Hubert Robert, Une Vue fantastique de Tivoli, 1789

“¿Por qué no están en el Frente Amplio?” Ideas para un proyecto contrahegemónico

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“Ya pero, ¿y por qué no están el Frente Amplio?”

Hace algunos meses, conversando un amigo que no está involucrado en política de forma militante, pero que suele estar atento a lo que sucede política y socialmente, me sorprendió con la siguiente pregunta: “Ya pero, ¿y por qué no están el Frente Amplio?”.

Rebobinando. Por el desenvolvimiento de la conversación, no estaba interpelando a la organización en la cual milito en singular, sino que a toda la pléyade de colectivos y organizaciones que, estando dentro de las coordenadas generales de la izquierda, nos ubicamos al margen y más allá de lo que entiende y delimita una persona –con el perfil de mi amigo– sobre lo que es el “escenario político” y el “qué hacer” en un marco público y nacional.

Acotando el problema

Ante la pregunta, se me vinieron muchas razones así como formas de abordar la respuesta.

En algunos casos la razón estriba en la incapacidad objetiva, falta de madurez de nuestras organizaciones para siquiera plantearse una resolución así. Algunas veces se esconde en un radicalismo discursivo, en posiciones principistas (el poder institucional es tóxico y fin) o atrapadas en el binarismo “reforma o revolución”. En muy menor medida en posiciones ideológicas incompatibles con ciertas vías de hacer política. En otros casos las razones se anidan en traumas, desconfianzas heredadas o discusiones no resueltas desde ciertas tradiciones políticas en que ciertos tópicos del plano estratégico y táctico les significan un tema sensible. Y también otras razones que son más de fondo, que se abordarán más adelante, pero que en un enunciado simple, que subsume lo anteriormente expuesto, no se han pronunciado por la inexistencia de una estrategia común con implicancias de orden práctico (porque estrategias en el plano retórico sí que hay). Situación que se condiciona recíprocamente con un estado de desunión o fragmentación que no nos deja hablar ni discutir con la fluidez, profundidad y resolución necesaria.

Ahora, no le dije todo eso a mi amigo o al menos no así. La pregunta era clara y me obligaba a encauzar la respuesta a la pregunta sobre el Frente Amplio.

Despejando la ecuación

Afinando mi respuesta, fui descartando algunas de las razones que suelen mostrarse como lugar común para diferenciarse del FA y que a mi juicio no lo son, pero que requieren ser enunciadas para aislar las razones de fondo.

Primero. No creo que exista una diferencia de fondo en el plano de las ideas o contenido ético-político.  Al menos no en el carácter de radicalidad u horizonte a seguir. No me refiero a todas las organizaciones claramente, pero un conjunto no menor de ellas tiene ideas similares, en muchos casos idénticas, quizás con algunos matices, pero que no sustancialmente distintas, como para justificarse en ese punto. Sobretodo si las contrastamos con las ideas del enemigo. Con esto quiero descartar los “somos más de izquierda” o que los entes “más allá” del FA somos algo así como el “extremismo” o una “enfermedad infantil”.

Tampoco el tema de fondo, a mi parecer, es el de las vías a la luz del clásico dilema ‘Reforma o Revolución’. En la misma línea que lo anterior, las veces que he visto acudir a ese comodín desde posiciones “revolucionarias”, suelo ver justificaciones para esconder impotencia política o para conservar una posición moral porque sí. Aprovecho de decir que, a mi juicio, ese esquema no tiene ninguna relevancia práctica hoy en día.

Tampoco creo que sea, planteado así a secas, el factor “composición de clase”. Aquí me meto en un tema más espinoso. Es evidente que la conducción del FA la tienen los descendientes familiares y partidarios directos de la elite (sociedad política/sistema de partidos actual) que se reproduce principalmente en Santiago desde la Universidad de Chile y la PUC. Pero si nos olvidamos un momento de la distribución de poder interno y ponemos el foco en un factor cuantitativo, en cierto sector de organizaciones no hegemónicas (como Partido Igualdad, IL o Ukamau), así como en la militancia o adherencia de regiones, la composición social no es distinta a la de nuestras organizaciones de izquierda.

Entonces, si no se trata de que “seamos más de izquierda”, si tampoco es el esquema binario reforma o revolución y tampoco lo explica, así, cuantitativamente, el factor “composición de clase”, ¿dónde pudiera haber una verdadera diferencia? Bueno, efectivamente hay un delta, que se anuncia en la tercera razón pero que no es la tercera razón así planteada y que resumo como: la tensión entre la ‘lucha de generaciones‘ dentro de la sociedad política (verdadero dinamizador explicativo del éxito relativo del Frente Amplio) y la lucha por la recomposición de un bloque histórico dentro de la sociedad civil, (que habita en nuestra pléyade de organizaciones y también, de forma subordinada, en el FA, demostrable en la composición de su bancada electa y la sobre-representación de RD, pero de forma más ilustrativa en las y los dirigentes de amplia trayectoria y experiencia que simplemente quedaron fuera de representación en el Congreso; de lo que hasta da para hacer un análisis estético).

En otras palabras

Para decirlo en otras palabras, intentando descomprimir ciertas formulaciones teóricas en un desglose más pedagógico: Cuando afirmamos que una sociedad dividida en clases, entre dirigentes y dirigidos, se auto-reproduce, es porque constatamos que, al menos en términos gruesos, la descendencia de la clase capitalista, muy probablemente será clase capitalista en el futuro, o la descendencia de la clase trabajadora, muy probablemente seguirá siendo clase trabajadora; determinismo que es mucho más fuerte en las franjas de la clase trabajadora más pobres.

Aquella dinámica social no opera porque vivamos dentro de un bucle ni bajo un sino inevitable. Se explica porque la median instituciones históricas que deben ser sostenidas día a día, año a año, que emplean a mucha gente y cuentan con muchos recursos dispuestos con el fin de que –efectivamente– se nos muestre como un bucle.

Lo anterior, para el caso puntual al que nos estamos abocando, genera inercias. Inercias que –aquí va la explicación de lucha de generaciones– por un lado favorecen a los “hijos de la elite” a realizar su destino rebelándose a sus padres para relevarlos de su lugar (toman conciencia, obtienen la mancipatio, y despliegan su ser contenido) y hacerlo mejor que ellos (énfasis moral / anti-corrupción); y por otro lado, para quienes son los hijos e hijas de quienes nunca tuvieron poder social (capacidad decisional sobre las instituciones que organizan la vida común), la inercia ser enraiza psíquicamente como una baja autoestima generalizada respecto de la posibilidad siquiera de ejercer el poder político en serio. Lo que, en el plano de nuestras organizaciones, se expresa también como una retórica y estética paralizante de la resistencia y derrota. Y que opera como anticuerpos en muchos quienes  vemos desde afuera algunas de las dinámicas del FA.

Climax

Afirmándome en lo anterior, la respuesta para mi amigo se concentró en explicar la inercia favorable (y repelente) del eje que conduce al FA y la inercia negativa que se expresa en una multiplicidad de problemas y vacíos enunciados en nuestro sector y que nos tienen como estamos.

Estas inercias hoy se despliegan con mucha fuerza y pureza al no existir un proyecto contra-hegemónico o contra-inercial (el más importante en Chile, derrotado en 1973). La dictadura destruyó las bases para eso. Es lo que hay y no es “culpa” del FA. El último acontecimiento sacó esas inercias del plano potencial y se objetivaron como realidad concreta. Realidad concreta ineludible que hoy tienen en un caos a gran parte de las organizaciones del FA y que a nuestro juicio es clave entender como punto de partida para re calibrar nuestra brújula, re-situarnos, proyectar y despejar tanta confusión, parálisis y perplejidad.

Re-situándonos

Nuestra izquierda, la que está fuera y la que está dentro del FA e independientemente del nombre, no debe medirse por los parámetros que propone el vórtice que abrió la lucha de generaciones (que he visto con mucha ingenuidad u oportunismo confunden con lucha de clases) y que acarrea un fetiche con el poder institucional, incentiva prácticas de suplantación, des-capilariza a las organizaciones las luchas y conflictos vivos y latentes y re-capilariza en la conformación de adherencias y bases electorales laxas, así como, correlativamente, remodela sus organizaciones y subordina su acción fundamentalmente al efectismo electoral.

Nuestros parámetros, de manera afirmativa, deben medirse en el marco de mayor o menor madurez o grado de desarrollo de un bloque histórico, político y social en una lógica contra-inercial. Ya podremos discutir sobre esos parámetros. Lo que es seguro y transversal es que sí o sí, debemos crear/ser parte de un nuevo centro de gravedad que hoy no existe, que estimule la recomposición de un bloque histórico y que aquello se exprese en cada acción colectiva, práctica, articulación, construcción discursiva, estética, etc. No podemos seguirlo haciendo de manera fragmentada. Y tampoco debemos angustiarnos ni impacientarnos frente a la velocidad de la “lucha de generaciones”. Asumir que somos parte del proyecto que lucha “contra la gravedad” debe aceptar lo necesariamente pesado, difícil y sin atajos que implica un proyecto de esta envergadura. Estamos hablando de pesados complejos y una derrota política relativamente reciente en la que hemos sido postergados de la capacidad de decidir sobre nuestras vidas, negándosenos incluso la posibilidad de imaginarnos como constructoras y constructores protagonistas de nuestra historia.

Lo anterior no implica abstraernos de la lucha en el terreno electoral o institucional, ni recluirnos en una cómoda e infinita lógica de “acumulación de fuerzas”. Todo lo contrario, debemos participar en todos los terrenos y ser activos en cada coyuntura, en una lógica despierta de ‘guerra de posiciones’, pero con presencia y personalidad propias. Tributarias de otro centro. El centro contra-inercial de construir un bloque histórico.

Y esta decisión no es por capricho ni exaltaciones identitarias. Es porque la evidencia histórica nos ha enseñado que cuando el conflicto lo atrapa la lucha de generaciones (o vía intra-elitaria) fracasa estrepitosamente (revueltas pipiolas del XIX, 1891, 1932) y que cuando se pudo construir el embrión de un proyecto político-social entramando un bloque histórico (vía popular), logramos, al menos, abrir una etapa inédita en nuestra historia como país. Un proceso sustancialmente democratizador, anti-oligárquico, destituyente y con elementos instituyentes de una sociedad nueva.

Aquello se logra sin desperdiciar ninguna experiencia, re-apropiándonos crítica y reflexivamente de nuestra historia política, la que se extiende más allá de nuestra propia trayectoria en la fase de conflictividad en regímenes civiles neoliberales y las luchas de resistencia durante la Dictadura.

Nos obliga a remontarnos sobre el inicio de un proceso que, con discontinuidades y muchas fracturas, tuvo su génesis en la segunda parte del Siglo XIX, en el origen del entramado mutualista, la primera recepción del feminismo a través de las primeras experiencias organizadas de resistencia, solidaridad de clase, auto-educación y solución común a los problemas comunes. La que abrió los cauces en la recomposición del Movimiento Popular, en el desarrollo del sindicalismo, en la lucha barrial y campesina, en sus primeros partidos de clase y que alcanzó su nivel más maduro en el embrión de bloque histórico – Unidad Popular-MIR[1].

Post Scriptum

Por ahora lo dejaré hasta acá, adelantando mi interés en aprovechar este espacio para profundizar en otros temas a partir de lo enunciado. Por ejemplo, en lo relativo a detallar más como esta tensión “lucha de generaciones” en la sociedad política y “recomposición de bloque histórico en la sociedad civil”, se ha expresado en la historia de Chile como “vías” (vía intra-elitaria / vía popular). Profundizar en su uso pues, para nuestro entender, presenta una fórmula mucho más explicativa para el hoy que el esquema ‘reforma o revolución’ (y más aún que el degradé de izquierda) y que debe ser lo suficientemente responsable como para aceptar que en Chile, ninguna vía se ha dado en estado puro, ni tampoco de forma separada. Son inercias y vías que, al parecer, por lo pronto e inevitablemente, co-existirán en sociedades con las características de la nuestra, desplegándose potenciaciones, repelencias e imbricaciones en sus trayectorias. Cuestión que puede servir tanto para hacer juicios sobre nuestra historia política, como a la hora de ser precisos al determinar nuestra relación contingente con los sectores necesariamente ubicados en la dinámica “lucha de generaciones” o “vía intra-elitaria”; y por supuesto, sin perder el horizonte –parafraseando al Bauchi–  de superarla.

NOTAS

[1] Esta denominación de bloque histórico pretende salir de la visión reducida que cataloga a la UP como un Frente de partidos específicos. Acá nos referimos a toda esa fuerza social progresiva de carácter popular expresada en un conjunto de organizaciones, sindicatos y embriones de poder popular que se dotaba de conducción política a través de ciertas franjas partidarias de partidos de la UP y del MIR que actuaron como una unidad múltiple y que coexistieron con elementos conservadores en todo el arco de partidos.

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