido’, esbozar una respuesta: no se trata de la mera reivindicación de la igualdad de género en nuestro territorio porque cuando vemos nuestra vida no hay una masculinidad que nos sirva de modelo al que aspirar. Es la vida de tod-s la que está sumida en la precarización. Si bien nuestra situación atravesada por el género nos ilumina de una forma particular los efectos de esa precarización, nos muestra también que esta no empieza ni termina en nosotras y que nuestra movilización se abre entonces como una posibilidad. ¿De qué? Bueno, básicamente, de poner nuestras vidas en el centro de la política como el problema político que debemos atender. Ahondaremos más en la potencia de eso hacia el final de la exposición.

La transversalidad de la convocatoria y la fuerza internacional de este 8 de marzo

La jornada del 8 de marzo y los días que lo precedieron, en nuestro territorio, estuvieron marcados por la capacidad incipiente de poder articular múltiples sectores y organizaciones que, no siendo necesariamente de mujeres, fueron lideradas por estas en la apertura del año político. Desde organizaciones gremiales y sindicales como colmed, fenpruss, confusam, sintrac y múltiples sindicatos; organizaciones de mujeres trabajadoras migrantes, por la diversidad sexual, de pobladoras y pobladores, diversos espacios estudiantiles como federaciones y secretarías de género, frentes feministas de organizaciones políticas, organizaciones por la defensa de los territorios, múltiples colectivas feministas; todas en conjunto organizamos nuestra articulación reconociendo tres grandes ámbitos en que la consigna era capaz de permitir un reconocimiento de una situación compartida: Racismo y territorio, Trabajo asalariado y pensiones y Derechos sexuales y reproductivos y disidencia sexual. Este ordenamiento nos permitió hacer una síntesis de nuestra diversidad como mujeres trabajadoras, ampliando ese concepto y recuperándolo para nombrarnos en todos los espacios.

Salimos a la calle en una convocatoria masiva y tensionada por dos actos finales que daban cuenta de la emergencia de un nuevo sector en el movimiento feminista. Mientras Bachelet se hacía un homenaje a sí misma en la Moneda saludando su “legado”, unos metros más allá estábamos nosotras, anunciando un desacato, políticamente articulado, a ese relato en que sólo existimos como mujeres-víctimas, afirmándonos como algo más: como una potencia que busca transformar nuestra cotidianidad y, con eso, transformarlo todo.

El 8 de marzo de este año fue una jornada histórica. Durante el día nos enteramos de los otros países en que el sol sale más temprano y nuestro entusiasmo fue creciendo: cinco millones de trabajadorxs parando en España, mareas de mujeres en Argentina marcando la jornada con un grito por el aborto legal, decenas de ciudades movilizadas en EEUU, el centro del Imperio, y cientos de países plegándose al llamado para un paro mundial de mujeres, bajo un relato común: contra la violencia machista, contra la miseria de la vida. Nuestra emergencia no era, entonces, un hecho aislado: éramos parte de una fuerza histórica de carácter mundial.

La necesidad de seguir existiendo, de construir agenda y transversalizar el feminismo en el movimiento social

Luego de este hito que fue el 8 de marzo decidimos seguir sosteniendo el espacio, con miras a preparar una Huelga General Feminista para el próximo año, comprendiendo desde la experiencia internacional las condiciones para un levantamiento masivo de ese tipo. Nos propusimos tres objetivos: transversalizar una perspectiva feminista en el quehacer de los movimientos sociales; ser un agente dinamizador en la articulación entre diversas organizaciones y apuntar hacia la construcción de una agenda común contra la precarización de la vida.

Fue en el marco de esos objetivos que, a comienzos de este año, decidimos sumarnos a la organización del primer Encuentro de Mujeres y Pensiones, puntapié inicial de la Iniciativa Popular de Ley de la Coordinadora No + AFP. Nos hicimos parte para aportar en el momento inaugural de un proceso como ese, participando desde nuestras reflexiones, desde las interrogaciones feministas, en la pregunta por un nuevo sistema de pensiones y desde aquello que nuestra situación, como mujeres, iluminaba sobre ese problema urgente para las trabajadoras y trabajadores, perciban o no un salario.

Fue justo para la realización de ese encuentro que nos llegaron los primeros embates de la ola que se levantó en las universidades y que nos llevó a apurar el tranco.

La jornada nacional de protesta feminista  y la Cuenta Pública Feminista y Popular: nuestra vida como un problema político

La aparición de tomas en diversas universidades y facultades, en Santiago y distintos puntos del país, hicieron avanzar velozmente la discusión feminista en esos espacios. La prensa se dedicó rápidamente a desempeñar una de las funciones que realiza mejor: fragmentarnos. Dando un marco de inteligibilidad acotado al conflicto, hizo aparecer las movilizaciones en las universidades como aisladas del conjunto de las movilizaciones feministas de los últimos años. Recluyó en esos espacios las banderas de lucha y dio pie a la elaboración de un sentido excluyente con respecto a las movilizaciones: que se trataba de luchas de mujeres de elite. Que eran reclamos con respecto a los cuales el resto de las mujeres no podíamos identificarnos. Que la relación que podíamos crear era, entonces, necesariamente exterior, como si fuésemos por entero distintas.

Nos apuramos en convocar a un espacio que nos permitiera pensar conjuntamente, al alero de las movilizaciones feministas estudiantiles, la acción por venir. Nos convocamos en nuestra diversidad para desmitificar esa idea, sostener que este no era un movimiento de una elite privilegiada y para mostrar nuestros puntos de encuentro, nuestras similitudes, nuestros diagnósticos compartidos.

Levantamos una convocatoria a una jornada nacional de protesta feminista, como ensayo de movilización hacia la huelga general y como momento de profundización de nuestro marco político, e hicimos el llamado en conjunto con múltiples organizaciones (entre ellas No + AFP y la Confech). Nos planteamos la posibilidad de enfrentar al gobierno con un relato alternativo, propio, acerca de lo que realmente se pone en juego cuando nuestra vida como mujeres entra a la discusión pública.

Planteamos, en paralelo a los anuncios del gobierno, una Cuenta Pública Feminista Popular. En ella sostuvimos que para dar respuesta a nuestra demanda por transformar la vida que tenemos como mujeres en Chile, necesitábamos terminar con la privatización que dispone los bienes comunes para el enriquecimiento de unos pocos; sumarnos, desde nuestra realidad como mujeres trabajadoras, al trabajo político para terminar con las AFP y reemplazarlas por un sistema solidario y de reparto; dar respuesta a la situación de la vivienda, garantizándola como un derecho mínimo, porque la vida digna parte por tener una casa en la cual vivir; terminar con el sistema privado de salud que consume los recursos públicos y nos deja, a la mayoría, abandonadas y vulnerables, y exigir que ese nuevo sistema de salud pública responda a nuestras necesidades y garantice nuestros derechos sexuales y reproductivos; con ello, demandamos una educación sexual, laica, para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto libre, legal, para no morir; una educación pública y no sexista; el cese de la militarización del wallmapu y el fin de la violencia policial hacia quienes nos movilizamos; un sistema universal de sala cuna y de cuidados mediante una red pública que garantice el acceso a niños y niñas, con independencia de las condiciones de empleo de sus padres; y, fundamentalmente, el rechazo a todas las formas de respuesta parcial a nuestras demandas que redunden en un aumento de nuestra precarización, como lo son la ampliación del teletrabajo y la flexibilización, que no son sino sinónimos para el trabajo precario. Este último punto debiera resultar en una brújula que nos provea de orientación permanentemente; una orientación semejante nos podría haber permitido, por ejemplo, rechazar con la fuerza necesaria iniciativas como el estatuto laboral para jóvenes, aprobado hoy y llevado al congreso con la venia de fuerzas que, con una perspectiva clara en lo que implica luchar contra la precarización de la vida, podrían haber cumplido un rol muy distinto, y no haber dejado la cancha libre para hacer posible una derrota como esa.

El hecho de que múltiples sectores se hayan plegado espontáneamente al llamado, participando de la jornada de diversas formas, ampliando el repertorio de acción política y gestando organización territorial donde antes no había (fundamentalmente asambleas territoriales de mujeres) nos mostró que la interpelación feminista es capaz de hacer avanzar una fuerza social latente. Nació al alero de esa convocatoria la Red de Trabajadoras y Sindicalistas y Asamblea de Mujeres Barrio Yungay y Brasil.

Hoy, nuestra acción se concentra en participar del llamado al relanzamiento de la campaña por el aborto legal, que dará inicio con la marcha del próximo 25 de julio, y que se ve fortalecido por las redes internacionales que buscan hacer eco de los avances de nuestras hermanas en Argentina. Luego de esto, en paralelo a esa campaña que tiene como objetivo fundamental la despenalización social del aborto en Chile, nos proponemos convocar a una jornada de memoria feminista en un nuevo aniversario del golpe de estado. Hacia final de año, proyectamos la realización de un Encuentro Nacional de Mujeres que Luchan que nos permita enfrentar el año que viene con claridades programáticas desde las cuales ordenar nuestra movilización.

La huelga general feminista y el feminismo como potencia transversal de articulación y movilización: una política de la vida cotidiana

Uno de los objetivos que nos hemos propuesto en términos de nuestro repertorio de acción es el levantamiento de una huelga general feminista para el próximo 8 de marzo. El mecanismo de la huelga feminista, a nivel mundial, ha tenido un sentido clave: ha permitido articular (no por primera vez en la historia) una capacidad de acción conjunta que atraviesa las diversas existencias de una clase trabajadora que, producto de su fragmentación, encuentra pocos puentes para constituirse unitariamente y actuar de la misma forma unitaria. La huelga general feminista no sólo tiene la potencialidad de abarcar desde el ámbito de los trabajos productivos hasta la morada oculta de la reproducción, sino también de producir esa actividad en función de dos avances: una orientación política específica, en este caso de carácter feminista, y con ello, una posibilidad de producción programática hecha posible por la actividad viva del pueblo en función de los conflictos iluminados por esta fuerza social.

En el camino de plantearse a sí misma los problemas y tareas asociados a recuperar una capacidad decisional sobre la propia vida, para poder transformar esa vida sustantivamente, esta forma de acción política que es el feminismo nos aporta algo invaluable y cuya potencia resulta en nuestra propia desestabilización. No es casual que hayamos asistido, en los últimos dos años, a un éxodo feminista que ha dejado a las organizaciones de izquierda en una de las peores posiciones que pueden haber tenido en décadas, y que en paralelo a ese proceso hayamos visto la aparición esta capacidad política feminista signada con la inorganicidad y la espontaneidad, en conjunto con una incuestionable capacidad generativa y creativa. Hoy, como tarea urgente para poder plantearnos siquiera la posibilidad de orientaciones programáticas que cuestionen radicalmente cosas tan peliagudas y desafiantes como puede serlo la forma de organización del trabajo (en Chile y en su relación con el mundo del que somos parte), así como la forma en que esa organización produce la miseria a la que se relega a las mayorías en favor del enriquecimiento de unos pocos, el movimiento feminista parece poner sobre la mesa las condiciones en que podemos comenzar a hacer posibles esos diálogos.

Ya no es posible que enfrentemos las tareas del momento con las organizaciones del pasado. Ya no es posible tampoco que nos acerquemos al cuestionamiento sobre lo que tenemos que avanzar sin que un momento de nuestra construcción implique la responsabilización política con respecto a los conflictos que nuestra vida cotidiana contribuye a iluminar.

Esto es, quizás, lo fundamental para plantear. Que hoy nos estemos preguntando por la precarización de la vida y la forma de terminar con ella es el resultado de habernos apropiado de la potencia política de interrogar nuestra vida cotidiana, en toda la radicalidad que eso nos permite. Es con esa interrogación permanente que podemos avanzar en reconstituir los vínculos de solidaridad y trabajo conjunto al interior de las diversas formas de organización de las y los trabajadores, sin categorías estrechas, sin economicismos injustificables. Es con esa reconstrucción de la solidaridad que la clase podrá desatar la potencia de constituirse como un agente capaz de plantearse nuevas tareas mediante las que podamos transformar, efectivamente, nuestra vida.

Cuando el pueblo se aniquila a sí mismo Sobre pena de muerte, violencia de género y feminismo socialista

en Coyuntura por
The Carmagnole

Todos quienes hemos tenido los ojos y oídos abiertos esta semana hemos recibido el impacto de una de las noticias más horrorosas que (siendo optimistas) conoceremos en nuestra vida. La crueldad inimaginable condensada en el caso de la pequeña Sophia nos ha estremecido y ha llevado a muchos y muchas a hablar, muchas veces sin tiempo para el detenimiento, con respecto a aquello que debiera hacerse.

El caso de Francisco Ríos es quizás el más paradigmático para introducirnos a una discusión que, desde el feminismo, tenemos demasiado pendiente: el abordaje político de la violencia extrema. El clamor popular frente a la ceguera que nos ocasiona esa violencia invoca el poder aniquilador del Estado; desde distintos sectores feministas se ha salido en respuesta a ese clamor, atendiendo este problema en múltiples aristas[1]. Aquí, por tanto, no me interesa agotar este problema o reiterar aquello que ya se ha dicho; me interesa relevar una dimensión del debate sobre la que creo debemos avanzar, puesto que la ofensiva conservadora que se cristaliza en esta coyuntura nos presenta un asunto crucial, que no se trata únicamente de un problema de respeto de los derechos humanos, sino de algo aún más peliagudo: los horizontes estratégicos que se ponen en juego en las formas en que aspiramos a dar respuesta a las problemáticas inmediatas de la vida.

Sobre la pena de muerte

El caso de Francisco Ríos ha sido procesado mediáticamente y a través de las redes sociales mediante un debate que puede, fácilmente, prestar una cierta codificación al horror que éste despierta: la pena de muerte. Nuevamente, este tópico recurrente de nuestra vida nacional nos presta auxilio ante la dificultad abismante a la que nos arroja esta violencia. La pena de muerte actúa, en primera instancia, como un modo de dar cierre, mediante una demanda clara y concisa, a esta conflictividad: la vida del criminal se agota en su crimen, y nuestra relación con él, mediada por el Estado, debiera sancionar esa verdad.

La exigencia de pena de muerte se encuentra inscrita en un conjunto de demandas orientadas al aumento del peso de la penalidad en los casos de violencia hacia la infancia, bajo la forma de una Ley Sophia que ha sido propuesta, acogida y defendida por un arco muy variado de sectores, que van del PS hasta la UDI[2], pero es preciso recordar que dicha demanda no surge de aquellos sectores[3]: el apoyo de estos a esa demanda reviste un carácter oportunista puesto que hace eco de una respuesta que en primera instancia se dispersa en lo social, particularmente y con más fuerza en el territorio donde ocurrió el crimen. Esta demanda aparece justificada desde varios lugares, por lo que puede observarse tanto en múltiples medios de comunicación como en los contenidos que han circulado al respecto en las redes sociales. Sin embargo, podríamos reconocer a grandes rasgos dos justificaciones. La primera de ellas es que la pena de muerte sería la forma en que se realizaría efectivamente una “defensa de la infancia”, mediante una torcida lógica que acota drásticamente aquello en lo que consiste esa defensa para centrarse únicamente en los efectos, aberrantes, de algo a lo cual no se atiende (el concurso de circunstancias que lleva a la vulneración radical de las vidas infantiles). Esta perspectiva penalista, en su versión más extrema, no es sin embargo novedosa en la forma de concebir la respuesta a la violencia: se trata de una respuesta de orden moral y moralizante que tiene por objetivo, hacia la población que es su “testigo”, resarcir el espanto frente a la transgresión. La segunda justificación va en la línea de una devaluación radical de la vida de quien ha cometido estos crímenes; bien lo ilustra la forma en que lo abordan los diputados de la UDI que actúan de portavoces organizados de esta demanda: “hay seres humanos que no merecen ser alimentados y encarcelados, porque la maldad y el nulo respeto a la vida no permiten otra opción que la de pagar con su vida los atroces delitos cometidos”[4]. Esta perspectiva se vincula íntimamente con la primera mediante la noción acerca del carácter “permanente” que tendrían los móviles que los impulsan al delito en los agentes de esta violencia: en tanto peligro irremediable y en tanto monstruos inhumanos, esta perspectiva no es sino la afirmación de que es precisa la liquidación de elementos sociales considerados irreformables.

Un breve desvío sobre el clivaje venganza/justicia

Entre quienes han tomado una necesaria distancia crítica con respecto a la demanda de la pena de muerte, ha circulado de manera bastante consistente la noción según la cual esa demanda sería “una mera venganza” en oposición a una límpida Justicia con mayúscula que se le opondría como baluarte de la racionalidad y los derechos humanos. Lamentablemente, esta oposición es difícil de sostener, no sólo porque a la base de la justicia podemos hallar la venganza en su tramitación Estatal, que para variar lo que hace es establecer, con el nivel de fijeza que le es propio, equivalencias: en este caso, equivalencias entre una determinada actividad imputada como individual y una determinada actividad (de respuesta) imputada como social. Es difícil de sostener también porque lo que esa demanda muestra es el vínculo interno, que permanentemente habilita cursos de retroalimentación, entre la vida afectiva de las masas y la actividad del Estado como instancia que aparece como estando “por sobre” esa vida y operando con respecto a ella. La demanda por la restitución de la pena de muerte no es el intento de la venganza de “colarse” nuevamente en la Justicia, sino quizá la visibilización más brutal de que la justicia penal, la actividad penal de un Estado y un sistema carcelario como el que conocemos, indudablemente se nutre de la legitimación que su relación con dicha venganza le ha provisto desde tiempos inmemoriales.

La demanda por la pena de muerte y la sangrienta competencia por la vida

El punto más notable de la segunda justificación que presentábamos anteriormente a la pena de muerte, es que esta parece plantear que habría un antagonismo entre sostener la vida de quienes han cometido delitos y sostener la vida de quienes no lo han hecho. Una de las muestras de esto se da a través de unas infografías que circulan por redes sociales, y que señalan el costo en dinero de mantener una vida en la cárcel, versus el costo de los “materiales” para acabar con ella; asimismo, señalan la prioridad en la asignación de esos recursos (salud, educación). Este antagonismo nos muestra de manera muy explícita el marco general en el que se sitúa este conflicto: en un contexto de lucha a muerte por la vida, en un territorio donde lo que la sustenta es una actividad empresarial parasitaria y basada en el saqueo permanente de los territorios y las riquezas naturales, donde las formas de enriquecimiento que se articulan en esta máquina están dados por la sobreexplotación del trabajo para exprimir de él lo máximo posible, la clase trabajadora, a fin de poder afirmar su propia existencia, sólo puede devorarse a sí misma. Este punto no es metafórico. La forma en que se organiza materialmente la vida en nuestro país arroja a una cantidad enorme de personas a los márgenes de la vida social, y la violencia es la forma que toma en una población brutalmente precarizada la lucha encarnizada por la sobrevivencia. No es fuera de este marco que podemos pensar la relación de la clase trabajadora consigo misma, tal y como se expresa en la tramitación de esta coyuntura.

La forma en que se organiza materialmente la vida en nuestro país arroja a una cantidad enorme de personas a los márgenes de la vida social, y la violencia es la forma que toma en una población brutalmente precarizada la lucha encarnizada por la sobrevivencia.

El debate con respecto a la pena de muerte en Chile no es algo que se haya zanjado de una vez y para siempre, ciertamente. Las posiciones que se pusieron en juego al momento de acabar con ella no cesaron de existir una vez abolida esta, y existen de manera latente a nivel social, saliendo a la superficie ante a aquellos conflictos en que esta puede proveer de una respuesta sintomática. Pero debemos tener claro que no es más que eso: una respuesta que provee de satisfacción, a la vez que oculta el conflicto mismo al que responde. Nos exige ciertamente un examen muy profundo el atender dicho conflicto más allá de sus manifestaciones parciales. Lo cierto y que no se nos puede pasar por alto es que una perspectiva que surja desde el feminismo para dar respuesta a los debates que se abren con casos como este, no pueden tomar partido por ese penalismo inefectivo que favorece el direccionamiento más nocivo posible de la legítima consternación que se produce en la población ante estas atrocidades.

Un marco para actuar sobre la violencia

Los elementos que este caso contribuye a poner de relieve nos interpelan en múltiples niveles. Uno de ellos, que tiene un carácter estratégico, es el esfuerzo que debemos desarrollar a fin de producir una comprensión de la violencia de género que sea capaz de inscribirla en el conjunto de la actividad social en la que se sitúa nuestra práctica. Es decir, que si el movimiento en el que se sitúa nuestra acción es la transformación radical de la forma en que se organiza la producción y reproducción de la vida social, lo que debemos partir por comprender es el lugar que la violencia de género tiene en ese proceso de producción y reproducción de la vida.

Una comprensión tal de dicha violencia tiene como uno de los momentos necesarios el poder dar cuenta de qué es el género hoy en nuestro territorio y cómo se produce; dar cuenta del carácter y naturaleza de la violencia que se da en relación al género, y la forma en que esa violencia participa de la vida social; comprender el lugar de la “vida afectiva” en ese mismo marco, sin anteponerla ni aislarla como un campo autónomo de actividad, a fin de superar su comprensión como una “condición previa” de la vida social o bien como un mero “resultado”, indiferente para la acción política revolucionaria. Comprender su lugar para entender qué acción política, operando sobre qué dimensión de nuestra vida social, puede tener un efecto en ella que no se agote en las micro-resistencias, sino que impacte en su curso de manera sostenida y que dispute su movimiento.

…si el movimiento en el que se sitúa nuestra acción es la transformación radical de la forma en que se organiza la producción y reproducción de la vida social, lo que debemos partir por comprender es el lugar que la violencia de género tiene en ese proceso

Estas preguntas u orientaciones de la reflexión no tienen por objetivo ser una simple divagación teórica. Son un ejercicio necesario para poder desarrollar un segundo punto, imprescindible, si es que el feminismo va a contribuir a la organización de la acción política de la clase trabajadora: el desarrollo programático. No basta, hoy, con que visibilicemos una y otra vez la violencia de género, con que demos respuestas parciales a ella mediante tácticas como la funa, con que nos agotemos de rabia ante cada afrenta, si a nivel general nuestra política no va a poder superar la orientación burocrática que busca enmendar los fracasos de un sistema asistencial y jurídico, cuya configuración misma actúa de barrera de contención para un sistema penal al que, de facto, se le otorga centralidad a la hora de dar respuesta a la violencia. La inefectividad de nuestra actividad política al momento de abordar las problemáticas inmediatas que la violencia nos plantea es el terreno fértil para el avance de las posiciones conservadoras y oportunistas, que con ofertas como la de reponer la pena de muerte no hacen sino acentuar el carácter sangriento que la competencia descarnada por la vida le imprime hoy a las relaciones al interior de la clase trabajadora.

Inicialmente los medios locales, a los que luego se sumaron otros, procuraron inscribir este crimen en el marco de inteligibilidad dado por el historial de violencia de Francisco Ríos y la relación del Estado con dicho historial. Este muestra que son múltiples las ocasiones en que el asesino de Sophia incurrió en actos de violencia extrema, particularmente en el marco de sus relaciones de pareja, y que el Estado, actuando como receptor de esas denuncias, fue persistentemente negligente en su abordaje, como si sus representantes no hubiesen tenido entre sus manos una bomba de tiempo. Esta negligencia es mucho más cercana a la regla que a la excepción en los casos de violencia de género, marco en el que la violencia contra la pequeña Sophia debe comprenderse. Nuestra acción no debiera tener por horizonte el estrecho propósito de asegurar el cumplimiento de los procedimientos burocráticos que fallaron aquí y que fallan permanentemente; si bien es cierto ese es un momento mínimo que nuestra actividad sí debiera asegurar, de lo que debiéramos dotarnos como objetivo es de acrecentar nuestra capacidad, como clase trabajadora, de dar una respuesta social y cotidiana a la violencia, mediante la producción creciente de los medios e infraestructura que consoliden materialmente el avance del feminismo, y le permitan constituirse como una fuerza efectiva tanto en la respuesta concreta a las problemáticas de la vida, como en la forma de realización de lazos de solidaridad al interior de la misma clase. Hoy esto puede parecer una afirmación demasiado general; pero es la actividad concreta que el movimiento feminista está desarrollando la que sitúa el marco de posibilidad efectivo para que este horizonte pueda ir tomando cuerpo. La articulación de las diversas iniciativas que han nacido al interior del pueblo para enfrentar la violencia de género en sus distintas formas; el acrecentamiento de las filas del feminismo y por ende de su capacidad material de abordar diversas áreas de conflictividad de la vida cotidiana; el desarrollo de una línea feminista al interior de organizaciones consolidadas de la clase trabajadora; todos estos son los recursos cuya coordinación política debe darse en función del desarrollo programático hoy incipiente. Los ejercicios puntuales de articulación que se están gestando, en un plano de recomposición de las fuerzas feministas luego de un año de auge, nos darán una muestra de esta capacidad y una cierta visualización de la posibilidad de llevar a cabo  estas tareas. Hacerlo reviste un carácter de urgencia. Un pueblo que se violenta permanentemente a sí mismo para mantener sus formas precarias de reproducción, tanto sea a través de la violencia de género como a través de las demandas por el aumento de la penalización o, lisa y llanamente, la liquidación de sus elementos problemáticos, es un pueblo que reafirma la competencia interna que le deja en el peor pie de lucha para enfrentar los embates de la burguesía que hoy comienza a mostrar, como era de esperar, su cara mortífera y el tono sombrío que pesa sobre nuestros futuros tiempos mejores.

 

NOTAS

[1] Bárbara Brito, Pan y Rosas: http://www.laizquierdadiario.cl/Sobre-la-pena-capital-o-la-apologia-al-verdugo

Sofía Brito, Izquierda Autónoma: https://antigonafeminista.wordpress.com/debate-sobre-la-pena-de-muerte-el-dolor-utilizado-como-via-de-procesamiento-de-las-luchas-feministas/

Frente feminista La Trenza: https://www.facebook.com/notes/frente-feminista-la-trenza/debate-sobre-ley-sophia-y-pena-de-muerte-necesitamos-una-nueva-justicia-una-que-/402066423550511/

[2] Véase http://www.latercera.com/nacional/noticia/ley-sophia-jueza-puerto-montt-dice-se-puede-restituir-la-pena-muerte/54459/

[3] Véase http://www.elmostrador.cl/braga/2018/01/30/ley-sophia-la-ciudadania-se-horroriza-y-exige-pena-de-muerte-para-asesinato-de-bebe/

[4] Véase http://www.adnradio.cl/noticias/nacional/diputados-udi-piden-a-pinera-un-plebiscito-sobre-pena-de-muerte/20180204/nota/3706446.aspx

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