De la serie "Folklor Insurrecto", Francisco Papas Fritas

Negro Kuriche. Elementos para un proyecto político champurrea.

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Negro Kuriche es una redundancia racista. Kuri es negro en mapudungun, y como se sabe, che significa gente. Es decir que cuando niño, aquel que, por cargar una piel morena, era marcado con la frase Negro Kuriche, se le estaba diciendo negro dos veces. La profundidad del pigmento como factor diferenciador, desafortunadamente, no se circunscribe a la mofa escolar, sino que tiene un lugar fundamental en el derrotero de desigualdades y jerarquías en Chile. Lo que sigue son reflexiones sobre aquella huella colonial, una interpretación para re-pensar el racismo como un elemento fundamental de las relaciones de producción en América Latina, la cual adquiere especificidades dado el desarrollo periférico de nuestro capitalismo, que unge para existir combinadas relaciones de producción. Es que en nuestro continente, la relación capital-trabajo esta manchada de condecoraciones y estigmas, lo cual ha definido no una diferencia en el plano de lo multicultural, sino que ha construido jerarquías que permiten sostener que la escala de alteridad implica desigualdad y segregación.

Por cierto, estos debates durante el siglo XX fueron muy poco considerados al interior de los proyectos políticos de izquierdas en Chile. Colonialismo y Racismo fueron dos palabras muy alejadas del criollo lenguaje revolucionario, dado que todo podría ser reducido al aspecto fundamental: la lucha de clases. Los trabajadores, los obreros, aquel motor de la historia carecía de marcas e identidades, sus cuerpos solo hablaban de la explotación. Desde mi punto de vista ello tiene relación con la imaginería nacional que abonó también la construcción del sujeto revolucionario chileno, carente de negro e indio, muy blanqueado en su mestizaje de empanada y vino tinto.

Con todo, visualizó tres nudos problemáticos para pensar el carácter de un programa radical en Chile: ¿Qué implica que un proyecto revolucionario se defina anti-racista? ¿Es posible la emancipación de la clase obrera en Chile, sin la descolonización de Wallmapu? ¿Cómo no imaginar en América Latina el motor de la historia manchado de indio, de negro? Aquí vamos.

Colonialismo y racismo

Negros encerrados en un navío, Mauricio Rugendas (c. 1815)

Juan Mauricio Rugendas (1802-1858), pintor alemán, viajero incansable por la América Latina del siglo XIX, parte fundamental del romanticismo pictórico en Chile, dejó entre otras obras la que aquí se reproduce, denominada Negros encerrados en un navío. Rugendas es recordado por su costumbrismo idealizador, mediante el cual edificó la imaginería de un espíritu nacional asentado en paisajes naturalizados de la chilenidad campesina y popular. Ahora bien, el pintor alemán, así como intentó instalar supuestos rasgos originales de la nación, también generó una crítica a la construcción misma de la modernidad, pues desde su raigambre romántica Negros encerrados en un navío es una obra que en tiempos abolicionistas tensiona la construcción de las repúblicas latinoamericanas. Aquel ideario liberal-conservador de la nación patricia, cuya población descendía de aquellos países en que la negrura y la marca del indio era opacada por la voracidad racial del hombre blanco-europeo, era cuestionada por el pincel del alemán Rugendas, quien trazaba la historia velada de Nuestra América, aquella construida sobre cuerpos racializados, es decir, inferiorizados mediante un ejercicio pigmentocrático, ubicados desde el pensamiento racista como elementos explotables, como cuerpos utilizables en la maximización del plusvalor capitalista. Aquellos cuerpos negros, esclavizados, viajando por el Atlántico, fueron, al igual que las vidas indias atrapadas como encomienda por el poder colonial, las que alimentaron también la acumulación primitiva para el despunte del capital.

Es que la raza constituye una invención entroncada a la modernidad y el capitalismo. La acumulación originaria de Marx no se debería comprender sin la centralidad de los estigmas que cargaban los pueblos y territorios conquistados, despojados y colonizados, es decir, es imposible hablar de la circulación del capital y las mercancías, incluso hasta hoy, sin prever las significaciones que envuelven la imaginería del otro oprimido. La idea de raza determinó roles y jerarquías, acuñó en un primer momento la diferencia en torno al pigmento como desigualdad natural; es lo que en América Latina se llamó sociedad estamental. Todo ello, por cierto, ha configurado largos años de colonialismo, modificando su apariencia durante cinco siglos, mediante el cual se han extraído los recursos que se han convertido en la base material del proceso de industrialización y modernización capitalista.

El capitalismo, articulado a la racialidad de los cuerpos y territorios despojados, han constituido parte fundamental de la larga historia colonial, la cual se ha enraizado en las múltiples relaciones entre deseables e indeseables, entre condecorados y estigmatizados, hasta nuestra contemporaneidad. De este modo, pensamos que la emergencia de las repúblicas latinoamericanas no han superado la matriz colonial, sino que solo han modificado su exterioridad mediante lo que se ha identificado como colonialismo interno, concepto que abre paso a reflexiones que analizan la consolidación de las repúblicas del continente como herederas de una matriz colonial fundada en la conquista y colonización europea, pero atravesadas durante la segunda mitad del siglo XIX por renovadas formas de legitimación, ya no construidas desde la otredad continental, sino esgrimidas como fronteras interiores, territoriales y morales, que se presentan para el ideario nacionalista criollo como lastres en el camino a la civilización y el progreso. Entonces, frente a estos lastres, nuestras élites cargando con el “peso del hombre blanco”, no hicieron  más que ejercer lo que delimitaba su destino: colonizar y controlar los territorios infectados de indígenas, negros y pobres; el progreso lo exigía, la nación lo requería… ¡civilización o barbarie!

El colonialismo interno se sustenta y adquiere vitalidad en la inferiorización del colonizado. Lo indio o lo negro se encuentra, hasta hoy, viciado por “defectos ancestrales” que entorpecen el andar civilizatorio. Aquí yace la profundidad histórica de los actuales arranques racistas en el país, tanto contra la población inmigrante racializada, como contra los pueblos indígenas.

Por cierto, el racismo no es un acto singular, no está delimitado por la tolerancia y la lucha contra la discriminación, tiene efectivamente actos concretos y relacionales, en ellos se reproduce, pero corresponde más bien a un sistema de jerarquización entre superiores e inferiores bajo significaciones culturales de específicos rasgos corporales o creencias religiosas, aunque aquellas características realmente no tienen ninguna importancia en la trama del racismo; fue en un momento lo judío, lo moro, lo indio, incluso fue lo populacho, lo descamisado, hoy puede ser lo inmigrante, lo indígena, lo negro. Muy poco importan los rasgos que son construidos como estigmas, o más bien importan en la medida de analizar las singularidades de cada proceso de racialización, pero lo crucial es comprender el hecho de que las jerarquías y desigualdades son mantenidas tanto bajo la explotación del hombre por el hombre, como por construcciones culturales de carácter racial, y por cierto patriarcal, generacional, etc. Estas construcciones culturales, a contrapelo del pensamiento posmodernista, no son únicamente narrativas ubicadas en el plano de las subjetividades, alterando imaginarios sin anclajes, sino que son construcciones, que al igual que un edificio, gozan de una materialidad concreta. Es decir, un rasgo corporal no conlleva un significado intrínseco, ontológico, pero si ese rasgo es adjetivado, y esa adjetivación se transforma en sentido común, el portador del rasgo sufrirá en carne propia ventajas o vejámenes, dependiendo del adjetivo utilizado para calificar aquel rasgo. Así, la morenidad calificada como inferioridad es una construcción racista, pero con efectos concretos en relaciones sociales, económicas, políticas, institucionales. Entonces, la construcción de superioridad e inferioridad puede estar constreñida a cuestiones religiosas, la actual islamofobia en Europa y Estados Unidos por ejemplo, o mediante una escala social determinada por una pigmentrocracia no reconocida, o por un discurso frente a los inmigrantes venidos desde países calificados como inferiores. El estigma que legitima la violencia puede variar según contextos, pero siempre impone jerarquías sustentadas en la otredad construida.

En América Latina, lo negro y lo indio constituyen el resultado de procesos de jerarquización socio-racial históricas, en donde la construcción de alteridad ha definido una segregación entre superioridades e inferioridades, las cuales han edificado cohesiones internas atravesadas por el racismo. Es decir, tanto lo negro, como lo indio no constituyen una realidad ontológica, se construyen mediante una marca corporal y/o cultural significada como estigma, proceso mediante el cual se pueden curtir, con tensiones propias de cada contexto, comunidades de pertenencia. Por cierto, tal cohesión, siempre problemática en el campo de los racializados, tiene mayor claridad en las zonas de privilegio: la comunidad racista tiene mayores capacidades de reproducción imitativa, en tanto son ellos los guardianes del mito aristocrático, legitimado mediante la condecoración de sus cuerpos y subjetividades. Corroer estos sentidos comunes es una tarea fundamental es Nuestra América.

La raza chilena y la blanquitud

En 1904 Nicolás Palacios publicó un libro esencial para la identidad chilena, quizás no tanto por su permanente presencia pública, sino que más bien por su condición de silenciosa marca indeleble. Es el susurro de La Raza Chilena la que ha conquistado las significaciones sobre el qué somos de la chilenidad. La idea de mestizaje como la culminación de un proceso de combinaciones biológicas durante siglos, ha sido uno de los grandes relatos de la nación. Gabriela Mistral, la madre de Chile, en 1934, durante una Conferencia en Málaga, decía:

“La raza [chilena] es más española que aborigen, pero la glorificación del indio magnífico significa para nosotros, en vez del repaso rencoroso de una derrota, la lección soberana de una defensa del territorio, que obra como un espoleo eterno de la dignidad nacional. La Araucana, que para muchos sigue siendo una gesta de centauros de dos órdenes, romanos e indios, para los chilenos ha pasado a ser un doble testimonio, paterno y materno, de la fuerza de dos sangres, aplacadas y unificadas al fin en nosotros mismos” (Mistral, 1934)

Es cierto, el reconocimiento del indio como parte constituyente de la chilenidad es un avance indiscutible frente al relato que anteponía la civilización y la barbarie, allí donde el indio debía asumir el progreso o desaparecer. Ahora bien, el instrumento elegido operó bajo una formulación distinta, pero mantuvo en sus profundidades la sustancia negadora del otro, porque decir que los dos afluentes identitarios son aplacadas y unificados en una nuevo crisol, la chilenidad, equivale a decir que todo mestizo biológico deviene en chileno, imposibilitando la diferenciación indígena, aquel desplazamiento de un nosotros por fuera de la construcción estatal. Así, tal como señala Rita Segato (2007), el mestizaje funcionó como olvido, ya nadie experimenta su condición india, su morenidad rebosante, su afrodescendencia escurridiza, tan solo es un recuerdo del pasado, ahora todos somos chilenos, “mas españoles que aborigen”, constituidos identitariamente bajo el influjo de una chilenidad blanqueada. Por cierto, esta idea de lo chileno tiene mucha relación con los cuerpos condecorados de la historia patria, es aquella oligarquía blanca la que ha definido el rostro de la nación, es que tal como explica Bolivar Echeverria, el capitalismo necesita de la blanquitud, dado que es aquella formulación la necesaria para generar la reproducción de una mano de obra disciplinada, imitativa del patrón colonial. Con ello, tal como dice el intelectual ecuatoriano:

“el racismo de la modernidad capitalista es un racismo de la blanquitud. Lo es, por que el tipo de ser humano que requiere la organización capitalista de la economía se caracteriza por la disposición a someterse a un hecho determinante: que la lógica de la acumulación del capital   domine sobre la lógica de la vida humana concreta y le imponga día a día la necesidad de autosacrificarse, disposición que sólo puede estar garantizada por la ética encarnada en la blanquitud. Mientras prevalezcan esta organización y este tipo de ser humano, el racismo será   condición indispensable de la vida civilizada” (2007)

La clase obrera en Chile se ha definido desde un lugar blanqueado, que no quiere decir blanco en términos de pigmentación, sino que se relaciona con una forma de representarse desplazados de lo indio y lo negro, solo así es comprensible algunos actos racistas que se han vivido al interior del mundo popular contra la población migrante racializada. Estos hechos, sin duda, son alimentados por un discurso que busca la enemistad entre trabajadores locales y extranjeros, lo cual no funciona unicamente como movilizador de odiosidades contra el otro, sino que configura también una comunidad de intereses, unida por la imagen común de una chilenidad blanqueada. Así, el mestizaje de clara tendencia blanca, más española que aborigen al decir de Mistral, funciona como hermandad interclasista, la chilenidad blanqueada es el lugar de encuentro entre la burguesía y el proletariado.

Contra el Colonialismo

El encuentro interclasista basado en la racialidad de ciertas vidas, las indias y negras, se transforma en un poderoso lastre para el desarrollo de las fuerzas emancipadoras de la clase obrera chilena, dado que se vuelve siervo de los intereses de sus opresores. Particularmente, pensando en una fractura de amplias dimensiones históricas en Chile, es posible señalar que si el movimiento popular y los trabajadores no se convencen de la urgencia de la autodeterminación del pueblo mapuche, estarán estropeando su propia capacidad liberadora.

Es que la situación de la sociedad mapuche es la de un encarcelamiento colectivo, desprovistos de derechos por un colonialismo que desde la ocupación chilena, para mediados del siglo XIX, se ha modificado en apariencia, pero ha mantenido su sustancia. La reducción territorial y la imposibilidad del auto-gobierno son heridas que carcomen la dignidad de cualquier pueblo, es una realidad que empobrece y limita la creatividad de todo colectivo histórico. Aquí yacen el ímpetu organizativo de las luchas del pueblo mapuche.

Por cierto, lamentablemente, los procesos de opresión de un pueblo sobre otro no son nuevos, el mismo Marx visualizó someramente esta problemática, dio cuenta de que para alcanzar los fines de la clase obrera era primordial superar contradicciones históricas que igualmente producía el capital, como es por ejemplo la “colonización de naciones oprimidas”, y como consecuencia, las luchas por las autonomías nacionales. Marx señaló alguna vez, en relación a la opresión nacional de Inglaterra contra Irlanda, y a las luchas que de ellas se derivaban, lo que sigue:

“La tarea especial del Consejo Central de Londres es despertar en la clase obrera inglesa la conciencia de que la emancipación nacional de Irlanda no es para ella una cuestión de justicia abstracta o sentimiento humanitario, sino la primera condición de su propia emancipación social” (Marx, 1870).

Es decir, las luchas del proletariado industrial inglés no podía realizarse bajo la condición colonial de Irlanda, de este modo la unión de las luchas era primordial para la misma clase obrera. Al mismo tiempo Marx reconoce una traba cultural que hace más complejo la emancipación de clase obrera inglesa y de la nación Irlandesa, cuando indica que “el obrero inglés ordinario detesta al obrero irlandés (…) se siente, por su parte, miembro de una nación dominante, cosa que lo hace instrumento de sus aristócratas y capitalistas contra Irlanda y consolida con ello el poder de éstos sobre él mismo” (Marx, 1870). Con ello, Marx da cuenta de una preocupación, si bien sucinta en su extensión pero profunda en el análisis, de la cuestión nacional, de la importancia de estas luchas y de la necesidad de comprender también culturalmente las tácticas para la acción, ya que la expansión del capital por todo el mundo no equivale nunca a una homogeneización de la clase obrera, más todavía pensando en el desarrollo desigual y combinada de nuestro capitalismo, tan sui generis, articulando diferentes relaciones de producción, entre ellos el colonialismo interno, para los fines del plusvalor capitalista.

 

Hacia un sujeto champurrea

 

Con todo, lo que buscamos señalar, advirtiendo los fines específicos de esta publicación, es que la matriz mestizo blanca que ha definido gran parte del relato oculto, muchas veces por no ser reflexionado, de los movimientos populares, entorpece cualquier camino de unidad con los pueblos racializados y colonizados, y todavía más, genera una solidaridad implícita a sus propios opresores, dado que son ellos mismos los que fortifican el discurso y las prácticas que magullan las vidas del otro.

Frente a ello es urgente un proceso de descolonización del mestizaje, uno que permita construir subjetividades manchadas de la otredad, una chilenidad manchada de indio, de negro, que no busque transformarse en crisol, que sea una permanente dialéctica sin síntesis, tal como explica para el caso boliviano la compañera Silvia Rivera Cusicanqui con la categoría aymara de ch’ixi (2010). Una sociedad abigarrada, champurreada en términos mapuche, que sienta la urgencia de la descolonización, y que por tanto la practique, alejándose cada vez más del hombre blanco que ha sido por tantos años la figura de su quimera personal.

Por cierto, todo ello implica respetar los tiempos y procesos de los pueblos colonizados, no forzar, porque la creatividad también habita allí. Esto parece de perogrullo, pero desafortunadamente mucha de las izquierdas han tenido comportamientos coloniales que hacen pensar que la fortaleza epistémica construida por Europa, goza de tan buena salud que define la mirada también de los supuestos portadores de la emancipación. No forzar, no buscar comprender todo desde nuestras matrices conceptuales, no imaginar que en nuestros análisis se funde toda la expresión posible de la revolución, porque mancharse de indio implica un desajuste subjetivo, buscar una nueva genealogía. Aquella búsqueda descoloniza, nos separa de una modernidad blanqueada, construida a imagen y semejanza del colonizador, para acercarnos a la otra modernidad, una que viene desarrollando el trabajo preparatorio de la herejía por siglos.

Magíster en Historia y Memoria (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Miembro de la Comunidad de Historia Mapuche.

1 Comment

  1. Es interesante como se trata la identidad, en un contexto donde las expresiones del movimiento mapuche impulsa con justa razón un proyecto de tipo nacional, en este sentido, sujeto el champurria, se esta acomodando (en el texto) a un escenario actual que claramente ha sido ha sido llevado por los propios procesos políticos de las expresiones del movimiento mapuche, que incluso que desplaza fronteras. Por otro lado, las diferencias culturales entre occidente y los pueblos en América Latina son bastantes, no basta con cita de los irlandeses, sin ir más lejos el propio Marx declara la proliferación del proletariado internacional, para esto se debe de modernizar, proceso necesario para la constitución de clases, en consecuencia hay constantes revueltas burguesas que modernizan estos territorios, donde hay una conversión al sometimiento, más aún que extienden el colonialismo, y la asimilación forzada de una cultura ajena. Sin embargo, dentro del texto se ve esa mescolanza (mestizaje) como una condición (que no deja de tener asidero), pero, hay que discernir en que no se puede asimilar de aquella forma, para generar un proyecto en común, que auné fuerzas de tal forma. Son en las diferencias y de qué manera nos vamos relacionando con el otro y otra, en donde están en esos enlaces, los sujetos son dinámicos, y con los movimientos migratorios que se viven en la actualidad, basta para apreciar que en algún momento este sujeto champurria, no va a ser suficiente para abarcar la diversidad presente. Por último, preguntarse cuáles son los dispositivos que actualmente son colonialistas en las izquierdas,arlo desmantelarlo y deconstruirlo, asimismo, relevar y considerar estos otros saberes, fuera de la ortodoxia y filosofía europea, no es un llamado a la vuelta al siglo XV o a una caricatura de lo “ancestral”, sino que una compresión de las formas del quehacer en la reconstrucción de una identidad o de identidades territoriales o de sujetos puestos en contextos palpables (tales como los idiomas, prácticas culturales-económicas-sociales-de org., conocimientos, entre otros) y no de un imaginado bajo ciertos prismas, que restan valor cultural, político, social y que siguen en la senda de una consideración de inferioridad y arrastre hacía programas o estrategias que dejan a un lado la diversidad con la que se cuenta en el escenario actual.

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