Una perspectiva anticapitalista ante las migraciones

en Teoría por

Más de 247 millones de personas en el mundo, al año 2013, estaban viviendo fuera de su país de nacimiento, y más de 750 millones eran migrantes dentro de sus propios países.[1] En porcentaje, la migración internacional corresponde al 3% de la población mundial, mientras la interna al 10%.

Tomando en cuenta únicamente el factor cuantitativo, el alcance de las migraciones es bastante moderado. En un periodo en que el capital ha alcanzado su mayor nivel de mundialización, con gigantescos flujos internacionales financieros y mercantiles, bien cabría peguntare por qué el flujo internacional de personas no es mayor.

A despecho de esta realidad, los Estados capitalistas desarrollados han instalado a idea de que existe una verdadera “crisis migratoria”.

Lo cierto es que, más allá del peso porcentual de las migraciones, éstas juegan un rol cualitativamente relevante respecto de le economía, de las relaciones entre el capital y el trabajo, de las relaciones entre las y los miembros de la clase trabajadora, de las políticas estatales y de importantes elementos ideológicos de dominación; las migraciones reflejan, en gran medida, los vaivenes del desarrollo del capital.

ORÍGENES DE LAS MIGRACIONES EN EL CAPITALISMO

Tras el brevísimo recorrido histórico que se expondrá, es posible detectar que las causas migratorias que se hallan en los orígenes del capitalismo siguen siendo, en lo esencial, las causas actuales.

Migraciones y expansión capitalista

En la génesis del capitalismo encontramos la transformación de la producción artesanal en manufactura, y la de ésta en gran industria. Esta revolución del capital se operó, de una parte, expropiando al campesinado pobre de sus medios de producción y, de otra, internacionalizando una economía que se traslada a las colonias en busca de materias primas.

La destrucción de las relaciones de producción precapitalistas implicó importantes movimientos migratorios –internacionales e internos- expresión de la nueva realidad de inestabilidad constante de grandes masas sin tierra, sin oficio y sin más alternativa que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Desde entonces, las poblaciones migrantes, mayoritariamente, han estado subordinadas a ir a aquellos lugares donde el capital previamente ha emigrado, constituyéndose el/la migrante en un instrumento del capital internacionalizado, siendo su movimiento uno de los modos en que se va expandiendo internacionalmente este mismo capital.

Desde el siglo XVI, las migraciones internacionales más significativas están relacionadas con la colonización europea de América, Asia y África. La colonización determinó el desplazamiento de población europea a otros continentes, cuya importancia, más que cualitativa que cuantitativa, supuso cambios económicos y culturales radicales en los países de destino; y determinó también el tráfico de esclavos desde África hacia las colonias, fuerza de trabajo que fue fundamental para el fortalecimiento económico y político de los emergentes imperios inglés y francés.

Las guerras, como mecanismo de expansión del capital, han sido otra fuente de importantes migraciones. En especial, la segunda guerra imperialista provocó unas gigantescas diásporas sin las cuales el desarrollo europeo de posguerra se habría encontrado con enormes dificultades de no haber contado con mano de obra extranjera muy barata, abundante y flexible.

La industrialización de específicos países ha sido también el origen de grandes migraciones internas, las que hasta el presente persisten y cuya importancia es gravitante para el conjunto del globo. El más destacado en la actualidad es el caso chino, en donde la migración campo-ciudad –estimada en cerca de 120 millones de personas al año 2003- ha contribuido a un crecimiento exponencial del PIB de ese país. Se calcula que en el gigante asiático cerca del 80% de las y los trabajadores de la construcción en zonas urbanas es de origen rural, lo mismo pasa con el 50% de total delas y los trabajadores de la minería y con cerca del 70% de quienes trabajan en fábricas de productos electrónicos. Estas/os trabajadores componen el sector más precarizado en términos de salario, horas extra no remuneradas y exigua cobertura de seguridad social. Esta superexplotación de las y los migrantes internos explica, en parte, el “milagro” económico de China.

Migraciones y configuración de los Estados

Otros flujos migratorios han tenido como punto de partida los enfrentamientos originados dentro del marco de la configuración estatal capitalista de ciertos países. Es el caso de los llamados “Estados fallidos”, cuyas poblaciones han quedado obligadas a movilizarse fuera del país por razones religiosas, étnicas, políticas o ideológicas, asignándoseles de parte de organismos supranacionales como la ONU, la categoría de “refugiados” o “desplazados”.

De acuerdo al informe anual de ACNUR, más de 65 millones de personas en el mundo se encontraban forzosamente desplazadas a finales de 2016[2], tanto dentro como fuera de sus propios países. Sólo el año pasado, el país que expulsó más población refugiada en el mundo fue Siria (5,5 millones). Al éxodo sirio, se unen en las últimas décadas la diáspora palestina (más de 4 millones de personas) tras la ocupación de su territorio por el Estado de Israel, creado con la aprobación de la ONU en 1948; la afgana (5 millones); y la de diversos países de África -principalmente desde Sudán del Sur, Somalia, Ruanda, Sierra Leona y Angola- (más de 4 millones).

Estas migraciones internacionales, se producen como efecto de la penetración capitalista “tardía” en dichos países mediante intervenciones económicas y bélicas, generalmente combinadas, de diversa intensidad –ocupaciones de territorios por potencias imperialistas, guerras civiles orquestadas por las potencias, planes de “estabilización” económica, etc.-, teniendo invariablemente como resultado el derrumbe y descomposición de las formas económicas y sociales anteriormente imperantes.

Los casos relativamente recientes de Marruecos y Ecuador dan cuenta de migraciones motivadas por la ruina social en que han quedado sumidas sus poblaciones tras la implementación de los planes de ajuste estructural y de recortes del FMI y del BM, estrategias de liberalización económica y de precarización social de las condiciones de vida.

LECTURAS ECONÓMICAS DE LAS MIGRACIONES

De acuerdo a la concepción neoliberal, los desplazamientos humanos son producto de la libre voluntad de las y los migrantes. Desatendiendo los factores de “expulsión” y las condiciones económico-sociales de un mundo profundamente desigual, sería el enriquecimiento global y el consecuente aumento del patrón de consumo lo que explicaría el impulso migratorio de la mayoría de las personas que, informadas y poseedoras de un espíritu de superación, salen en busca de nuevos emprendimientos hacia horizontes que ofrezcan una movilidad social más rápida. Así, los grandes procesos migratorios serían en realidad el resultado de interacciones de individuos libres que persiguen una maximización del bienestar.

En los albores del capitalismo liberal, la burguesía veía en las migraciones el triunfo del equilibrio del libre mercado de la mano de obra a nivel internacional y una de las condiciones de expansión del capital. Este enfoque, muy abierto y optimista hace un par de siglos, ha ido evolucionando a un orientación de corte cada vez más nacionalista y reaccionario, sobre la base de la configuración de un sistema jerarquizado de estados-nación.

Las expresiones burguesas de corte keynesiano, enfocadas también en el equilibrio internacional del mercado de la mano de obra –oferta y demanda de la misma-, enfatizan en la necesidad de la mediación institucional. Sin desconocer los factores socio-económicos que impulsan las migraciones, proponen políticas migratorias concertadas entre diversos Estados, incentivando planes de inversión y de desarrollo económico en los países que generan más migración. La experiencia ha demostrado que, muchas veces, estos planes lejos de frenar la migración la han hecho aumentar, ya que establecen condiciones de intercambio que enriquecen a los países que los imponen y empobrecen a los países a que son impuestos. “Entre 1985 y 1995, década en la que se aplicaron las políticas de ajuste estructural para reducir la deuda externa, el PIB per cápita de los diez países más ricos del planeta se duplicó, mientras que el PIB de los diez países más pobres descendió un 30%.”[3]

Desde la perspectiva marxista crítica –anticapitalista-, tanto las relaciones del mercado como las mediaciones institucionales, son partes integrantes de una relación social general, que es el capital. El antagonismo capital-trabajo, supedita todo el proceso de la existencia al objetivo central de la revalorización del capital. El capital requiere de la fuerza de trabajo para crear nuevos valores; dicha fuerza de trabajo humana debe, por una parte, existir físicamente y, por otra, estar dispuesta para desempeñar la función que el capital le asigna. El trabajo reproductivo, la explotación asalariada y los mecanismos políticos, institucionales e ideológicos son parte de un mismo momento de funcionamiento, de gestión y de reforzamiento del capital. La movilización de la población, punto de partida de los procesos migratorios, es engranaje consustancial de este esquema.

Poco importa que este antagonismo de clases oponga a sujetos formalmente libres. “No hay lugar para los designios individuales en la sociedad actual. La presión de las fuerzas productivas sobre las personas es despótica. El capital no tiene sentimientos. Cuando no hay trabajo, incita directa o indirectamente a la emigración, convenciendo a cada uno de que la decisión ha sido tomada por propia voluntad. Esa supuesta “voluntad autónoma” de los migrantes, cuestionada por Marx como mera apariencia, no es más que una forma transnacional de la misma dependencia que tiene el trabajador sin capital en su propio país.”[4]

POLÍTICAS MIGRATORIAS ACTUALES DE LOS ESTADOS RECEPTORES[5]

Las políticas actuales de los Estados receptores de migrantes han estado inscritas dentro de una tensión que podría caracterizarse como de inclusión diferenciada.

Se ha instalado la idea de una impermeabilización de las fronteras de parte de los países que detentan posición de privilegio dentro de la jerarquía interestatal a nivel global o regional. Esta representación es cuestionable, pues en estricto rigor dichas naciones están interesadas en recibir migrantes “irregulares” para emplearlos/las como mano de obra barata y sin derechos en segmentos laborales específicos.

Más que de una fronterización primer mundista, se trata de una política de selectividad migratoria que restringe la entrada de personas que aspiran a emplearse en nichos económicos ya cubiertos por la oferta de mano de obra interna y que tolera, e incluso en ocasiones estimula[6], el ingreso de fuerza de trabajo descualificada, ultraflexible y hasta estacional. En países como EE.UU., Suiza y España, estas políticas han dado lugar a una verdadera etnificación de segmentos de la clase trabajadora (institucionalización del racismo).

Una vez arribados/as al país receptor, la regulación estatal consiste en mantener a dicha parte de la clase trabajadora en una inclusión diferenciada: “integrada” como segmento superexplotado y con reivindicaciones laborales mínimas o nulas; “excluida” de todos aquellos derechos propios del status de ciudadanos/as. Velando por esta exclusión inmanente, la regulación estatal se propone ser ante todo un mecanismo de gestión de los mercados internos de trabajo.

Al lado de las y los migrantes “económicos”, encontramos a las y los “refugiados”. Estas categorías institucionalmente creadas, intentan alimentar la idea que existen dos tipos de migrantes, las/os voluntarias/os y las/os forzadas/os. Que quienes se desplazan por razones políticas, étnicas, religiosas, etc., merecerían una protección mayor que quienes intentan escapar de la pobreza. Si bien no se puede desconocer que las causas migratorias de diversos colectivos específicos responden a situaciones sociales de envergadura diferente, es necesario oponerse a que estas diferenciaciones se utilicen para hacer bascular el nivel de apertura o de cierre de las fronteras por parte de los Estados.

La señalada función de “gestión de la mano de obra” que cumple la regulación estatal respecto de las y los categorizados “migrantes”, no aplica para las y los categorizados “refugiados”. Respecto de estos últimos, la izquierda anticapitalista y diversas ONG´s han comenzado a emplear el concepto de necropolítica, en referencia a una política de “gestión de la muerte”.

En los campos de concentración para “refugiados/as”, erigidos las más de las veces de manera espontánea por quienes se avecindan allí producto de las olas migratorias actuales hacia Europa, las poblaciones humanas son relegadas a recintos que no cuentan con las condiciones mínimas que requiere el desarrollo humano –alimentarias, de higiene, de salud, de educación, etc.- y que se encuentran físicamente cercadas bajo estricta y permanente vigilancia policial de tipo carcelaria para impedir la salida de sus habitantes. Se trata de verdaderos ghettos que contienen y separan a las personas que merecen vivir de las que no[7].

Con todo, las y los “refugiados” de los campos son los que han tenido suerte. Desde 2014 a la fecha, sólo en el mar Mediterráneo más de 13.000[8] personas han muerto en su intento por llegar a distintos países de Europa. Es imposible creer que, en la época actual, la tecnología militar aplicada al control de las fronteras no pueda detectar embarcaciones que navegan clandestinamente con cientos de personas a bordo.[9]

Los “cálculos felices” que hace Naciones Unidas por la disminución del “record” de muertes en lo que va de 2017 en relación al año pasado, no pueden ocultar el alcance de estos verdaderos crímenes de lesa humanidad cometidos contra quienes huyen de la guerra hacia territorios de paz. Lo cierto es que la paz no alcanza para todos/as. El capital ya no sólo fuerza las migraciones y superexplota a sus protagonistas, sino que gestiona la muerte de quienes, por no poder producir o consumir en un momento dado, sobran.

En síntesis, la gestión estatal predominante de las migraciones hoy, oscila entre una inclusión diferenciada de la población “migrante” y una necropolítica de la población “refugiada” y/o “sobrante”, relegada a campos concentración en el mejor de los casos, y a fosas comunes a cielo abierto en el peor.

Realidad migratoria en Chile

A pesar de que se ha ido instalando la idea un “problema” migratorio en Chile, las cifras locales se corresponden con la media mundial (3%), revelando que, si bien la migración ha aumentado, el país está lejos de ser un lugar preferente o destacado de destino en Latinoamérica.

Saldo migratorio

Chile sigue teniendo un saldo migratorio negativo –es decir, el número de chilenos/as que viven fuera del país es mayor al número de extranjeros/as que viven en Chile (cerca de 900.000[10] versus cerca de 600.000[11])-. Sin embargo, esta brecha se ha ido acortando por dos razones sencillas: primero, el peack de emigración de chilenos/as al extranjero se produjo entre los años 1971 y 1990, coincidiendo de manera exacta con el periodo de dictadura militar y de crisis económica profunda de los años 80´s, ambas condiciones que ya no subsisten; segundo, Chile se ha ido convirtiendo paulatinamente en un país de destino para migrantes de la región. En esto último ha incidido tanto la relativa estabilidad económica y política local, la posibilidad más o menos sencilla de conseguir trabajo (por precario que sea), así como la ampliación artificial del consumo mediante el fácil acceso al crédito.

En lo inmediato, todo indica que los elementos de atracción de migrantes permanecerán relativamente estables en el país y que, de ser así, el saldo migratorio seguirá disminuyendo hasta tornarse positivo en un plazo muy breve -2 o 3 años si se sostiene la tendencia actual-.

La “industria” de la migración ha llegado a Chile

En torno a las migraciones internacionales se ha desarrollado una verdadera industria de alcances legales e ilegales, que “requiere un examen de la cada vez más compleja infraestructura de actores y actividades empresariales que facilitan y sostienen los desplazamientos de población entre países. A ese conjunto de actividades y empresas diversas se le puede denominar como el “otro” motor de la migración. La industria de la migración comprende actividades como el financiamiento de la migración, el reclutamiento de mano de obra, el ‘coyotaje’ de migrantes y la prestación de servicios de asesoría legal, así como los servicios de transporte de migrantes, envío de remesas, la venta y promoción de vivienda en destinos migratorios, entre otros.”[12]

Toda una serie de mecanismos económicos y sociales que operan con fuerza en la vida cotidiana de muchos/as migrantes, son a veces invisibles para la población nacional. Quedará pendiente en este artículo el análisis del desarrollo de esta “industria” en Chile, pero es fundamental tener conciencia de su existencia y comenzar a visualizarla. Mencionaremos, por su importancia, sólo el caso de las remesas, de las cuales se tienen datos oficiales a nivel global y nacional.

De acuerdo al BM, al 2016, el volumen mundial de remesas llegó a los US$610 mil millones, cifra comparable al PIB de países como Suecia o Argentina. Las remesas enviadas a los países pobres representan en total más de tres veces el volumen de la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) que entregan los 22 países más ricos a más de 130 países pobres[13], y representan también mayores volúmenes de dinero que la inversión extranjera directa (IED) de las empresas transnacionales en diversas regiones subdesarrolladas del globo[14].

En el mundo, las remesas crecen a un ritmo mucho más elevado que la cantidad de personas migrantes, impulsando los ingresos en distintos lugares del planeta. En lo local, a pesar del saldo migratorio negativo del país, las remesas enviadas a Chile desde el exterior alcanzaron los US$248 millones en 2016, mientras que las enviadas desde Chile al exterior llegaron a los US$606 en el mismo año.

En entrevista con un periódico nacional, el gerente comercial de AFEX en Chile, comentaba que el fuerte incremento de operaciones de envío de dinero “ha significado ampliar la capacidad de las sucursales, remodelándolas para tener más cajas. A veces quedamos topados, con una demanda sobrepasada. Cualquier oficina hoy, se proyecta con el doble de espacio. Hay bastante más competencia en el negocio, hay mucho interés ante el aumento de la inmigración”.[15]

El aumento de los flujos migratorios, base del desarrollo de diversas ramas, supone un interés económico inmediato para los capitales ligados a dichos nichos, cuestión que puede ser subjetivamente obviada con fines populistas por los discursos de corte racista y nacionalista de ciertos sectores políticos de la burguesía, pero que en ningún caso es objetivamente ignorada por ellos.

Políticas migratorias del Estado de Chile

La migración ha sido una preocupación temprana para el Estado de Chile. Desde las primeras políticas migratorias los sectores dominantes mostraron sus rasgos racistas, estimulando el poblamiento de zonas poco habitadas del sur del país -incluido gran parte del territorio mapuche- con migrantes blancos, proponiéndose con ello “mejorar la raza” con extranjeros/as de origen europeo.

La dictadura militar introduce una regulación migratoria el año 1975 -vigente hasta hoy-, que pone énfasis en una abstracta defensa de la “seguridad nacional” respecto de los elementos foráneos y cuya aplicación tiene al presente un alto componente discrecional y, por tanto, arbitrario. Se trataba entonces de “proteger” a la población chilena del “cáncer marxista” supuestamente proveniente desde el exterior. Este estatuto dictatorial estuvo pensado para un tipo específico de extranjeros/as, en un contexto político con prioridades muy demarcadas que no se corresponde con la realidad migratoria actual.

Las y los migrantes que hoy arriban al país provienen principalmente de países latinoamericanos y son, en su mayoría, personas relativamente pobres que aspiran acceder a fuentes de trabajo y de ingreso que les permitan mejorar las condiciones materiales de vida propias y las de sus familias.

Los dos últimos gobiernos han coincidido –en unanimidad reaccionaria- en la necesidad de dar un nuevo marco regulatorio a las migraciones, presentando tanto Piñera (2013) como Bachelet (2017) proyectos de ley muy similares sobre la materia. El proyecto actual es armónico a nivel internacional con las políticas estatales OCDE ya descritas y, a nivel nacional, con las legislaciones democráticas posdictatoriales: continúa y perfecciona el enfoque de seguridad nacional heredado de Pinochet, enfatizando en los controles de entrada y expulsión de extranjeros/as en base a un “registro de migrantes” y a un catálogo de causales de prohibición de ingreso al país, que será administrado por el Ministerio del Interior; desconoce la migración como un derecho y desconoce la realidad de asentamiento estable de colectivos de extranjeros/as en Chile.

En tal sentido, más que tratarse de una ley de “migración”, se trata de una mera ley de “extranjería segura”, que incorpora al país a la política global de gestión y control de los flujos de mano de obra, incentivando indirectamente la entrada irregular de personas y reforzando la lógica de reproducción del capital y de sus relaciones de clase actuales.[16]

Hacia una política de unidad anticapitalista de la clase trabajadora

El capital es un sistema mundial que en su expansión y en su función explotadora no reconoce ni respeta nacionalidades, razas, culturas, identidades, afectos y arraigos. Al tiempo que la burguesía defiende y se beneficia de la caída las fronteras mercantiles, promueve desde la tribuna del poder político de cada país ideas xenófobas y nacionalistas entre la población; desde el poder de mando empresarial promueve condiciones salariales y de trabajo desiguales con el fin de mantener la escisión de las fuerzas asalariadas.

El asunto no es novedoso. En su obra “Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda”, Marx y Engels reparan temprano en las consecuencias de esta política: “Todos los centros industriales y comerciales de Inglaterra tienen ahora una clase obrera que está dividida en dos bandos enemigos: proletarios ingleses y proletarios irlandeses. El obrero inglés corriente odia al obrero irlandés como a un competidor que hace descender el nivel de vida; se siente, frente a él, miembro de la nación dominante y se transforma, precisamente por eso, en instrumento de sus aristócratas y sus capitalistas contra Irlanda, con lo cual consolida el dominio que ellos ejercen sobre él.[17]

No existe la tan mentada “crisis migratoria”, lo que existe es un sistema social en crisis. La migración no es un “problema”, es la gestión económica e institucional capitalista la que se aprovecha de las diferencias de nacionalidad, de etnia, religión, sexo o raza para establecer trabajadores/as de primera, de segunda, de tercera y hasta de cuarta categoría. Allí donde estas distinciones no existen, el capital las inventa, como pasa con las formas externalización de mano de obra –subcontrato y suministro- y con el trabajo a honorarios. Hay casos en que incluso las y los trabajadores, en lugar de ser remunerados por su trabajo, pagan al empleador por trabajar –empaquetadore/as de supermercados, algunos/as vendedoras ambulantes “dependientes”, etc.-.

Desde el punto de vista programático anticapitalista inmediato, la realidad migratoria del país presenta tres aspectos urgentes a abordar. Primero, la defensa de la igualdad de derechos económicos y sociales de las personas migrantes. Es cierto que en Chile estos derechos son prácticamente inexistentes también para la población local, pero los pocos que hay deben ser iguales para todos y todas. Los derechos que faltan por conquistar tendremos que lucharlos en conjunto, como miembros de una misma clase. Segundo, el fortalecimiento orgánico del movimiento sindical. En la medida que existan sindicatos por rama y una central única con verdadero poder negociador, las discriminaciones y abusos de que es objeto la población migrante asalariada conocerán un freno, porque podrán pactarse condiciones comunes de trabajo que no permitan al capital aprovecharse de las infinitas segmentaciones y divisiones que establece en desmedro de sectores específicos, que terminan por domesticar y presionar a la baja las condiciones del conjunto. Eso ayudaría a superar, en un aspecto –el laboral-, la infame política del “penúltimo contra el último” instalada en las filas del pueblo. Tercero, y este es el punto más difícil, tenemos la tarea de disputar ideológicamente al capital dentro nuestra clase.

“Ningún ser humano es ilegal” no es un clisé. Es oponer a la realidad de desigualdad, la perspectiva de la igualdad humana. Migrar es un derecho humano fundamental, no es un derecho para algunas personas de determinadas naciones o de determinadas razas, es un derecho que tiene toda persona en un planeta en que impera la barbarie para pueblo enteros y en que impera una política biocida respecto del medioambiente, sustrato último de la vida. La guerra del capital contra la vida repone aún con más fuerzas que en el pasado la base material del internacionalismo, del anticapitalismo y, hoy, del ecosocialimo.

Para la disputa ideológica podemos valernos de muchas herramientas. Tenemos que usar las que existen y también tenemos que crear. Lo más elemental es combatir todas las formas de discriminación y racismo en todos lugares en que tengamos presencia orgánica o individual; en las escuelas, en las calles, en los lugares de trabajo, en los centros de salud, en las actividades culturales, en las organizaciones feministas, en los sindicatos. El racismo tiene que ser combatido explicando claramente que se trata de una expresión ideológica de la clase que nos explota, de la clase que es nuestra enemiga y con la que no compartimos ningún interés común. Es decir, debe ser combatido no desde el paternalismo hacia las y los migrantes, sino desde lo radical. De eso se trata la disputa ideológica.

En este último punto, en la disputa de la consciencia de clase, está la clave estratégica. “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”. Si tomáramos esta afirmación en abstracto, tendríamos que concluir que todo esfuerzo tendiente a transformar las ideas dominantes que la mayoría de las clases oprimidas detentan, estaría condenado a la infertilidad.

La experiencia histórica ha demostrado que es posible que la consciencia experimente transformaciones radicales, pero estas transformaciones no se suceden espontáneamente, si no que responden en importante medida a la acción -también consciente- de sectores organizados de las clases oprimidas, que han defendido y propagandizado sistemáticamente una ideología y un proyecto social diferente y opuesto al hegemónico.

A diferencia de la burguesía, el proletariado no puede alcanzar una posición económicamente dominante dentro del capitalismo antes de conquistar del poder político. Dicha conquista se convierte en condición previa y en el punto de partida de la implementación de medidas tipo socialista –o poscapitalistas-. Esta característica sitúa el problema de la consciencia política de clase en un sitial estratégico, convirtiéndose en uno de los pilares de la teoría marxista de la revolución en el siglo pasado (Lenin, Gramsci, Lukács). Debemos incorporar la realidad migratoria a esta lectura.

La acción anticapitalista encuentra un énfasis preferente dentro del campo de la subjetividad y de las leyes con que se operan sus transformaciones. No se trata de establecer un hiato arbitrario entre objetividad y subjetividad -desde un punto de vista marxista estricto todo, incluso el pensamiento e ideología de las clases oprimidas, son parte de una materialidad objetivamente inteligible-, sino de fijar una separación epistemológica entre aquellos elementos de la situación objetiva que pueden ser cambiados por la acción de las organizaciones anticapitalistas -estando éstas ordinariamente en una situación de minoría-, de los que no.

En tal plano, la autocomprensión cabal del problema de la opresión se torna central para toda la actividad política transformadora, pues se trata, para la mayoría social, de conocerse conscientemente a sí misma y de desprender, de este conocimiento, las tareas programáticas que se corresponden con sus objetivos.

Al fijar nuestras tareas ante la realidad migratoria, debemos cuidarnos de no caer en el sustitucionismo. No habrá conquistas para las y los migrantes sino en virtud un movimiento encabezado por sus protagonistas. La incorporación de los sectores migrantes a la lucha reivindicativa y a la lucha política cuenta con específicas y extraordinarias dificultades –desde la exposición a problemas legales agravados, pasando por las expresiones xenófobas que provienen del seno del propio pueblo, hasta la amenaza de despido que puede costar la estabilidad jurídica de permanencia en el país-. Los que en calidad de “nacionales” defendemos el derecho humano a migrar y a la igualdad de derechos, debemos abrir nuestros espacios organizativos y nuestras herramientas profesionales para el desarrollo de la organización y la lucha de las y los migrantes en el marco más seguro posible. No se trata de beneficencia, se trata de allanar el camino a la más amplia unidad clasista para librar la lucha contra el capital.

 

NOTAS

[1] http://bancomundial.org/es/topic/migrationremittancesdiasporaissues/overview. En relación al número de personas migrantes, importa aclarar que se trata de cifras de organismos oficiales que difícilmente corresponden a cuantificaciones exactas. Existen criterios extremadamente diversos para categorizar la calidad de “migrante” -que van desde la medición del tiempo de permanencia de una persona extranjera en un país determinado, hasta aquellas basadas en la nacionalidad-; al respecto, hemos preferido ocupar un criterio amplio, que es el número de personas que viven en un país de diferente al de su nacimiento, lo que supone a su vez otras complicaciones, puesto que muchos países han transitado por cambios importantes en sus fronteras en relación al momento del nacimiento de parte de su población. Por otro lado, no es posible estimar el número de aquellas personas en situación “ilegal”, clandestina” e “irregular”.

[2] La ACNUR es el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. http://www.acnur.org/recursos/estadisticas/

[3] http://www.envio.org.ni/articulo/964

[4] https://www.academia.edu/19105386/Observaciones_de_Marx_sobre_las_migraciones

[5] Se hace referencia, en general, a las políticas implementadas por los Estados miembro de la OCDE.

[6] En 2011 las organizaciones empresariales del sector agrícola de Chile solicitaron a la entonces Ministra del Trabajo, Evelyn Matthei, una reforma que permitiera incrementar en las faenas de cosecha de temporada el porcentaje de trabajadores extranjeros permitidos por la ley (de un 15% a un 25%). El empresario agrícola Francisco Javier Errázuriz pidió al Ministerio del Interior y a la jefa del Departamento de Extranjería de la época, la creación de “un sistema expedito de inmigración” para aumentar la captación de mano de obra extranjera para sus empresas. http://ciperchile.cl/2011/07/05/las-presiones-de-los-empresarios-agricolas-por-abrir-las-fronteras-a-trabajadores-extranjeros/

[7] Célebre es el caso del muro de Calais, situado en la frontera de Francia con Reino Unido y construido en 2016. De un kilómetro de largo y 4 metros de alto, este muro busca frenar el paso de migrantes desde Francia al canal de La Mancha. Hacia el lado de los migrantes, el muro es de color gris. Hacia el lado de los franceses, está decorado con plantas. Cuenta con cámaras de vídeo con vigilancia permanente. Este muro buscaba reducir los asaltos de migrantes a los camiones que cruzan la frontera. Según la policía, antes de la construcción del muro, hasta treinta veces por noche debían intervenir para dispersar a grupos de personas “refugiadas” que aspiraban acceder a un medio de transporte hacia un nuevo destino. https://elpais.com/internacional/2016/09/07/actualidad/1473269432_607764.html

[8] http://www.abc.es/internacional/abci-mediterraneo-mayor-cementerio-migrantes-mundo-2017-2700-muertos-201710062052_noticia.html ; https://eacnur.org/es/actualidad/noticias/emergencias/2016-record-de-muertes-en-el-mar-mediterraneo

[9] http://vientosur.info/spip.php?article12497

[10] http://www.chilesomostodos.gov.cl/wp/wp-content/uploads/2015/07/Registro-de-Chilenos-en-el-Exterior-2003-2004.pdf

[11] http://www.pulso.cl/economia-dinero/censo-2017-gobierno-estima-poblacion-extranjera-llegaria-las-600-mil-personas/

[12] En “La industria de la migración en el sistema migratorio México-Estados Unidos”, Rubén Hernández L. ofrece un completo análisis sobre este tema. https://trace.revues.org/1147

[13] http://www.bancomundial.org/es/topic/migrationremittancesdiasporaissues/overview

[14] http://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2014/10/06/remittances-developing-countries-five-percent-conflict-related-migration-all-time-high-wb-report

[15] AFEX es la sigla para Associated Foreign Exchange, empresa transnacional dedicada al mercado de divisas. http://www.latercera.com/noticia/envio-dinero-desde-chile-haiti-aumento-casi-400-2016/

[16] http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/08/27/proyecto-de-ley-de-migraciones-la-modernizacion-reaccionaria/

[17] “Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda”, Karl Marx y Friederich Engels. Citado en “Observaciones de Marx sobre las migraciones”, Hernán Díaz. https://www.academia.edu/19105386/Observaciones_de_Marx_sobre_las_migraciones

 

 

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