Primer balance de la elección presidencial 2017

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La derrota electoral de la Nueva Mayoría, con Alejandro Guillier a la cabeza (22,7%) frente al derechista Sebastián Piñera (36,6%), en esta primera vuelta presidencial, plantea una nueva transición política en el país, la cual se desarrolla en el marco de una aguda fractura económica, social y política.

El régimen político, que buscó darle una salida pactada a la dictadura y planteó una política de protección de la herencia pinochetista, basada en el uso de los planes de asistencia social en un cuadro de confiscación extrema del salario, se ha comenzado a venir abajo. Este proceso se inscribe en el marco de un agotamiento más general del concertacionismo y de sus recursos políticos. Esta política “subsidiaria” ha jugado un rol de contención de la iniciativa de lucha independiente de las masas que se han movilizado frente al derrumbe de sus condiciones de vida, la que contó con la participación de la burocracia sindical del PC y el PS.

El derrumbe del concertacionismo quedó a la vista en el hecho de que la coalición gobernante se ha presentado a la primera vuelta de esta contienda electoral con dos candidatos, Guillier por el pacto “fuerza de mayoría” (PS-PC-PR-PPD)  y Carolina Goic, por la Democracia Cristiana.

La descomposición de la Concertación-Nueva Mayoría ha dado como resultado la emergencia tanto de variantes derechistas como izquierdistas. Piñera aparece como la primera opción para relevar a la actual mandataria Michelle Bachelet, como un beneficio circunstancial de una extrema volatilidad electoral, y tendrá que probar de cara a la segunda vuelta su capacidad de poner en marcha un nuevo rescate capitalista, con una orientación económica y política muy similar a la que venía desarrollando la Nueva Mayoría, y que exigirá una confiscación social de más largo alcance.

Pero, contrariando a todas las encuestas, la explotación electoral que ha logrado la derecha fue menor que lo que se pronosticaba. La gran “sorpresa”, como lo destacan los diarios, fue la elección del Frente Amplio. Su candidata, Beatriz Sánchez, cosechó más del 20,3% de los votos (tercera fuerza) y le pisó los talones al candidato oficialista.

 El Frente Amplio

Con nueve meses de existencia, y su primera candidatura presidencial, este frente electoral de cuño reformista y democratizante ha logrado canalizar una parte importante de los votos históricos de la concertación, al colocarse en el discurso como “los representantes de los movimiento sociales”, como candidatos “con manos limpias” en el contexto de los casos de corrupción, como lo contrario a la “vieja política”, en donde además, cuajó un rechazo al oficialismo unido a un movimiento “anti-Piñera” muy marcado por la experiencia vivida por su pasado gobierno.

El FA ensanchó su representación parlamentaria de 3 a 20 diputados, lo que representa un viraje electoral a la izquierda de un sector de las masas en la elección parlamentaria, canalizado por la izquierda democratizante.

Esta volatilidad da cuenta de la precariedad e instabilidad sobre la que se asienta el conjunto de la transición política. Hasta el momento, la abstención llega al 54% (más de 8 millones) y de cara a la segunda vuelta estará en juego el 46% de votos totales que se reparten en los candidatos que quedaron fuera del balotaje.

Las agrupaciones del Frente Amplio, más allá de polémicas frente a cuestiones superficiales, han hecho pública su adhesión a las “reformas” del gobierno catalogándolas de “progresistas”, como lo hizo con la “beca de gratuidad”, la reforma laboral antihuelgas y hasta con aspectos de la reforma que busca rescatar a las AFP, al mismo tiempo que juraron fidelidad al programa del movimiento NO+AFP. Sin embargo, los reclamos del Frente Amplio no han estado frente a políticas antiobreras como lo son el salario mínimo de miseria -que el gobierno negoció con la burocracia del PC en la CUT-, la criminalización de las huelgas y el incremento de la deuda pública. Los parlamentarios del Frente Amplio no han presentado ninguna una iniciativa que enfrente estas medidas en contra del pueblo.

El fuerte carácter populista y democratizante de este frente “policlasista” ha marcado que su programa se presente como un “rejunte” de reivindicaciones “ecologistas”, “feministas”, “laborales”, “estudiantiles”, “animalistas”, “regionalistas” como una metodología que apunta a sustituir el antagonismo de clase y la lucha por un gobierno de los trabajadores por la lucha “contra el neoliberalismo” y por la “democracia”.

Se pronuncian contra la “casta política” y plantean su sustitución por sus candidatos que vienen “con las manos limpias” y que están dispuestos a cobrar “como un docente universitario”, o sea, una depuración del personal político dentro del marco del orden social vigente.

En momentos donde la descomposición capitalista se profundiza, proponen convertir en “bienes públicos” a la salud, la vivienda y la educación sin tocar al capitalismo. Se han preocupado de sostener que todas sus medidas programáticas se ajustan a la legalidad vigente y hasta han calculado cuánto le costaría al Estado aplicarlas.

Es necesario que cuestionemos las recetas populistas basadas en múltiples estatizaciones, pero que no abordan la cuestión sobre el sujeto que está llamado a realizarlas. Aquellas, dentro de los marcos del orden social burgués, operan como una forma de rescate al capital. En la lucha “contra el neoliberalismo” buscan esconder los vasos comunicantes que mantienen con la Nueva Mayoría y su política de rescate de la herencia pinochetista. Las estatizaciones y reformas solo podrán trascender y representar un paso progresivo si las lleva adelante el proletariado en el marco de una planificación generalizada.

El Frente Amplio, como furgón de cola del concertacionismo, ha demostrado en su corta vida, tener en su ADN la misma tendencia a tomar reclamos populares de forma testimonial, vaciándolos de un contenido clasista y de combate, como ha sucedido con el programa de la Coordinadora NO+AFP donde no han movido un dedo para garantizar la continuidad de la movilización. Han hecho lo mismo con el apoyo a la “beca de gratuidad” y la condonación de los créditos CAE [de Aval Estudiantil] cuestión en la que han llegado, incluso, más lejos que los otros dos candidatos capitalistas, planteando que están dispuestos a negociar con los bancos formas de pago íntegro de todos los créditos en mora de los deudores educativos, que suman casi la mitad de la cartera.

De esta forma, con pocos meses de existencia, el Frente Amplio ya se perfila como una adaptación de las formas de contención de las masas y acuerdos con los privatizadores en el marco de la nueva realidad. La mayoría de sus partidos integrantes ya han planteado una confluencia del Frente Amplio con el ala “progresista” de la Concertación, en especial en un futuro balotaje del candidato oficialista, en nombre de la lucha contra la derecha. También veremos una corriente de rechazo al interior del FA, por parte de honestos luchadores que reclaman un camino propio.

La tendencia mayoritaria al interior del FA es colocarse como el reforzamiento del “flanco izquierdo” de la Nueva Mayoría, después del fracaso del PC en cumplir esa tarea cabalmente. Sin marcar un camino independiente, obrero y socialista, invocarán el “fantasma de la derecha” no para oponerles una orientación antagónica, sino como extorsión contra los trabajadores donde les plantearán que deben estrechar lazos con el concertacionismo del cual se han comenzado a desprenderse por ellos mismos, cerrando filas con el corrupto PS y el entreguista PC, detrás de una segunda vuelta con Guillier.

Esto, de todos modos, no ha pasado inadvertido para un sector no menor de adherentes del FA que han sido protagonistas de las últimas luchas sociales, que se resisten y se oponen a este apoyo al candidato oficialista y que reivindican y defienden la existencia de una fuerza política independiente de la concertación.

La tarea del momento

En los próximos días es necesario hacer del debate sobre estos planteamientos una primera tarea de reagrupamiento político, discutiendo con luchadores y con los activistas y simpatizantes del Frente Amplio. Guillier planteará que el “mundo progresista” debe unirse detrás de su campaña y esto debe ser parte de la discusión en las asambleas y plenarios de las diferentes expresiones políticas que se plantean como parte de la izquierda revolucionaria en el país, para politizar con conclusiones claras y enlazar con una perspectiva de lucha contra la política de ajuste que se viene, sea Piñera o Guillier el próximo presidente.

La segunda vuelta que se viene va ser un recuento de fuerzas entre dos variantes capitalistas y un enorme intento de estas candidaturas de cooptación de las diferentes expresiones de votos que fueron tendenciados por la fractura del régimen. Pero cualquiera sea el ganador, va a tener que pasar por la prueba de pilotear la crisis, cuyo alcance y magnitud excede holgadamente las posibilidades políticas de los dos contendientes. Tanto Guillier como Piñera no reúnen los recursos ni tienen las condiciones para dar una salida a los problemas de fondo de los trabajadores.

El desarrollo de la izquierda revolucionaria dependerá decisivamente de la comprensión de fondo de la etapa política que se abre, donde es necesario que se presente en el terreno del programa y las iniciativas de lucha política con una delimitación política implacable respecto al concertacionismo en descomposición y las variantes patronales. Después de cuatro décadas, estamos frente a una nueva etapa política que reclama desde sus entrañas una transformación social de fondo con un programa y un plan de lucha parido en las calles al calor de la crisis, o sea, una alternativa obrera y socialista.

Militante del POR e integrante de la Coordinadora nacional de trabajadores y trabajadoras No+AFP

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